viernes, julio 13, 2007

La grandeza moral de Ermua

La grandeza moral de Ermua

Permalink 13.07.07 @ 18:00:00. Archivado en Europa, España, Sociogenética, Ética, Pro justitia et libertate

En Ermua aprendimos todos, ante el sacrificio de Miguel Ángel Blanco, que no hay más negociación posible con los terroristas que la que sirva para certificar su voluntad inequívoca de arrepentirse, pedir perdón y rendirse.

Gracias al dolor, a la indignación y a la determinación que entonces fuimos capaces de mostrar todos, se logró transformar una situación, que nos hubiera hundido en el abismo de la resignación culpable y de la frustración colectiva, de no haberse afrontado como la afrontamos todos unidos. La unidad que fuimos capaces de fraguar los demócratas, en aquellos trágicos dos días, fue lo que convirtió en una victoria moral de nuestra democracia la bajeza de los terroristas que secuestraron, martirizaron y asesinaron a Miguel Ángel Blanco.

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La grandeza de Ermua
por Mariano RAJOY
PRESIDENTE DEL PARTIDO POPULAR

Los ejemplos que traslucen la grandeza moral de un pueblo nunca se extinguen ni agotan. Permanecen en pie a pesar de las circunstancias y el paso del tiempo. La fortaleza cívica que desenmascaró y derrotó a ETA hace diez años continúa proyectando hoy en día toda su ejemplaridad. La reacción unánime del pueblo español frente al chantaje de la banda terrorista puso en marcha el comienzo de su declive definitivo. Aún hoy, esa reacción popular sigue demostrando que la unidad frente al terror que entonces demostraron los españoles y su Gobierno es la única vía posible para vencer a los asesinos.

Aquella rebeldía cívica que tuvo su epicentro en la localidad vizcaína en la que vivió y fue concejal Miguel Ángel Blanco, conserva toda su fuerza. Una década puede parecer mucho tiempo, pero no lo es tanto. Sobre todo porque desde aquel aciago 10 de julio de 1997 nada volverá a ser igual para la sociedad española. En Ermua se aprendió una lección con claridad: que no hay más negociación posible con los terroristas que aquella que tenga por objeto certificar su voluntad inequívoca de rendirse.

Gracias a la determinación que entonces fueron capaces de mostrar el Gobierno y el pueblo español se logró dar la vuelta a una situación que, de no haberse afrontado así, nos hubiera llevado a todos al abismo de la resignación culpable y la frustración. La unidad que en aquellos difíciles momentos fuimos capaces de fraguar los demócratas fue lo que hizo posible que la bajeza de los terroristas que secuestraron y, luego, asesinaron a Miguel Ángel Blanco, se convirtiera finalmente en una victoria moral de nuestra democracia.

En aquellas horas que padecimos los españoles segundo a segundo, nuestra sociedad alcanzó su plena madurez política. La conciencia de nuestro pueblo experimentó la diferencia cualitativa que hay entre quien cede al terror y quien se niega a hacerlo por dignidad democrática. Gracias a ello, la sociedad española fue capaz de mantenerse firme en su determinación de resistencia y sobrevivir moralmente al mazazo de la noticia del asesinato de Miguel Ángel Blanco. Así pudimos transformar el dolor de su pérdida en una victoria sobre los terroristas.

El sacrificio de Miguel Ángel Blanco desterró la resignación frente al terror. Y lo más importante: nos dio a los demócratas la esperanza de que la derrota de los terroristas es tan sólo una cuestión de tiempo. De hecho, en Ermua nació la convicción que hizo posible la política antiterrorista que se elevó luego a política de estado mediante el Pacto por las Libertades y contra el terrorismo.

Sin embargo, nunca pensé que la determinación y la unidad que entonces vivimos pudieran cambiar algún día. Y lo que es más grave, que esto sucediera a impulsos del Gobierno de España. Por desgracia, eso es lo que ha sucedido por iniciativa de José Luis Rodríguez Zapatero durante esta legislatura. Por primera vez en la historia de nuestra democracia se ha puesto en marcha un proceso de negociación con ETA que ha aflojado la tenaza que inmovilizaba a la banda, ha desconcertado y dividido a los ciudadanos y, lo que es más grave aún, ha fortalecido a los terroristas al ofrecerles la oportunidad de que obtengan un precio político a cambio de su chantaje.

Con todo, como decía al comienzo, el ejemplo de Ermua sigue en pie. Al menos para aquellos que creemos que la democracia derrotará al terrorismo si persiste en la única línea de acción eficaz de acuerdo con la experiencia que nos proporcionó el sacrificio de Miguel Ángel Blanco. En este sentido, estoy cada vez más convencido de que sólo se ganará a los terroristas si somos capaces de mantenernos fieles a los principios de la política antiterrorista que José Luis Rodríguez Zapatero ha desechado desde que obtuvo en 2005 la autorización de las Cortes para explorar una vía de fin negociado de la violencia de ETA. Esto es, si seguimos combatiendo a esta banda con la actuación coordinada de las fuerzas de seguridad, los jueces, la legislación, la movilización ciudadana, el empuje de las víctimas y la cooperación internacional.

Miguel Ángel Blanco fue asesinado porque los demócratas no cedimos ante el chantaje del terror. El pueblo español dijo entonces lo que pensaba, recordó a los terroristas que su único horizonte era la rendición o la derrota. Por eso, afirmo que Miguel Ángel seguirá vivo en nuestro recuerdo mientras homenajeemos su memoria; mientras seamos fieles a la dignidad que encierra su sacrificio al servicio de la democracia española y mientras sigamos diciendo a los terroristas que lo único que tienen por delante es su derrota. Ahí reside la grandeza ejemplar de lo que significa Ermua y la miseria, también ejemplar, de lo que significa su reverso: que el diálogo de hoy siembre la violencia de mañana.

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