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domingo, junio 19, 2011

Olegario González de Cardedal, ‘Premio J.Ratzinger-Benedicto XVI’

 

Dios y el hombre, comprendidos desde la persona de Cristo, son el centro de la luminosa teología cristológica de Olegario González de Cardedal.
Hay un pasaje, en la Cristologia de este eminente maestro salmanticense, que me parece esencial para comprender el extraordinario dinamismo exegético de su interpretación de la autoconciencia de Jesús.
Me resulta sorprendente que algún que otro teólogo, criticando a la ligera la Cristología de nuestro colega salmanticense, haya pasado de largo este pasaje sin reparar en su importancia dentro de una tradición exegética solidamente establecida, ya que remonta a la ya clásica época denominada moderna de los estudios sobre la constitución psicológica de Cristo (Conciencia). Esta época, de la que yo puedo testimoniar, en cuanto a su plena vigencia, como colaborador del seminario de Nuevo Testamento lovaniense de Albert Decamps y Jean Giblet durante bastantes años, se ha interesado muy particularmente por la autoconciencia de Jesús, por el “Yo” de Jesucristo. (1)
Ciertos signos se convierten en la clave de interpretación de la autoconciencia de Jesús, porque son reveladores de una cristología en realización.
“La expulsión de los mercaderes del templo es el gesto simbólico de Cristo mediante el cual expresa su actitud ante lo anterior, declarándolo caduco. La última cena, en cambio, es el gesto simbólico, también en la línea de los profetas del AT, mediante el cual instituye una realidad nueva que, surgiendo de su vida entregada en libertad, determinará el futuro. A la forma anterior de la alianza de Dios con el pueblo de Israel, realizada en el templo por los sacrificios de animales muertos, sucederá una “alianza nueva” realizada en la sangre de Cristo como don de su vida para el perdón de los pecados de todos los hombres. Ambos signos constituyen la conclusión de la actividad pública y de la manifestación verbal de Jesús. A partir de ahora el silencio y la pasión suceden a la palabra y a la acción. En adelante, los gestos son más elocuentes que las declaraciones formales. Ellos arrastraban consigo unas connotaciones profundas, que remitían los espectadores y actores de unos y otros a las experiencias, tradiciones y realidades fundamentales de la historia de la salvación. Jesús se confronta con ellas, heredándolas en un sentido y reemplazándolas en otro. Donde antes estaba la autoridad de esa historia e instituciones, ahora están su palabra y su persona. Tales signos se convierten en la clave de interpretación de la autoconciencia de Jesús, porque son reveladores de una cristología en realización. Jesús no enuncia una cristología teórica; ejerce una cristología en acto. No proclama con palabras un programa de salvación sino que la realiza con su vida. La soteriología va implícita en sus actos.”
Fuentes: Cristología, por Olegario González de Cardedal, BAC, Madrid, 2001, C.2. Pasión, 4. Última Cena, p. 85.
Ver también: III. La constitución psicológica de Cristo (Conciencia). 4. Época moderna: la autoconciencia. El “Yo” de Cristo.
http://www.scribd.com/doc/24605797/gonzalez-de-cardenal-o...
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Olegario González de Cardedal, paisaje exterior y mundo interior
Publicado el 14.06.2011
Perfil del nuevo ‘Premio Ratzinger’ firmado por su discípulo Cordovilla para Vida Nueva
ÁNGEL CORDOVILLA, teólogo, profesor de Teología en la Universidad Pontificia Comillas |
La trayectoria biográfica y la figura personal de Olegario González de Cardedal (1934) como hombre, cristiano, sacerdote y teólogo se pueden descifrar desde el símbolo que representan cuatro ciudades que tienen que ver con su biografía: Ávila, Munich, Salamanca y Madrid.
La primera ciudad es Ávila, donde el joven seminarista forja su primera formación intelectual y adquiere la base de su formación espiritual en el seminario diocesano bajo la guía de Baldomero Jiménez Duque y Alfonso Querejazu. En la persona de Olegario hay un realismo de la vida humana y una reciedumbre de la vida sacerdotal que nacen de este enclave geográfico y espiritual que está simbolizado en la ciudad de Ávila.
La segunda es Munich, capital de Baviera, que en 1960 representaba el culmen de la cultura universitaria. Para el joven sacerdote, esta ciudad alemana siempre ha significado la necesidad que tiene el teólogo de salir de sus fronteras y abrirse al horizonte de la mejor teología, para así poder realizar un ejercicio riguroso del quehacer teológico a la altura de la conciencia contemporánea.
Munich representa el lugar de encuentro con los grandes de la teología del siglo XX, como el famoso teólogo K. Rahner o el joven profesor J. Ratzinger, donde de alguna forma se fraguará la posterior colaboración y amistad personal en el trabajo de la Comisión Teológica Internacional (1969-1978).
La tarea sagrada, en Salamanca
La tercera ciudad es Salamanca, lugar donde el teólogo ha vivido cotidianamente su misión teológica en la Universidad Pontificia (1966-2005), ejercida a través de la docencia en cursos, conferencias, seminarios; en la dirección y acompañamiento de innumerables alumnos en tesinas y tesis doctorales; en la investigación expresada en más de 500 títulos publicados; y en la gestión desarrollada dentro de la Facultad de Teología en momentos delicados de necesaria reforma institucional.
A lo largo de cuarenta años, esta ha sido su tarea sagrada y su lugar de implantación real. Como si de un monje benedictino se tratara, Olegario hizo “voto” implícito de permanencia en esta ciudad y en esta tarea. Ella es signo de su fidelidad a la teología, de su consagración a la verdad, desde la profunda convicción de que toda revolución social o renovación eclesial tienen sus raíces en la labor callada y paciente de los que escondidos en su laboratorio buscan afanosamente la verdad; y de que ambas siempre han de ser acompañadas para su verdadero desarrollo desde su vinculación a la palabra de la verdad.
La cuarta ciudad es Madrid, lugar donde Olegario ha dado testimonio público de la fe a través de una ciudadanía responsable y una cristianía razonable. La Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas, de la que Olegario es miembro desde 1986, es para él un símbolo y lugar concreto de realización de la intrínseca dimensión cultural, moral y social de la fe y de la teología en diálogo con el mundo secular.
Ávila o la reciedumbre espiritual; Munich o el rigor intelectual; Salamanca o la fidelidad a una misión; Madrid o el testimonio público de la fe son el paisaje exterior y el mundo interior que forman el semblante personal de Olegario González de Cardedal.
Dios, hombre y Cristo
Si cuatro ciudades nos revelan a la persona y su misión, tres conceptos nos ayudan a descifrar el núcleo de su teología: Dios, hombre y Cristo.
Aunque su obra teológica no ha respondido a un esquema previo o a una estructura preconcebida, podemos decir que el centro de su teología es Dios y el hombre comprendidos desde la persona de Cristo. Él ha ido afrontando los temas centrales de la teología (Dios, Cristo, Hombre, Salvación, Iglesia, Destino) en el curso del tiempo que le ha tocado vivir. En ella ha tenido un lugar destacado la reflexión sobre la persona de Cristo, como camino, verdad y vida para el hombre en su encuentro definitivo con Dios; la contemplación del misterio trinitario de Dios, como fuente y cumbre de la vida del hombre; y, finalmente, el análisis de la vida del hombre concreto, en su quehacer moral, su educación cívica, su capacidad creativa, su fidelidad creadora y su muerte esperanzada abierta a un destino definitivo.
De todo ello, hay una palabra y realidad permanente hacia la cual Olegario siempre ha tendido y pensado con pasión, profundidad y belleza: el misterio de Dios.
Fuente: http://www.vidanueva.es/2011/06/14/olegario-gonzalez-card...
(1) Note bibliographique: Genèse et structure d'un texte du Nouveau Testament
Étude interdisciplinaire du chapitre 11 de l'évangile de Jean,
Collaborations : Albert Descamps- Salvador Garcia-Bardon- Jules Gritti- Jean Ladrière- Guy Lafon- Jean-François Malherbe- Pierre Mourlon-Beernaert- Joseph Ponthot- Michel Renaud- Claude Selis, Paru aux éditions Le Cerf en 1981, 298 pages, Collection « Lectio Divina » N° 104.
http://www.editionsducerf.fr/html/fiche/fichelivre.asp?n_...
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sábado, mayo 14, 2011

Jose María Castillo, teólogo de la humanización de Dios

 

"Cuando la teología afirma que Jesús es la encarnación de Dios, lo que en realidad está diciendo es que Jesús es la humanización de Dios. Por eso el "Señor de la Gloria", tal como se humanizó en Jesús, pudo decir y dejó como sentencia la afirmación decisiva: "Lo que hicisteis por uno de éstos, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 31-46). En esa sentencia definitiva, ya no se tendrá en cuenta ni la fe, ni la religión. Sólo quedará en pie lo humano, lo que cada ser humano haya hecho con los demás seres humanos.
La consecuencia que, en sana lógica, se sigue de lo que acabo de decir es que el proyecto cristiano no puede ser un proyecto religioso o sagrado de divinización, sino un proyecto profano y laico de humanización. Dios no se encarnó en lo sagrado y sus privilegios, ni en lo religioso y sus poderes. Dios se ha fundido con lo humano. Por tanto, a Dios lo encontramos, ante todo, en lo profano, en lo laico, en lo secular, en lo que es común a todos los humanos y lo que nos une a los demás seres humanos, sean cuales sean sus creencias y sus tradiciones religiosas. Porque lo determinante, para encontrar a Dios, no es la fe, sino la ética, que se traduce en respeto, tolerancia, estima y misericordia."
José María Castillo, 1) Hablar de Dios en la Universidad. 2. Pensar al Trascendente desde la inmanencia. 3. El futuro de la Iglesia y de la teología, Lección pública durante el acto de Investidura como Doctor Honoris Causa de la Universidad de Granada, 13/05/2011.
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Como hoy comparto la alegría de quienes consideramos a José María Castillo como nuestro hermano mayor en la fe, en múltiples ocasiones he compartido su pena al contemplar los dolores que provocaba en nuestra Iglesia la confiscación de la corresponsalidad eclesial, en perjuicio tanto de los fieles como de sus ministros.
Reproduzco a continuación uno de los múltiples artículos en los que he expresado nuestro dolor compartido.
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Nos duele nuestra Iglesia
Salvador García Bardón
03.09.07 | 12:25.
Confieso que me ha costado mucho el decidirme a escribir y a publicar este artículo. He dudado, al ponerle título, entre el singular y el plural del pronombre personal y del adjetivo posesivo. Mi primer impulso fue el poner ambas funciones gramaticales en primera persona del singular, pero al llegar a mis manos el artículo de mi colega y amigo José María Castillo, decidí optar por el plural, porque pensé inmediatamente que la mejor manera de expresar mi dolor era el asociarme al suyo, ofreciendo como plato fuerte de nuestra reflexión común su artículo, reservándome yo la tarea de modesto introductor de un portavoz teológico más calificado y casi diez años mayor que yo mismo.
José María Castillo y yo tenemos en común el que ambos llevamos en nuestro corazón a nuestros hermanos jesuitas, habiendo solicitado nuestra salida de la Compañía para afrontar en plena libertad personal tareas de investigación y enseñanza, para las que deseábamos asumir nuestra total responsabilidad sin comprometer en nada a nuestra Orden. En su caso, como teólogo, se trata de opciones teológicas. En el mío, como filósofo y lingüista, se trata de opciones antropológicas y éticas. En ambos casos reconocemos nuestra inmensa deuda a la Compañía, que nos formó y nos confió misiones de gran prestigio intelectual siendo aún muy jóvenes. La diferencia entre su trayectoria y la mía es que él perseveró dentro de la Compañía hasta los setenta y ocho años, mientras que yo abandoné la Compañía y España poco antes de cumplir los veinticinco. En ninguno de los dos casos hemos abandonado la Iglesia católica, sino que el uno y el otro hemos seguido trabajando como investigadores y profesores en su seno: él en la facultad de Teología de Granada y yo en la Universidad católica de Lovaina. Creo que tanto sus colegas, alumnos y amigos como los míos pueden testimoniar de nuestra lealtad y de nuestro sincero amor a nuestra Iglesia en las múltiples tareas que hemos emprendido a su servicio.
Ahora bien, el uno y el otro observamos que algunos miembros de la jerarquía católica española actual están provocando el desconcierto entre los fieles, que no comprenden, a pesar de su más que probada buena fe, el estilo sorprendentemente autoritario de algunas de las decisiones disciplinarias y pastorales que les conciernen. Tanto el uno como el otro constatamos como razón de este desconcierto de los fieles el que la concepción y el ejercicio de la autoridad de estos jerarcas está en franca contradicción con la manera de funcionar la autoridad en la iglesia primitiva, manera que inspiró a los padres conciliares de Vaticano II las reformas introducidas por este Concilio.
Una imagen reciente del primado de España, oficiando ordenaciones sacerdotales en Italia, hace unos días, revestido de ropajes del pasado, considerados hoy como litúrgicamente inadecuados, por no decir reaccionarios, parece ilustrar emblemáticamente la peligrosa vuelta a un pasado preconciliar de distante autoritarismo y vanidad clerical que creíamos superado.
Para que no se nos pueda malinterpretar, atribuyéndonos generalizaciones indebidas, precisaremos que nos estamos refiriendo por el momento a hechos sintomátios muy precisos, pero que, por su extrema gravedad, merecen la puesta a punto de un diagnóstico urgente y de un tratamiento eficaz, para evitar que el mal descubierto produzca metástesis generalizadas.
Tanto el diagnóstico del mal como su tratamiento eficaz, que propone como teólogo José Mª Castillo, cuentan con el apoyo del concilio Vaticano II, que ha visto en la Iglesia primitiva el modelo de autoridad que había que restablecer en la Iglesia contemporanea. He aquí en palabras de José Mª Castillo lo esencial de este diagnóstico y de este tratamiento.
"En la Iglesia primitiva, los obispos no habían acaparado todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. Por eso los feligreses no eran la clientela de los clérigos. Todos los cristianos se sentían responsables y participaban en la toma de decisiones. No aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos cristianos no era la sumisión, sino la responsabilidad".
José Mª Castillo presenta en el portal Atrio su artículo "El Cura de Albuñol y sus fieles", publicado el 17-8-2007 en El Ideal de Granada, diciendo que es una reflexión teológica sobre cómo funcionaba la autoridad en la iglesia primitiva.
Sociogenéticamente es la manera más correcta de señalar la ruptura de una tradición, mediante la puesta en evidencia del contraste entre su época más auténtica, que es la fundadora, y la época actual, ilustrada por los casos tristemente significativos de Albuñol y de San Carlos Borromeo.
José Mª Castillo nos recuerda a todos, a los católicos como a nuestros amigos cristianos y no cristianos, que tanto en la iglesia cristiana primitiva como en las iglesias que durante muchos siglos fueron fieles a su ejemplo, la autoridad funcionaba con la corresponsabilidad y colegialidad de todo el pueblo de Dios, es decir con la participación de toda la asamblea y no solamente de una de sus partes. Recuérdese que la palabra iglesia viene del latín ecclesia, y esta del griego ekklesía, que signitica asamblea. Estos y no otros son los principios que inspiraron al Vaticano II, principios que están siendo conculcados e incluso sepultados hoy por algunos, con una vuelta a errores de un pasado no lejano de triste memoria.
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EL CURA DE ALBUÑOL Y SUS FIELES
por José M. Castillo

Desconozco los motivos por los que el arzobispo de Granada ha trasladado al párroco de Albuñol a otra parroquia. Como tampoco sé las razones que aducen los feligreses de Albuñol que se han encerrado en la iglesia del pueblo o incluso han hecho una huelga de hambre para impedir que se lleven al cura. No pretendo aquí, por tanto, ni defender ni atacar a nadie. En cualquier caso y sea lo que sea de todo este asunto, el arzobispo de Granada, al trasladar al párroco, no ha hecho sino lo que suelen hacer casi todos los obispos cuando deciden cambiar a sus curas. Es la práctica habitual de la Iglesia con los párrocos, con los sacerdotes en general y también con los obispos. Cada obispo con sus sacerdotes, y más el papa con cualquier clérigo (ya sea cura, obispo o cardenal), pueden quitar y poner, traer y llevar, sin consultar a los interesados ni contar con los fieles cristianos, que se suelen enterar de los cambios y traslados el día que menos lo esperan.
Insisto en que el arzobispo de Granada ha procedido en este caso de acuerdo con las normas que establece el Código de Derecho Canónico. Lo que yo me pregunto es si esta legislación es lo mejor para la Iglesia. Me planteo esta pregunta no sólo por el caso de Albuñol. También me la formulé cuando, hace unos meses, mucha gente protestó en Madrid por la decisión del cardenal Rouco al cerrar la parroquia de san Carlos Borromeo. El problema está en que la Iglesia funciona como una gran empresa en la que sus gestores (los clérigos) son los que mandan, mientras que los fieles no tienen más misión que ser buenos y obedecer. El papa Pío X lo dijo con toda precisión:
“En la sola jerarquía residen el derecho y la autoridad necesaria para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y dócilmente seguir a sus pastores” (Enc. Vehementer Nos, 2.II.1906).
En los primeros tiempos del cristianismo, la Iglesia no funcionaba así. Cuando Judas se suicidó, Pedro reunió a la comunidad para nombrar un sustituto y fue la comunidad quien decidió el procedimiento para designar a Matías (Hech. 1, 15-26). Cuando en la comunidad de Jerusalén hubo problemas, se reunieron todos y entre todos eligieron a siete colaboradores para atender a los de origen griego (Hech. 6, 1-6). Algo después, Pablo y Bernabé designaban en las comunidades, por votación a mano alzada (tal es el sentido del verbo griego jeirotonéo), a los presbíteros (Hech. 14, 23; también 2 Cor. 8, 19; Didaché 15, 1; Ignacio de Antioquía, Pol. 7, 2). Esta práctica se mantuvo en los siglos siguientes. A mediados del s. III, Cipriano, obispo de Cartago, escribía a los presbíteros de su diócesis:
“Desde el principio de mi episcopado determiné no tomar ninguna resolución por mi cuenta sin vuestro consejo y el consentimiento de mi pueblo” (Epist. 14, 4).
Es más, esta misma práctica se observaba para el nombramiento de obispos y papas. San León Magno (s. V) lo dijo con precisión:
“El que debe ser puesto a la cabeza de todos, debe ser elegido por todos” (Epist. X, 6).
De forma más tajante, el papa Celestino I estableció la norma (Epist. IV, 5) que en el s. XI vuelve a recoger el Decreto de Graciano:
“No se imponga ningún obispo a quienes no lo aceptan; se debe requerir el consentimiento del clero y del pueblo” (c. 13, D. LXI).
Más aún, cuando en la persecución de Decio (año 250), los obispos de León, Astorga y Mérida no dieron el debido ejemplo de fe, las comunidades de esas diócesis se reunieron y los destituyeron. La situación llegó a ser tan grave, que san Cipriano convocó un concilio en Cartago. Los 37 obispos allí reunidos redactaron un documento que conocemos por la carta 67 de Cipriano. En este documento se dicen tres cosas:
1) el pueblo tiene poder, por derecho divino, para elegir a sus obispos;
2) el pueblo tiene también poder para quitar a los ministros de la Iglesia cuando son indignos;
3) ni el recurso al obispo de Roma debe cambiar la decisión comunitaria cuando tal recurso no se basa en la verdad (Epist. 67, 3, 4 y 5).
La Iglesia era, en aquellos siglos, tan Iglesia de Cristo como la actual. Pero se parecía más a lo que quiso Jesús que lo que se parece la Iglesia que ahora tenemos. Porque, en la Iglesia primitiva, los obispos no habían acaparado todo el poder, como ocurre ahora. El centro de la Iglesia no estaba en el clero, sino en la comunidad de los fieles. Por eso los feligreses no eran la clientela de los clérigos. Todos los cristianos se sentían responsables y participaban en la toma de decisiones. No aceptaban, sin más, las decisiones que se tomaban sin contar con la comunidad. El valor supremo de aquellos cristianos no era la sumisión, sino la responsabilidad.
Sin entrar en los motivos concretos de lo ocurrido en Albuñol o en Vallecas, es evidente que ambos episodios han puesto de manifiesto que en la Iglesia se habla mucho de amor y de comunión, pero lo que importa es afirmar y hacer notar el poder de los obispos, su autoridad intocable y la sumisión a sus decisiones. Por más que eso tenga el elevado coste de la resistencia de algunos, el escándalo de otros y el daño que sufrimos todos. El resultado está a la vista: cada día las iglesias están más vacías, los cristianos más desilusionados y bastantes clérigos desconcertados, sin saber qué hacer. Y según parece, con poco entusiasmo para emprender caminos de renovación y puesta al día. La concentración del poder produce sumisión y orden. La sumisión y el orden generan miedo. Y el miedo, parálisis o incluso marcha atrás.
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miércoles, marzo 30, 2011

Al teólogo Joseph Comblin le dolía su Iglesia

 

Al teólogo Joseph Comblin (1923- + 27.03.2011) le dolía su Iglesia, porque constataba su desmembramiento como cuerpo social y místico, por culpa del clericalismo, incapaz de reconocer la necesidad de la corresponsabilidad  de los laicos tanto en los deberes como en los poderes del conjunto del cuerpo eclesial.
Entonces, ¿quién va a evangelizar el mundo de hoy, cuando faltan y fallan los clérigos, tanto en cantidad, por su envejecimiento y por la falta de vocaciones, como por la inaceptable calidad de su concepción de la Iglesia?
Desde el punto de vista de Joseph Comblin, son los laicos.  “Ya han surgido muchos grupos pequeños de jóvenes que practican justamente un modo de vida mucho más pobre {que los clérigos}, independientes de cualquier organización externa, en contacto permanente con el mundo  de los pobres. Ya existen, y habría más si fueran más conocidos.
Esta podría ser una tarea auxiliar de la teología: hacer saber lo que sucede en la realidad, descubrir dónde se encuentra en este momento  el evangelio vivido, para que se sepa, para que estos grupos se conozcan mutuamente, porque de otra manera pueden desalentarse o carecer de perspectivas. Una vez reunidos, que formen asociaciones, en el respeto de las tendencias, de los modelos espirituales.
No espero mucho de los clérigos. Estamos, por consecuencia, en una nueva situación histórica.”
Nacido en Bruselas en 1923, ordenado sacerdote en 1947 y doctorado en Teología por la Universidad Católica de Lovaina poco tiempo después, Comblin se formó en el clima de abertura teológica pre-conciliar, la teología renovada del norte europeo de Yves Congar, Karl Rahner y Henri de Lubac, profesor este último de toda una generación, entre ellos, Michel De Certeau.
Emigró a Brasil en 1958, trabajando en Campinas (SP) como profesor de escuela. Se convirtió en asesor de la juventud obrera católica (JOC), movimiento con fuertes repercusiones en la cultura obrera y en la movilización sindical. Más tarde fue profesor de la escuela de teología de los dominicos en San Pablo, donde fue profesor de Fray Betto hasta 1961. Fue también profesor del Instituto de Teología de Recife (Pernambuco) por invitación del Obispo de esa ciudad, D. Helder Câmara. Participó en la creación de seminarios rurales en el nordeste brasilero con un modelo pedagógico de avanzada.
Fue expulsado de Brasil en 1971 por la dictadura militar y residió en Chile, donde dirigió el seminario de Talca y escribió contra la ideología de seguridad nacional. La dictadura de Pinochet lo expulsó en 1980 y retornó al Brasil.
De vuelta en el nordeste brasilero fundó un seminario rural de formación de animadores de comunidades eclesiales de base, y varios movimientos asociados a la herencia de la Teología de la liberación.
Biografía e ideas no siempre van de la mano. Y no está mal que así sea, a fin de cuentas lenguaje y mundo, tal vez por suerte, tal vez por maldición, siguen manteniendo una relación compleja. La biografía de Joseph Comblin responde a un mundo que ajustó la brecha entre el cielo y tierra, y tal vez por ello dibuje un recorrido tan íntimo entre obra y vida
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"Hay una Iglesia paralela, sin poder, y que no busca el poder. ¿Qué va a pasar? ¿Un día tendrá la palabra? Eso es difícil preverlo, porque si no hay cambio en el Vaticano es muy difícil.
El sistema católico está de tal modo centralizado que todo depende de una sola persona. Y es claro que en Roma van a hacer todo lo posible para que no aparezca un nuevo Juan XXIII. Han tenido una lección ya... Han visto en Rusia qué pasó con Gorbachov, un hombre cambió y todo cayó.
O sea, cuando se produce una concentración de poder así, tan fuerte, tan radical, está todo el episcopado aniquilado, no tiene voz, no tiene iniciativa, no pueden decir nada, no pueden hacer nada, nada más reproducir lo que el Papa dice y manda hacer. Pero todo depende de un hombre.
¿Un día se puede imaginar que venga otro Juan XXIII? No hay ninguna previsión posible por el momento. El que está ahora dijo en Colonia a los seminaristas que tienen que entregar a la Iglesia su vida, su inteligencia y su libertad. ¡Entregar su libertad! Los soldados del papa. Pueden suceder situaciones catastróficas.
¿Qué pasa en la Iglesia? En ese momento, en diez años más, ya no habrá sacerdotes en Europa porque el promedio de edad actualmente es 65-70 años. Entonces, en diez años más habrá unos viejitos. Los institutos religiosos existirán en África, en Asia.
¿Estos grupos fundamentalistas no están aportando también seminaristas?
Ahí ni el poder de los fundamentalistas va a continuar. No. Van a aparecer escándalos. Porque hay cosas incomprensibles. Los Legionarios de Cristo, ¿cómo es que pueden mantener 4000 seminaristas de todas las diócesis del mundo? ¿De dónde viene la plata? ¿Contribuciones de quién? ¿Y cuánta plata viene de las drogas? Y las maniobras del Opus, todas maniobras financieras. Un día algo aparece y la verdad empieza a manifestarse."
¿Cuáles serían las orientaciones nuevas con relación al poder en la Iglesia hoy día?
1. En primer lugar se necesita reconocer el poder de los laicos, basado en los carismas y dones espirituales que recibieron, las responsabilidades evangelizadoras que asumen, etc.
2. En todas las instancias, desde el concilio ecuménico hasta los consejos parroquiales los laicos deben tener voz deliberativa y pueden decidir con el clero en todo lo que no se refiere a la doctrina definida definitivamente.
3. Los laicos deben tener voz activa en las elecciones en todos los niveles desde la elección del Papa hasta la elección de los párrocos.
4. Los laicos deben tener voz deliberativa en lo que se refiere a la liturgia, a la catequesis y la organización de la Iglesia.
5. El principio básico es que el poder no puede ser concentrado en una sola persona.
6. La base de toda la reforma del sistema de poder es la publicidad. La preparación de las decisiones debe ser abierta, publicada y los documentos necesarios deben estar a disposición de todos. No puede haber secreto de los nombramientos, ni de las decisiones prácticas tomadas por una sola autoridad.
7. Es necesario crear una instancia jurídica independiente en la que las personas que se sienten víctimas de injusticia puedan recurrir. En la actualidad, un laico no tiene defensa frente al clero o a los religiosos; las religiosas no tienen defensa frente al clero; los sacerdotes no tienen defensa frente al obispo; y los obispos no tienen defensa frente al Papa.
El principio básico es que el poder está en todos los cristianos aunque en grados distintos y que la estructura debe reconocer esta situación.
El segundo principio es que ninguna persona humana representa sencillamente el poder de Dios y por lo tanto puede ser corregido en todo lo que no es poder de Dios, sino afirmación de sí mismo. Para eso debe haber una corrección fraterna que debe ser pública.
El poder de Dios crea, construye, edifica, aumenta, confiere más libertad. Todos los poderes eclesiásticos que no actúan en ese sentido, no son poder de Dios y deben ser contenidos, limitados, corregidos estructuralmente. Las estructuras deben sacar las oportunidades de abusos de poder. Pues, en la Iglesia hay abusos de poder como en cualquier sociedad, y para disminuirlos es necesario que haya normas que equilibran los poderes de todos.
Fuentes:
1) LA CIUDAD DE JOSEPH COMBLIN: ENTRE EL CIELO Y LA TIERRA
Por Nicolás Viotti1
2) Joseph Comblin: "L’Église : crise et espérance"
3) Joseph Comblin, memoria viva (1923-2011). El poder en la Iglesia
Xavier Pikaza, teólogo

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