martes, junio 10, 2008

Humanismo médico 1/2

Humanismo médico 1/2

Permalink 10.06.08 @ 15:30:32. Archivado en Universidades, Lingüística, Sociogenética, Ética, Ciencias biomédicas

Como hijo, nieto, sobrino y tío de médicos, me considero vinculado por mi carne y sangre a esta gran familia de universitarios, cuya vocación consiste en precaver y curar con su ciencia y arte las enfermedades que aquejan a la vida del ser humano, desde su concepción hasta su muerte natural.

A estos vínculos de carne y sangre se ha sumado mi vinculación universitaria como investigador y profesor con colegas médicos y psicólogos eminentes en los campos de la psicolingüística, de la logopedia y de la neurolingüística. Desde que estos colegas contaron conmigo, como profesor de Semántica del Insituto de lingüística, para formar en esta materia a sus alumnos logopedas, concebí mi función como interlocutor activo suyo en todos estos campos que tenían abiertos la medicina y la psicología más avanzadas.

Sé, por haberlo observado en la actitud deontológica de mis parientes y colegas médicos, que esta ciencia y arte de precaver y curar las enfermedades del ser humano deben ser continuamente renovados por el estudio y la experiencia. Puedo atestiguar que ninguno de mis parientes -me refiero con un reuerdo especial a los ya desaparecidos- reducía el campo de su estudio y experiencia profesionales al servicio puramente práctico de su profesión, sino que abrían el horizonte de su interés deontológico al amplio panorama del humanismo. Así, por ejemplo, fué mi padre el que me sensibilizó a la problemática del lenguaje, no solamente en su aspecto clínico, sino también en sus aspectos lingüísticos, comunicativos y literarios, insistiendo en la importancia de la semántica, de la sintaxis, de la fonética y de la poética, para comprender, cuidar y favorecer plenamente esta maravillosa facultad distintiva del ser humano que es el lenguaje.

"Quienes han ejercido la Medicina bien pueden haber hecho suyo, en todo tiempo, el lema del latino Terencio: "Nada humano me es ajeno". ¿Cómo podría ser de otra manera si el objeto de su dedicación ha sido siempre precisamente el hombre y en especial la vivencia absolutamente humana de enfermar?"

"El interés por los conocimientos enriquecedores del espíritu ha estado presente de forma ininterrumpida en el quehacer intelectual de los médicos".

"Si rebuscamos en otras profesiones no encontraremos ninguna en la que proliferen tanto los individuos que de un modo u otro dedican una parte importante o mayoritaria de su tiempo y sus esfuerzos intelectuales a asuntos humanísticos como la profesión médica; y
eso debe querer decir algo. O el ser médico predispone a la afición por las humanidades, o bien, viceversa, ese gusto por los temas humanísticos tiene algo que ver con el nacimiento de la vocación por la Medicina".

“El humanismo médico sirve, entre otras cosas, para que la Medicina no se convierta en una ciencia endogámica que se mira el ombligo de forma autocomplaciente pero al mismo tiempo miope”.

“El ejercicio de la Medicina se ha hecho muy competitivo y para obtener un puesto de trabajo se exigen exclusivamente méritos científicos, lo que repercute en que los jóvenes no dediquen una parte de sus recursos intelectuales a ‘conocimientos sin aplicación práctica inmediata’”.

El autor de estos últimos párrafos y del artículo donde aparecen, artículo que reproduzco a continuación, es José Ignacio de Arana Amurrio, doctor en Medicina por la Universidad Complutense de Madrid. Profesor de Pediatría en la Facultad de Medicina de la misma Universidad. Médico Puericultor del Estado. Técnico Superior de Salud Pública de la Comunidad de Madrid. Ejerce como Pediatra desde hace 39 años en el Hospital General Universitario « Gregorio Marañón ». Miembro de Número de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas. Autor de veinticinco libros, entre los que se cuentan “La salud de tu hijo, todas la respuestas” y “Diga treinta y tres, anecdotario médico”, y de más de 500 artículos en prensa sobre temas médicos y humanísticos. Ha recibido numerosos premios nacionales de narrativa. Ha pronunciado un centenar de conferencias y es colaborador habitual de medios escritos y radiofónicos en toda España.

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Humanismo médico
por José Ignacio DE ARANA AMURRIO

Profesor de la Facultad de Medicina. Universidad Complutense de Madrid. Miembro de la Asociación Española de Médicos Escritores y Artistas

A la hora de definir qué cosa es el humanismo, el recurso al diccionario de la R.A.E. no nos va a ser de mucha ayuda, porque se queda muy corto y parece despachar el término como con desgana. Dice escuetamente el canon de la lengua que humanismo es el cultivo o conocimiento de las letras humanas; y si buscamos esta acepción nos topamos con que tales letras se limitan a la literatura y especialmente la griega y latina. Demasiado poco, desde luego.

Como tantas otras veces será más provechoso acudir a los aledaños de la Academia para bucear en las páginas del extraordinario diccionario de uso del español de doña María Moliner. Aquí sí; aquí se nos remite a la palabra humanidades y se define a éstas de este modo:

"Conocimientos o estudios que enriquecen el espíritu pero no son de aplicación práctica inmediata; como las lenguas clásicas, la historia o la filosofía."

Esta sucinta enumeración podría alargarse a la literatura o a cualquiera de las bellas artes, así como a otras muchas cuestiones cuya inmediata práctica no es su principal cualidad. Otra definición de humanismo nos lleva hasta la doctrina brotada en el Renacimiento y, según la cual, toda la cultura de ese periodo histórico girará en torno al hombre, poniendo de relieve la búsqueda de sus ideales, frente al teocentrismo que caracterizó la época anterior o medieval. Se buscaba enlazar, hacer renacer, el pensamiento dominante en las edades clásicas de la historia.

Ahora bien, cuando pretendemos conjugar la noción de humanismo, en cualquiera de esas acepciones que acabamos de ver, con la de Medicina para crear el término humanismo-médico, enseguida percibimos que, por propia naturaleza, quienes han ejercido la Medicina bien pueden haber hecho suyo, en todo tiempo, el lema del latino Terencio: "Nada humano me es ajeno". ¿Cómo podría ser de otra manera si el objeto de su dedicación ha sido siempre precisamente el hombre y en especial la vivencia absolutamente humana de enfermar? Por tanto, si los artistas y filósofos renacentistas se sintieron redescubridores de algo, sus contemporáneos médicos hubieran podido alegar que en el seno de su profesión la preocupación por lo humano era un continuum, el faro orientador de toda su conducta y de sus formas de pensamiento por más cambiantes que éstas hubieran sido.

El interés por los conocimientos enriquecedores del espíritu ha estado presente de forma ininterrumpida en el quehacer intelectual de los médicos. Remontémonos a los escritos recogidos en el Corpus hipocraticum. Tanto las obras atribuidas casi con certeza a la mano de Hipócrates como las escritas por sus epígonos y la escuela formada a su alrededor muestran su talante científico, creador del ars medica, salpimentado de referencias a lo que, por lo dicho hasta ahora, entendemos como humanidades. “Los Aforismos”, “Las dietas”, “El médico”, “Del aire, el agua y los lugares”, etc., hasta el mismo “Juramento”, son ejemplos de ello. El primero de los Aforismos: "La vida es breve; la ciencia, extensa; la ocasión, fugaz; la experiencia, insegura; el juicio, difícil (...)" es un reconocimiento de nuestras limitaciones y un estímulo al estudio denodado de cuanto rodea al paciente. Otras frases hipocráticas como "El médico que también sea filósofo se asemejará a un dios" o "Donde haya amor a la humanidad, habrá también amor por el arte médico", son declaraciones expresas de que la labor intelectual del médico no se limita al conocimiento de la enfermedad y de sus remedios sino que se extiende a comprender todo lo que es humano y a acercarse a lo que es divino.

A partir de entonces nunca faltaron médicos que distribuían sus inquietudes entre la atención a los enfermos y el estudio o la dedicación a otras actividades humanísticas en su más amplio sentido. En el mismo comienzo de nuestra era cristiana tenemos un caso muy especial: San Lucas, patrono de las facultades de Medicina europeas. Lucas había estudiado Medicina en Antioquía, luego amplió sus conocimientos en Grecia y en Egipto, donde tuvo acceso a todos los saberes de la antigüedad desde, naturalmente, los hipocráticos hasta los verdaderamente enciclopédicos de que disponían los médicos del país del Nilo. Luego de atender profesionalmente a un Pablo ya en misiones evangelizadoras, se convirtió en su compañero inseparable y, lo que ahora interesa destacar, en el cronista de su apostolado describiendo sus viajes en los “Hechos de los Apóstoles”; además, escribió uno de los evangelios sinópticos, precisamente aquel en el que se encuentra una mayor calidad literaria en las descripciones. El “Magnificat”, el “Benedictus” y el “Nunc dimittis” son himnos salidos de su pluma bellísimos estilísticamente al margen de sus connotaciones religiosas. Pero para Lucas también existe la atribución –quizá teñida de relato legendario– de que se dedicara a la
pintura y a la escultura, y en esos menesteres se le representa en una parte de la iconografía.

Los siglos medievales contaron con médicos con faceta humanista mucho antes de crearse este término. La concepción medieval del mundo y de la existencia del hombre en él es holística: el hombre, sus obras y la naturaleza forman una sola realidad y sus partes son inseparables. Si quien construía un templo o tendía un puente, quien guerreaba, oraba en el recato de un claustro o hendía el terruño con rudimentarios aperos, se consideraba miembro de un organismo superior al individuo, cuánto más habría de hacerlo el médico ante cuyos ojos y en cuyas manos transcurrían la vida y la muerte, el dolor y la angustia de sus semejantes.

Con la llegada del Renacimiento, el humanismo se erige en actitud rectora de la sociedad que posee el bien impagable de la cultura. Pintores, escultores, arquitectos y literatos nos han dejado una obra imperecedera, porque es palpable o está al alcance de los otros sentidos y ha perdurado en el espacio. Pero ¿y la Medicina? Pues qué duda cabe de que sus practicantes estaban también en primera línea en cuanto a entusiasmo por las nuevas revelaciones del intelecto. Paracelso, Vesalio o Fracastoro, por nombrar sólo a tres de ellos, y sobre todo el primero, podrían ser superponibles, sin forzar demasiado la analogía, a Miguel Ángel, Rafael, Dante o Bocaccio; y no únicamente por la importancia de sus aportaciones a la ciencia médica como éstos al arte, sino porque les movía la misma excitación, el mismo ansia por sacar a la luz todos los recovecos de la condición humana. Y otros incluso se iban hasta las estrellas; no olvidemos que Nicolás Copérnico era médico. O directamente se aplicaban a las letras como el caso de François Rabelais, autor de la colosal colección de relatos “Gargantúa y Pantagruel”.

Instalado, pues, con el Renacimiento el concepto de humanismo de una forma destacada entre los que van a inspirar la cultura europea y sus irradiaciones en todo el mundo occidental, las páginas de la historia recogerán ya con ese apelativo a múltiples individuos de los siglos posteriores. En el ámbito médico y en cuanto a españoles se refiere, hemos de destacar en las primeras centurias a dos personajes tan significativos como Andrés Laguna y sobre todo Miguel Servet, a quien su dedicación a la filosofía y a la teología le llevaron por un dramático camino que por mucho tiempo pudo hacer olvidar sus aportaciones relevantes a la Medicina. Años después, Lope de Vega en su obra “El laurel de Apolo” cita a un numeroso grupo de médicos con veleidades o con dedicación preclara a la poesía, uno de los géneros literarios más frecuentados por nuestros colegas.

Pero no se trata aquí de hacer un repertorio de los muchos médicos conocidos, españoles o foráneos, con dedicación a las humanidades. Los diccionarios y enciclopedias que recogen los nombres de quienes han ejercitado las bellas artes, la literatura, la filosofía o cualquier otra forma de pensamiento, apuntarán junto al nombre de los personajes protagonistas su profesión esencial de médicos. Me interesa ahora más exponer cómo los médicos han practicado y practican ese humanismo del que venimos hablando.

En un primer acercamiento a esta cuestión habría que diferenciar dos clases de médicos humanistas. El primero lo constituyen quienes se relacionan con las humanidades desde su propia condición de médicos, dejando en sus actividades en ese campo la impronta de su profesión. El segundo sería el de los que establecen, de modo voluntario o porque así salen las cosas, una línea de separación absoluta entre su actividad médica y su dedicación a cualquier faceta del humanismo. A cuál de los dos grupos le conviene mejor el calificativo de humanistas-médicos es difícil de dilucidar. Cierto es que los del primero suelen ser más reconocidos por la opinión general como tales, quizá porque su quehacer permite ese guión que une ambos términos, mientras en los del segundo sería más adecuado utilizar entre medias una conjunción: médicos y humanistas. Pero sinceramente creo que esa discusión es bastante bizantina. Si rebuscamos en otras profesiones no encontraremos ninguna en la que proliferen tanto los individuos que de un modo u otro dedican una parte importante o mayoritaria de su tiempo y sus esfuerzos intelectuales a asuntos humanísticos como la profesión médica; y
eso debe querer decir algo. O el ser médico predispone a la afición por las humanidades, o bien, viceversa, ese gusto por los temas humanísticos tiene algo que ver con el nacimiento de la vocación por la Medicina. Al cabo, tanto da. Y en los siguientes epígrafes se mezclarán unos con otros.

MÉDICOS QUE REALIZAN UNA ACTIVIDAD ARTÍSTICA

Entre todas las artes es con diferencia la literatura la que cuenta con mayor número de médicos entre sus practicantes. Seguramente influye en este hecho el que los médicos, que viven tan de cerca la intimidad de los seres humanos, se sienten interesados y hasta obligados a llevar sobre el papel muchas de sus experiencias o el fruto de su meditación ante la vida. En la mayoría de las ocasiones, cuando toman la pluma y relatan cualquier historia, se marca en ella un toque de especial intimismo, de compartir sinceramente los más profundos sentimientos que agobian o engrandecen a los hombres y las mujeres de la realidad. Siempre se ha dicho que el buen escritor, sobre todo en el caso de la narrativa, tiene que ser un individuo con múltiples y variadas experiencias que luego plasmará en el relato, convirtiéndolas en la trama a través de la que se mueven sus personajes. Ciertamente, el que pretenda componer una narración con figuras totalmente imaginadas no conseguirá llenar muchas páginas, y, desde luego, no atrapará al posible lector al que –aunque otra cosa se diga- va dirigido cualquier escrito. Alguien definió la novela –y lo mismo podría decirse de otros géneros literarios– como un espejo situado a la orilla del camino de la vida; y qué mejor espejo, más receptivo para las figuras que pasan junto a él, que el médico.

La gran tradición del médico literato se inicia en el tránsito de la Edad Media al Renacimiento con el antes nombrado médico francés Rabelais. Pero es a partir del siglo XIX cuando el mundo literario se ve surcado cada vez más por médicos que compaginan su labor sanitaria con la literatura. Y cito sólo algunos ejemplos. John Keats, brillante poeta inglés del Romanticismo. El gran dramaturgo y novelista ruso Antón Chejov, autor de “La gaviota” o “El jardín de las cerezas”, ejerció de médico rural. Sir Arthur Conan Doyle, creador del personaje de Sherlock Holmes a quien siempre acompaña el Doctor Watson, trasunto del autor, fue médico a bordo de un ballenero e intentó inútilmente abrir una consulta en Londres sin que los pacientes acudieran a él, por lo que abandonó el ejercicio profesional para dedicarse sólo a escribir. Frank Gill Slaughter, cirujano durante la Segunda Guerra Mundial, escribió decenas de novelas con argumento centrado en el mundo médico.

En España citaré únicamente a dos médicos representantes de las dos formas de entender al médico humanista a las que antes hice referencia. Santiago Ramón y Cajal, considerado como el paradigma del médico sabio o del sabio sin más apelativos, comenzó su andadura literaria con una novelita de ciencia ficción que firmó con el seudónimo de Doctor Bacteria en la que microbios y células antropomórficos se enfrentan y corren numerosas aventuras por el interior del organismo. Luego escribió otras obras, más serias, que figuran entre los mejores libros autobiográficos: “Mi infancia y juventud”, “Charlas de café” y “La vida vista a los ochenta años”. Pío Baroja fue médico rural en la localidad guipuzcoana de Cestona durante un par de años. No encajó mucho la manera de ser de don Pío con aquel trabajo y lo abandonó movido por su más fuerte vocación literaria; para ello se fue a Madrid, donde estuvo por un tiempo regentando una panadería propiedad de su familia –Viena Capellanes– hasta que pudo empezar a vivir de sus novelas.

El mismo Ramón y Cajal destacó por otras dos aficiones artísticas: la fotografía, a la que además aportó importantes adelantos técnicos, y la pintura. Estas dos prácticas se hallan indisolublemente unidas a su faceta científica hasta el punto de que recientemente se ha podido inaugurar una exposición de los dibujos de Cajal en los que el espectador no sabe qué admirar más, si el rigor científico de lo allí representado o el arte pictórico con el que hizo cada una de sus obras.

En cuanto a la música, baste el nombre de Alexander Borodin para significar la maestría en ese arte de alguien que también ejerció la Medicina. Por otro lado, si acabo de citar a un insigne compositor, los intérpretes musicales, algunos en grado de virtuosismo, son innumerables entre nuestros colegas de todas las épocas.

Fuente: El Médico Interactivo. ANUARIO 2004