sábado, marzo 10, 2007

Zapatero en su laberinto

Zapatero en su laberinto

Permalink 10.03.07 @ 18:56:00. Archivado en Europa, España, Sociogenética, Pro justitia et libertate

"Los terroristas matan y el Gobierno se rinde, que es exactamente lo que ha pasado. Tales hechos requieren vaselina sentimental. Soy humano, dice el terrorista. Nosotros también, apostilla el Gobierno. Y, si cuela, cuela. La inhumanidad y el salvajismo, para los que no se enternezcan. No está mal como retórica... Hace tiempo que el nieto del capitán Lozano se extravió en el laberinto sin puertas de una paranoia vindicativa, y lo peor es que los terroristas lo han adivinado." (Jon Juaristi)

Imagen: Laberinto para recorrer

El laberinto del Minotauro es el más antiguo y el más famoso. Las víctimas del sacrificio caminaban por los pasadizos hasta encontrarse con el monstruo que casi era un hombre y casi era un toro. En algunas catedrales medievales hay laberintos trazados con mosaicos sobre el piso; el peregrino podía recorrerlos lentamente, como un ejercicio espiritual. Siglos después se levantaron laberintos con arbustos y flores en los jardines de los palacios, para que príncipes y cortesanos se divirtieran al sol. (Ivan Skvarca)

Laberinto
Por Jon JUARISTI

QUE los terroristas pordioseen los buenos sentimientos de la buena gente está en el guión de toda banda que se precie de serlo. Lo insólito es que lo haga un gobierno por boca de su ministro de Interior. De ahí que no anduvieran totalmente descaminados quienes el jueves llamaban terrorista al Presidente. Porque los terroristas primero ponen la bomba y después sueltan el moco. Es lo suyo. Obviamente, ni Rodríguez ni Rubalcaba han puesto bombas, que sepamos, pero han asumido, en su rendición, el gimoteo de De Juana, y por eso la afición etarra les aplaude con las orejas. Del terrorismo, el Gobierno se ha reservado la fase compungida y plañidera. Les va.

O sea, el aspecto mariconcete del oficio, por así decirlo. Cómo mola, qué nobleza de espíritu la nuestra. No somos como ellos. Hombre, pues qué quiere usted que le diga. En la mitad, por lo menos, igualitos. Baroja decía que al que vende drogas en pequeñas cantidades se le llama farmacéutico y al que las expide al por mayor, droguero. De Juana es un droguero de la muerte, como el Chino. Pero el Chino se suicidó: he ahí la sutil diferencia. De Juana nunca tuvo la intención de llegar a extremos tan patéticos. Ayunaba porque estaba deprimido. No porque quisiera suicidarse. Los terroristas se suicidan por fanatismo religioso o por remordimientos, y De Juana no sufre de lo uno ni de lo otro. ¿Su huelga de hambre? Una forma espectacular de hacer pucheritos en el Times.

Los etarras son así: primero matan y luego se ponen líricos. El Gobierno se rinde y después se derrite en efusiones humanitarias. La cosa, en ambos casos, es que no la tomen con uno. La primera parte de la operación sería repugnante si no se contara con el lenitivo lacrimógeno. Los terroristas matan y el Gobierno se rinde, que es exactamente lo que ha pasado. Tales hechos requieren vaselina sentimental. Soy humano, dice el terrorista. Nosotros también, apostilla el Gobierno. Y, si cuela, cuela. La inhumanidad y el salvajismo, para los que no se enternezcan. No está mal como retórica. Se sitúa un grado por encima de la de quienes defienden la decisión de Rubalcaba alegando que el deceso de De Juana habría desatado la violencia en el País Vasco. Pero a estos hay que reconocerles un elemental realismo: intuyen acertadamente que el Gobierno sería incapaz de enfrentarse a una insurrección abertzale.

La hipótesis del acuerdo secreto entre Rodríguez y ETA parece, a la vista de los acontecimientos, bastante más que razonable. Ahora bien, la raíz del desastre es más profunda. Los socialistas usan la legalidad para deslegitimar al Estado porque lo perciben como una monstruosidad franquista, toda vez que garantiza la supervivencia política de la derecha. De ahí que la sola idea de que se les muera De Juana les resulte insoportable, pues se verían a sí mismos como una reedición de Franco firmando sentencias de muerte. Todo pertenece al mismo cuadro delirante que sitúa a Rodríguez en el papel mesiánico del verdadero artífice de la paz (es decir, un Franco al revés, un Franco de izquierdas). Atrapado en la red del deseo mimético, trata de exorcizar la mínima sospecha de identidad con su rival imaginario arrojando la sombra del dictador sobre la derecha democrática y marcando sus radicales diferencias con la misma, lo que le acerca inevitablemente a ETA y le aleja en idéntica medida de las víctimas del terrorismo. A estas alturas, está claro que el delirio del Presidente no tiene salida, porque Rodríguez pelea con un muerto para desposeerle del objeto mítico -la Paz- cuya posesión le atribuye y que él desea con ansias infinitas. Hace tiempo que el nieto del capitán Lozano se extravió en el laberinto sin puertas de una paranoia vindicativa, y lo peor es que los terroristas lo han adivinado. Porque nada hay más parecido al delirio de Rodríguez que el de tres hermanos etarras presos, los Gallastegui, que heredaron de su abuelo, el precursor histórico de ETA, otro deseo asimismo insaciable.

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