viernes, octubre 26, 2007

Un rey indispensable

Un rey indispensable

Permalink 25.10.07 @ 11:55:34. Archivado en Europa, Las Américas, España, Sociogenética, Pro pace, Educación, Pro justitia et libertate

"De bien nacido es ser agradecido". Así lo proclama uno de nuestros proverbios tradicionales. A partir de este proverbio, cabe razonar, deduciendo, los principios siguientes: quien no agradece nada se merece; así que si no agradezco nada me merezco; si no agracedes, nada te mereces, y si no agradecemos, nada merecemos, etc. También cabe razonar, en dirección inversa, induciendo, que quien no agradece no es bien nacido.

El castigo inmanente del desagradecido se manifiesta en su expulsión de la cadena de reciprocidad que vincula estrechamente a los bien nacidos. Esta expulsión no es debida a un sentimiento de venganza, sino que la práctica misma de la reciprocidad es imposible sin la ponderación de la justicia, que es la válvula de seguridad de la reciprocidad. Sin este instrumento puesto por la razón entre las manos de quien cuida del bien común, en nombre de la comunidad solidaria, todo el mecanismo distribuivo de los bienes limitados de que dispone esta comunidad se vería privado de contenido.

Estos principios son hoy clásicos en la gestión del personal de las empresas:

De bien nacido es ser agradecido

La motivación: 2ª parte

Como ya indicábamos en el capítulo anterior, uno de los mayores activos de la empresa es contar con una plantilla motivada. Además de mejorar el ambiente de trabajo facilita el compromiso de los empleados con la empresa para la que trabajan. Cuando las personas se sienten justamente reconocidas tienden a demostrar su lealtad mejorando en lo posible su desempeño laboral.

Por: Rosana Pereira Davila, Directora de Tess-on. Psicología y Formación.

Resumen

De bien nacido es ser agradecido… y, además, mejora la relación con los trabajadores.

Dedique algo de su tiempo a conocer qué piensan sus empleados. Podemos aprender mucho de nuestro negocio escuchando a los demás.

La forma más rápida y eficaz de conseguir que un trabajador haga bien su trabajo es ofrecerle información acerca de cómo lo está haciendo.

Cuide el ambiente laboral. A nadie le gusta pasar un tercio de su día rodeado de malas caras y vibraciones negativas.

Permita que las personas que trabajan con usted tengan información acerca de la empresa. No se puede amar aquello que se desconoce.

Lea la primera y tercera parte de “La motivación”: 10 formas de motivar a sus empleados y Sus empleados también deciden

1. Sea agradecido

Hay una tendencia generalizada a creer que el agradecimiento a un empleado queda establecido con el pago de la nómina. El salario debe ser la justa retribución por un trabajo realizado y no un incentivo.

Tenemos poca cultura social para agradecer. Sabemos perfectamente cómo decir a alguien lo que nos molesta de él, pero nos cuesta mucho más trabajo cuando se trata de dar las gracias.

Haga una prueba: envíe una nota agradeciendo su tiempo e interés a ese empleado que hizo horas extras para terminar un proyecto. Será un reconocimiento que tardará en olvidar. O siéntese frente a él y agradezca su esfuerzo. O ambas cosas. No deje pasar demasiado tiempo. Agradezca con frecuencia y de forma sincera.

Centro para Empresas y Profesionales.

Estos principios, que son válidos en la gestión del personal de las empresas, también lo son en la estructura solidaria del estado.

Escuchemos de labios de nuestros amigos extranjeros lo que los españoles bien nacidos debemos agradecer al rey don Juan Carlos I :

Juan Carlos I en la Wikipedia francesa

Monarquía parlamentaria

Gracias a la institución de esta monarquía, los ciudadanos españoles vivieron el paso de la dictadura a la democracia sin el menor derramamiento de sangre, sin el menor drama.

La monarquía parlamentaria pone al rey sobre los partidos políticos. El sufragio universal decide cada cuatro años llevar al poder la asamblea legislativa que recogió la mayoría electoral. Tras consulta, el rey propone el candidato al puesto de Presidente del Gobierno, que debe a continuación recoger la confianza del Parlamento español, las “Cortes”. De esta manera, un gobierno decidirá el destino del país, escogiendo lo mejor para el pueblo español.

España ha conseguido su descentralización, de la que el rey es el federador. Él personifica las tradiciones y la cultura de su país y es el garante de las instituciones españolas. Es un embajador de los conocimientos técnicos ibéricos a través del mundo, en particular, en América Latina. En monarquía parlamentaria, el rey personifica una democracia viva, él es el garante de la unidad del país.

El Presidente del Gobierno conduce los asuntos de la nación. Contrariamente a otras instituciones democráticas, el soberano se prohíbe toda intervención que podría obstaculizar la conducta del país. Esto no le prohíbe sin embargo en la confidencialidad, aconsejar, poner en guardia o animar al Gobierno, ejerciendo así su papel de árbitro y moderador, tal como la Constitución se lo autoriza.

Un rey necesario
Por: Carlos Fuentes
17 de octubre de 2007

A dos años de las conmemoraciones de los movimientos iberoamericanos de independencia de 1810 conviene reflexionar sobre nuestra relación con “la madre patria”, midiendo las ocasiones perdidas: La Comunidad Hispana de Naciones propuesta por Aranda a Carlos III, un Commonwealth anticipado. La traumática expulsión de los jesuitas por el mismo monarca. La oportunidad gaditana de unirnos a todos constitucionalmente. La invasión napoleónica de España y el descrédito de Carlos IV y Fernando VII. La ferocidad con que este último mandó reprimir los movimientos de liberación animados por todos estos factores y otro mayor, subyacente: el perfil nacional adquirido por México, Argentina o la gran Colombia. Impostergable: lo fue. Pero pudo ser, también, una independencia comunitaria, asociada a España.

Nos dividió durante mucho tiempo ser anti o pro españoles. Las crisis de España en el siglo XIX corrieron parejas a las nuestras en Hispanoamérica: el derecho no se ajustaba al hecho. Al cabo, nos unió la desgracia. La pérdida final del imperio español en 1898 nos dejó desamparados ante el emergente imperio norteamericano. La relación cultural de Unamuno y Valle Inclán a García Lorca y Alberti se reforzó en la identidad compartida. La guerra de España volvió a dividirnos. México, mi país, optó por mantener relaciones con la república española. Era una apuesta por España y contra la dictadura. Fuimos criticados: México también tenía, en esos años, su “dictablanda” particular, el PRI.

De tal suerte que al morir Franco y asumir la corona Juan Carlos I, México, (y yo en lo personal) nos encontrábamos en una situación curiosamente paradójica. No tuvimos relaciones con la España franquista. ¿La tendríamos con la España post-franquista? Cuando me entrevisté, siendo embajador de México en Francia, con el Conde de Motrico, sabía ya que, como habíamos defendido a la república, ahora nos correspondía defender a la monarquía, siempre y cuando ésta —era nuestra esperanza— fuese una monarquía moderna, democrática, en desarrollo paralelo y de apoyo mutuo con la evolución democrática de México.

Fue una buena apuesta. Juan Carlos I reconcilió a todos los actores de las facciones españolas, de Fraga a Carrillo pasando por Suárez y González. Fue una hazaña que desmentía el famoso dicho de Larra: “Aquí yace media España. La mató la otra mitad”. ¿Pudieron reconciliarse las dos Españas sin el rey? Es posible. No es probable. El gran triunfo histórico de Juan Carlos I es la transición protagonizada por todos, sin vencedores ni vencidos: todos españoles, todos europeos, todos fieles al pacto de la democracia. La corona persiste y une. Los partidos dividen y gobiernan. Tal es la fórmula —el éxito— de la democracia española. A su amparo, la península ha registrado el crecimiento económico más sostenido de toda su historia. Una prosperidad sin colonias.

Pero una España más unida que nunca a Iberoamérica gracias, desde luego, a los lazos de la cultura, la economía y la política y, por encima de ellos, por la figura del rey Juan Carlos I, aceptado, me atrevo a opinar, por la mayoría de los iberoamericanos como el símbolo de una unidad trasatlántica que nos beneficia a todos, nos une a todos, nos compromete a todos.

Juan Carlos I juega el indispensable papel de reunir a Iberia con Iberoamérica, sin mengua de nuestras soberanías republicanas pero como afirmación de nuestra identidad compartida. No juzgaré los motivos catalanes, vascos o valencianos para criticar al rey. España necesita un federalismo moderno. Sospecho, desde luego, de las razones ocultas de la paleo-derecha resucitada. Aznar (Bush’s baby) y Rajoy (nobody’s baby) tienen agendas descaradamente reaccionarias, atemperadas por las virtudes de la alternancia y la presencia del rey. Temo que sin él la ultra-derecha se vuelva tan desaforada como el pequeño juglar de las Azores.

Juan Carlos le es indispensable a España y necesario a Hispanoamérica. Ahora sí, Dios salve al rey.

LaNación.com

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