martes, febrero 19, 2013

Algunos rasgos bíblicos del “ministerio petrino del Papa” según el teólogo J. I. González Faus, S.J.



 

 
 

1. Pedro no fue un jefe de Estado.
2. Pedro nunca quiso convertir el aprecio de la Iglesia por él en un nimbo de sacralidad personal.
3. Pedro ejerció su servicio de manera conciliadora.
4. Pedro recordó a Pablo la causa de los pobres.
5. Pedro, fiel al universalismo evangélico de Jesús, abrió a todo el mundo las puertas judías de la Iglesia.
6. Por actuar así, Pedro fue criticado por los primeros cristianos de Jerusalén.
7. La humildad de Pedro fue aún más ejemplar que la valentía de Pablo.
8. Pedro plantó cara a las autoridades afirmando que es menester obedecer a Dios antes que a los hombres.
9. Pedro fue instruido por el Resucitado para que supiera respetar el carisma y no anduviera queriendo controlar.
10. Pedro enseñó que la vida entregada, el asesinato y la Resurrección de Jesús sirvieron para que Dios Padre perdonara con él incluso a sus verdugos y se reconciliara irrevocablemente con toda la humanidad.
11. Según el evangelista Mateo, la Iglesia está fundada sobre la fe de Pedro.
12. El mismo poder de atar y desatar que recibe Pedro, lo reciben también los apóstoles inmediatamente de Jesús.
13. Pedro era, ante todo, el obispo de Roma, cuya Iglesia servía de modelo a las otras iglesias en la pureza de su fe, en su interés por los pobres y en su relación con todas las iglesias.
14. Pedro confirmó a sus hermanos en la fe tras haber llorado amargamente por haber negado a Jesús.
15. Pedro optó por el universalismo evangélico de Jesús.
◊ El sucesor de Pedro puede contar hoy como Pedro en su tiempo con el apoyo de sus hermanos en la fe. ◊
-oOo-
Argumentación de estos rasgos bíblicos, en la carta abierta de José Ignacio González Faus al nuevo Papa del 20 de Abril 2005.
1. Pedro no fue un jefe de Estado. Por pequeño que sea, el Estado confiere un rango y unos poderes que no son en absoluto evangélicos (piensa en Mónaco o en Andorra, que también son Estados minúsculos). Creo que, en este punto, deberías parecerte más a Pedro que a muchos de sus sucesores, para no merecer el reproche que hace ya casi diez siglos dirigía san Bernardo a tu antecesor Eugenio III: “En muchas cosas no pareces sucesor de Pedro, sino de Constantino”.
2. {Pedro nunca quiso convertir el aprecio de la Iglesia por él en un nimbo de sacralidad personal.} Pedro fue muy querido en la Iglesia primera: cuando estuvo en la cárcel se rezó por él continuamente. Pero nunca quiso convertir ese aprecio en un nimbo de sacralidad. No se hizo llamar Santidad, ni santo padre, ni vicario de Cristo, sino que, a imitación de Jesús, se despojó de su rango y procuró “presentarse como un hombre cualquiera” (Fil, 2, 7). Y, cuando alguien se quiso postrar ante él, se lo impidió diciéndole: “Levántate, también yo soy un hombre” (H, 10, 26).
3. Pedro ejerció su servicio de manera conciliadora: se encontró pronto con una facción de derechas en Jerusalén, capitaneada por Santiago hermano del Señor, y con un ala liberadora apiñada en torno a Pablo. A pesar de los fervores iniciales, los enfrentamientos fueron de tal magnitud que san Lucas, propenso a idealizar, no puede menos de reconocer que hubo “altercados violentos” (H, 15, 2). Pedro actuó como mediador entre ambas iglesias, dejó que se reuniera una asamblea y en ella se limitó a preguntar a la facción más integrista: “¿Por qué tentáis a Dios imponiendo sobre el cuello de los discípulos un yugo, que ni nuestros padres ni nosotros pudimos sobrellevar?” (H, 15, 10).
4. {Pedro recordó a Pablo la causa de los pobres}: Todavía en ese conflicto Pedro, con Santiago y Juan, dieron plena confianza al sector “liberal” de Pablo poniéndole como única condición “que no se olvidara de los pobres” (Gal, 2, 10). La causa de los pobres pasó a ser así, a la vez, criterio de la verdadera libertad y factor de unidad para la Iglesia. Creo que estaremos de acuerdo en que éste es uno de los rasgos más bellos del ministerio petrino.
5. {Pedro, fiel al universalismo evangélico de Jesús, abrió a todo el mundo las puertas judías de la Iglesia.} Pedro fue en algunos puntos más allá de donde había ido el mismo Jesús: abrió a todo el mundo las puertas judías de la Iglesia, pese a que Jesús había dicho que Él sólo se sabía enviado a “las ovejas perdidas de la casa de Israel”. Pero Pedro recordó que la vida del Maestro estaba llena de gestos que hacían saltar ese criterio, y actuó convencido de que no traicionaba al Maestro, sino que se dejaba guiar por Su Espíritu (H, 10).
6. Por actuar así, Pedro fue criticado por los primeros cristianos de Jerusalén. Pero no los excomulgó por ello, sino que se reunió a conversar con ellos y les explicó sus temores humanos y sus razones creyentes: “El Espíritu me dijo que fuese con ellos dejando toda vacilación” (H, 11, 1 ss). Aquella audacia salvó a la Iglesia, mientras que el miedo la habría esterilizado para siglos.
7. {La humildad de Pedro fue aún más ejemplar que la valentía de Pablo.} Pedro tuvo sus vacilaciones: era intuitivo e impulsivo, pero cobarde. Y en algún momento, por evitarse líos, traicionó el paso hacia los no judíos que había dado anteriormente. Pablo, el ciclón, le criticó públicamente por ello. Y Pedro dio una gran lección de humildad aceptando esa crítica y no privando de la palabra a Pablo por ella. Tú ya recordarás lo que más tarde comentó San Agustín: “Me atrevo a decir que aún más ejemplar que la valentía de Pablo fue la humildad de Pedro”.
8. Pedro plantó cara a las autoridades afirmando que es menester obedecer a Dios antes que a los hombres (H, 5, 29). Esta frase, tan fuerte como peligrosa (por lo que podemos manipularla los humanos), tiene un significado mucho más serio cuando la dice una persona investida de autoridad que cuando la esgrime un simple soldado raso. Por eso te pediría que no la olvides nunca: porque hoy es imposible ejercer un servicio cristiano sin plantar cara a los poderes de este mundo; y porque es muy posible también que algunos de tus fieles crean que deben acogerse a ella para decirte algo. Y entonces será otra vez el momento de buscar todos juntos la voluntad de Dios.
9. Pedro fue instruido por el Resucitado para que supiera respetar el carisma y no anduviera queriendo controlar a aquel discípulo amado, que parecía ir a veces por libre y encarnar el aviso del Señor de que “el Espíritu sopla donde quiere” (y no donde quiere la autoridad). Recuerda cómo a la pregunta intranquila de Pedro (“¿Y éste qué”?) el Señor le respondió: “¿Qué más te da a ti? Tú ven y sígueme” (Jn, 21, 21). Amar más y seguir más es lo fundamental del ministerio petrino.
10. {Pedro enseñó que la vida entregada, el asesinato y la Resurrección de Jesús sirvieron para que Dios Padre perdonara con él incluso a sus verdugos y se reconciliara irrevocablemente con toda la humanidad.} En sus discursos, Pedro anunció primaria y casi exclusivamente la vida entregada, el asesinato y la Resurrección de Jesús y que, a través de esa vida, Dios perdonaba incluso a sus verdugos y se reconciliaba irrevocablemente con toda la humanidad (H, 2 y 3), porque “Dios no es aceptador de personas” (H, 10, 34). Otros problemas de índole práctica (como, por ejemplo, la circuncisión o la vigencia de la Ley antigua) no quiso resolverlos él enseguida, sino que dejó que fueran resueltos por el contacto entre las diversas iglesias.
11. Según el evangelista Mateo, la Iglesia está fundada sobre la fe de Pedro. Cuando esta fe miraba a Jesús desde Dios, fue calificada por el Señor como “roca”. Pero también Pedro es tildado por Jesús nada menos que de “Satanás”, cuando piensa de Dios en términos de poder y de triunfo, y no en términos de vida entregada (Mt, 16, 18 y 23).
12. El mismo poder de atar y desatar que recibe Pedro (Mt, 16, 19), lo reciben también los apóstoles inmediatamente de Jesús (Mt, 18, 18). Pedro, pues, no es nada sin el colegio apostólico del que es cabeza, pero al que no suplanta.
13. {Pedro era, ante todo, el obispo de Roma, cuya Iglesia servía de modelo a las otras Iglesias en la pureza de su fe, en su interés por los pobres y en su relación con las demás iglesias.} La historiografía confirma que el ministerio de Pedro no tuvo en sus comienzos una presencia y una proyección tan universales y constantes como hoy, pese a que la Iglesia era más joven y más frágil. Pedro era, ante todo, el obispo de Roma. Y fue el ejemplo de la Iglesia romana, en la pureza de su fe, en su interés por los pobres y en su relación con las demás iglesias, lo que hizo que éstas mirasen cada vez más hacia Roma. La pérdida de ese ejemplo fue más tarde causa de separaciones absurdas entre las iglesias, que son contrarias a la voluntad de Dios. El ministerio de Pedro es ministerio de unidad, que no puede soportar esa división y debería recuperar su imagen primera.
14. {Pedro confirmó a sus hermanos en la fe tras haber llorado amargamente por haber negado a Jesús.} Tú sabes bien que, a lo largo de la historia, Pedro ha negado a Jesús más de tres veces. Pero sabes también que esto no es razón para el desánimo, sino sólo para “llorar amargamente” (Lc, 22, 62) y tratar de amar más al Señor. Es así como “confirmarás a tus hermanos en la fe” (Lc, 22, 32). Y esto es lo más grandioso del ministerio petrino.
15. {Pedro optó por el universalismo evangélico de Jesús.} Finalmente, Pedro, el pescador inculto de una aldea perdida, tuvo el valor de dejar la capital religiosa del momento para irse hasta la capital del futuro, cosmopolita y desconocida para él. No sé bien lo que eso podría significar hoy; pero sospecho que algo puede decirnos.
◊ {El sucesor de Pedro puede contar hoy, como Pedro en su tiempo, con el apoyo de sus hermanos en la fe.} ◊
Hermano Pedro: A mi pobre entender, éstas son algunas de las cosas a las que has jurado fidelidad. La hora actual del cristianismo, por difícil que sea, no es más seria ni más complicada que la de la Iglesia primera. Todos los que tenemos la fortuna inmensa de creer en Jesucristo queremos salirte al encuentro con aquella oración incesante de la Iglesia primera, que consiguió que a Pedro “se le cayeran las cadenas de las manos” (H, 12, 5 y 7). Dominus tecum.
Fuente: José Ignacio González Faus, Carta al nuevo Papa, Tribuna, El País, 20 Abril. 2005.
-oOo-
Imagen 1: San Pedro
El Greco, 1608
Óleo sobre lienzo • Manierismo
207 cm × 105 cm
Monasterio de El Escorial, Madrid, España
San Pedro es una obra de El Greco, realizada en 1608 durante su último período toledano. Se conserva en el Real Monasterio de San Lorenzo de El Escorial.
Análisis
El apóstol san Pedro porta las llaves de la Iglesia que le fueron conferidas por Jesús. Se encuentra representado como si estuviese en la cima de una montaña. Es notoria la desproporción entre su cabeza y su cuerpo, como es habitual en la obra del pintor. La anatomía se pierde en el vestido, dando la impresión de ser una figura escuálida. El efecto tormentoso del cielo impregna de misticismo a este conjunto.
Wikipedia
-oOo-
Imagen 2 : Las lágrimas de San Pedro
Las lágrimas de San Pedro
El Greco, 1580-1586
Óleo sobre lienzo • Manierismo
109 cm × 90 cm
Bowes Museum, Teesdale, Reino Unido
Las lágrimas de San Pedro es una obra de El Greco, realizada entre 1580 y 1586 durante su primer período toledano. Se exhibe en una colección privada de Escocia.
Análisis
Esta obra repite el esquema de la Magdalena penitente: una cueva y un paisaje ocupado por un ángel. Incluso la postura de ambas figuras es similar, ambas elevan su mirada hacia el cielo y unen sus manos en actitud orante.
El centro de atención de esta obra es el apóstol san Pedro, que manifiesta gran espiritualidad. Se encuentra lamentando su negación de conocer a Cristo. Sus brazos demuestran una gran maestría muy próxima a la Escuela veneciana. El recurso de perspectiva es idéntido al empleado por otros artistas del Manierismo, lo que convierte a esta obra en una pieza perfecta para los propósitos de la Contrarreforma.
Wikipedia
18.02.13 | 20:11. Archivado en SociogenéticaReligionesPro justitia et libertateEcumenismo

Portrait robot du Pape rêvé, par Pedro Miguel Lamet

Voici, de mon point de vue, les traits d'un "portrait-robot" idéal du prochain pape :
1. Un homme qui s'est réveillé.
C'est-à-dire un homme de Dieu, de prière et si possible d'expérience mystique. Par "réveiller", je veux dire atteindre une lumière intérieure qui lui permette, au-delà de la norme et de la contrainte canonique, de regarder au-delà de la curie, des dogmes, du Droit et des conventions pour tenir compte de l'Esprit, qui "souffle où il veut".
2. Un homme du monde réel.
Etre un homme du monde réel ne signifie pas "être du monde", mais être dans le monde en le connaissant. Pas un pape de cabinet, enfermé dans son sanctuaire et isolé de la vie. Pas non plus un pape de voyages préparés dans lesquels il ne parvient pas à sortir de sa bulle et à parler avec les personnes normales/réelles. Un pape qui non seulement parle, mais qui sait écouter et, surtout, qui dialogue avec la culture actuelle.
3. Un homme qui sache sourire.
Je me souviens que, pendant l'élection de Jean-Paul Ier et de Jean-Paul II, un comité américain pour l'élection d'un pape a mis comme condition qu'il sache sourire. Tous deux, et Benoît XVI aussi, ont su sourire. Mais au-delà d'une expression du visage, le monde a besoin d'optimisme et d'espérance face à tant de catastrophismes.
4. Un homme courageux, qui n'a pas peur des réformes.
On a dit que Benoît XVI n'a pas pu introduire dans la curie les changements qu'il souhaitait et, selon l'expression du directeur de l'Osservatore romano, qu'il était "entouré de loups". Il faut une vigueur spirituelle et physique pour entreprendre les
réformes dont l'Eglise a besoin.
5. Un homme de Vatican II.
Cinquante ans après le Concile, tous les spécialistes sérieux affirment qu'il y a des thèmes en attente dans sa réalisation. Face à l'involution actuelle et à l'attitude défensive de se retrancher dans les châteaux d'hiver devant une société considérée comme ennemie de l'Eglise, il faut retourner sur la place publique et retrouver le concept de Peuple de Dieu, d'Ecuménisme, de Liberté, d'indépendance des pouvoirs publics, de ne pas prétendre baptiser les institutions civiles, d'offrir le message de Jésus sans l'imposer. Et qu'il n'ait pas peur, si c'est nécessaire, de convoquer un nouveau concile.
6. Un homme libre.
Cela se déduit de ce réveil intérieur du premier point. Mais la fonction de pape est pleine de conditionnements pour celui qui s'assied dans le Siège apostolique. Il doit surtout écouter sa conscience et prendre les décisions devant Dieu. Le dernier acte de Benoît XVI a été dans ce sens un merveilleux exemple.
7. Un homme en bonne santé.
Ni très vieux ni très jeune. Psychologiquement et physiquement mûr avec une capacité physique et intellectuelle pour affronter les défis d'une époque difficile. Entre 65 et 75 ans, dirais-je, et en forme pour durer comme pape au moins une dizaine d'années, mais pas plus.
8. Un homme universel.
J'éviterais qu'il appartienne à une famille ou à un mouvement religieux quelconque, pour qu'il soit de tous. Je m'inclinerais, si tant est qu'un tel candidat existe avec les autres qualités, pour qu'il appartienne au Tiers Monde, particulièrement à l'Amérique latine, où vit presque la moitié de la catholicité.
9. Un homme humble.
Bien que ce soit compris dans le paquet de "saint", je spécifie l'humilité et la simplicité, parce qu'une charge tellement importante peut provoquer l'orgueil, la sécurité et l'arrogance, et seule l'humilité, la disparition du "moi", permettra que Dieu agisse à travers lui.
10. Un homme ami des plus pauvres.
Toutes les béatitudes peuvent se résumer en "les pauvres sont évangélisés". Le nouveau pape devra avoir dans son cœur avant tout le côté obscur de la planète, celui qui ne compte pas, celui de la faim et de l'injustice.
Peut-être est-ce prématuré, mais quand les palais du Vatican se transformeront-ils en musées ? Quand le pape s'installera-t-il dans une habitation simple, quand cessera-t-il de voyager somme un chef d'Etat et d'avoir des ambassades dans le monde entier ? Mais au moins ce ne serait pas rien que, à la fin de son pontificat, on puisse l'appeler "le pape des pauvres".
Avec l'espoir que cela ne reste pas un rêve.

19.02.13 | 16:25. Archivado en Sociogenética, Religiones, Pro justitia et libertate, Geopolítica, Ecumenismo

jueves, febrero 07, 2013

Caffarena, philosophe du mystère humain, par Pedro-Miguel Lamet


Caffarena, philosophe du mystère humain, par Pedro-Miguel Lamet

 

Hier, le jour de son quatre-vingt-huitième anniversaire, le philosophe jésuite José Gómez Caffarena est décédé, dans la paix et la simplicité, comme il avait vécu.
Serein toujours, souriant et d'une profonde élégance spirituelle, sa trajectoire coïncide d'une manière brillante et efficace avec de grands compagnons qui ont contribué à l'actualisation de l'Eglise avant et après le Concile Vatican II, les pères José María de Llanos et José María Díez-Alegría.
Mais si tous deux ont lutté pour donner de la crédibilité à la foi chrétienne dans les deux Espagnes à partir de la pratique de banlieue et de la rénovation de la théologie, Caffarena l'a réalisé à partir d'une pensée philosophique herméneutique et dialogante.
Formé à Heythrop et Rome, il nous a laissé le souvenir, à nous ses élèves de la Faculté de Philosophie d'Alcalá, d'une métaphysique novatrice qui, en réinterprétant Kant et Saint Thomas, trouvait la preuve la plus actuelle de l'existence de Dieu dans l'inquiétude radicale de l'être humain qui, sans Lui, se transformerait en une "passion inutile". C'est l'origine de ses cours de Métaphysique fondamentale, Métaphysique transcendantale et Philosophie de la Religion (1969-1973).
Il persévéra toute sa vie dans cette tâche de dialogue, particulièrement au sein de l'Institut Fe y Secularidad, de l'Université Comillas et du Conseil Supérieur de Recherches scientifiques.
Les têtes les mieux pensantes d'Espagne, de Aranguren à Laín, de Sábada à Savater, ont trouvé en lui, au-delà de leurs croyances, un interlocuteur ouvert et profond, qui débarrassait le concept de Dieu de toute impureté. Tout cela déboucha sur son œuvre maîtresse, « L'énigme et le mystère » (2007), une philosophie de la religion.
Peut-être l'aspect le plus populaire de Gómez Caffarena se trouve-t-il dans ses cours aux universitaires : Vers le vrai christianisme (1966), L'audace de croire (1969), Chrétiens, aujourd'hui ? (1971), Le cœur humaniste du christianisme (1984), dans lesquels, outre le fait de leur rendre "la chose chrétienne" intelligible, il leur apprenait à ne pas se contenter de solutions faciles, mais à persister dans une recherche personnelle.
Mais mon expérience la plus vitale de Pepe ou Caffi, comme nous l'appelions chez nous, se rapporte à l'homme, après plus de vingt ans de vie partagée en communauté. Soigneux, ordonné et méthodique dans ses horaires jusqu'à l'extrême, il était surtout pour tous un grand compagnon et un ami.
Très jeune, il s'était préoccupé des pauvres, partageait des fins de semaine avec le père Llanos dans le quartier du Pozo del tío Raimundo, ou signait les documents les plus engagés en faveur de la démocratie et de la rénovation théologique.
On pourrait penser, comme le font certains, qu'il a été un progressiste promarxiste. Rien n'est plus faux. Il était avant tout un jésuite cent pour cent, extrêmement discret et élégant, qui plaçait sa foi et sa religiosité au-dessus de tout.
Ces cinq dernières années, j'ai célébré l'eucharistie avec lui tous les jours. C'était son moment fort de la journée.
Dans son esprit extraordinaire, qu'il conserva jusqu'à la fin, se rencontraient l'exégèse biblique, la dévotion et le sens commun, ouvert sur le monde et les gens d'aujourd'hui. Pour cela peut-être les mots par lesquels il concluait « L'énigme et le Mystère » peuvent-ils être son meilleur sauf-conduit pour l'autre vie. Il y dit que, malgré le fait que l'humanité est soumise à "beaucoup de douleur et d'incertitude" :
"la douleur n'est pas le dernier mot ! Une intuition de l'humanité, qu'il convient d'appeler pratiquement universelle, ne s'est pas rendue, mais a cherché des clés d'espérance et, parmi elles, le Mystère, auquel ouvrent les expériences religieuses".
Message libérateur pour les temps qui courent, et une réalité que José Gómez Caffarena a maintenant pu découvrir dans la plénitude joyeuse de la rencontre.
-oOo-
Fuente: Pedro-Miguel Lamet: Caffarena, filósofo del misterio humano
Posted on febrero 6th, 2013 by lamet
06.02.13 | 23:55. Archivado en UniversidadesSociogenéticaFilosofíaReligionesEcumenismoJesuitas

Caffarena, filósofo del misterio humano, por Pedro-Miguel Lamet



 

Ayer, fecha en que cumplía ochenta y ocho años, con la misma paz y sencillez con que había vivido falleció el filósofo jesuita José Gómez Caffarena.
Sereno siempre, sonriente y de una profunda elegancia espiritual su trayectoria entronca de forma brillante y eficaz con grandes compañeros suyos que contribuyeron a la puesta al día de la Iglesia antes y después del Concilio Vaticano II, los padres José María de Llanos y José María Díez-Alegría. Pero si estos lucharon para dar credibilidad a la fe cristiana en ambas Españas desde la praxis del suburbio y la renovación de la teología, Caffarena lo llevó a cabo a partir de un pensamiento filosófico hermenéutico y dialogante.
Formado en Heythrop y Roma, sus alumnos de la facultad de filosofía de Alcalá lo recordamos por una metafísica innovadora, que reinterpretando a Kant y a Santo Tomás encontraba la prueba más actualizada de la existencia de Dios en la radical inquietud del ser humano, que, sin Él, se convertiría en una “pasión inútil”. De ahí vieron la luz sus Cursos de Metafísica fundamental, Metafísica trascendental y Filosofía de la Religión (1969-1973)
En esta tarea de diálogo persistió toda su vida, especialmente a través del instituto Fe y Secularidad, la Universidad Comillas y el Consejo Superior de Investigaciones Científicas.
Las cabezas mejor pensantes de este país, desde Aranguren a Laín, de Sábada a Savater encontraron en él, más allá de sus creencias, un interlocutor abierto y profundo, que purificaba de gangas el concepto de Dios. Todo ello desembocó en su obra cumbre, El enigma y el misterio (2007), una filosofía de la religión.
Quizás la faceta más popular de Gómez Caffarena se centró en sus cursos a universitarios: Hacia el verdadero cristianismo (1966), La audacia de creer (1969) ¿Cristianos, hoy? (1971) La entraña humanista del cristianismo (1984), en los que, además de hacerles inteligible lo cristiano, les inculcaba no contentarse con soluciones fáciles, sino en persistir en una búsqueda personalizada.
Pero mi experiencia más vital sobre Pepe o Caffi, como le llamábamos en casa, se refiere al hombre, después de más de veinte años de convivencia. Pulcro, ordenado y metódico en sus horarios hasta la saciedad, era sobre todo un gran compañero de todos y un amigo.
Desde muy joven se había preocupado de los pobres, compartiendo fines de semana con el padre Llanos en el Pozo del tío Raimundo, o dando su firma a los documentos más comprometidos en favor de la democracia y la renovación teológica.
Podría pensarse que ha sido, como piensan algunos, un progresista promarxista. Nada más lejos de ese tópico. Era sobre todo un jesuita cien por cien, enormemente discreto y educado, que ponía su fe y su religiosidad por encima de todo.
Los últimos cinco años he concelebrado con él la eucaristía diariamente. Era su momento cumbre del día.
En su extraordinaria cabeza, que conservó hasta el final, confluían la exégesis bíblica, la devoción y el sentido común, abierto al mundo y las gentes de hoy. Quizás por eso las palabras con que concluye El enigma y el misterio puedan ser su mejor salvoconducto para la otra vida. Allí dice que a pesar de que la humanidad está sujeta a “mucho dolor e incertidumbre”:
“el dolor ¡no es la última palabra! Una intuición de la humanidad, que cabe decir prácticamente universal, no se ha rendido, sino que ha buscado claves de esperanza, y, entre ellas el Misterio, al que abren las experiencias religiosas"
Mensaje liberador para los tiempos que corren, y algo que José Gómez Caffarena ya ha podido desvelar desde la gozosa plenitud del encuentro.
-oOo-
Fuente: Pedro-Miguel Lamet: Caffarena, filósofo del misterio humano
Posted on febrero 6th, 2013 by lamet
06.02.13 | 11:54. Archivado en UniversidadesFilosofíaReligionesEcumenismoJesuitas

jueves, enero 10, 2013

Mon cadeau des Rois Mages 2013 (2/2)



 

 
Pierre Paul Rubens, deux fois créateur de ce tableau, a réalisé, dans l’édition définitive de 1628-1629, son autoportrait vu de dos.
Par là, il veut faire comprendre qu’il considère terminée sa nouvelle intervention créative.
Néanmoins, une forte impulsion intérieure, qui surgit de sa déontologie la plus profonde de créateur croyant, l’oblige à tourner la tête pour contempler l’Enfant Jésus nouveau-né.
Il le fait aussi, à la lumière que l’Enfant divin lui envoie sur son visage d’artiste, pour observer les améliorations qu’il vient d’apporter au fond et à la forme de l’œuvre qu’il avait réalisée quelque 20 ans plus tôt. Il avait alors créé cette “Adoration des Rois Mages” pour proclamer à Anvers sa croyance dans “la gloire de Dieu dans les cieux”, présente parmi nous, les hommes, par ce Fils de Marie, comme garant universel de “la Paix sur la terre pour tous les humains de bonne volonté”.
Ici, à Madrid, il a voulu ajouter une frange de ciel lumineuse pour y accueillir, comme emblème visible de son œuvre, les messagers célestes qui ont chanté à Bethléem le message évangélique fondamental qui donne du sens à cette Nativité : “Gloire à Dieu dans les cieux et paix sur la terre à tous les humains de bonne volonté”.
007. Révision. Addition de 1628-1629 dans la partie droite du tableau
Dans la partie extrême droite du tableau, que son auteur agrandit entre 1628 et 1629, pendant son second voyage en Espagne, Rubens ajouta, en bas, le portrait de son jeune assistant avec son cheval et, vers le milieu, là où arrive une lumière qui provient de l’Enfant Jésus et illumine le visage d’un personnage du XVIIème siècle, son propre portrait de croyant.
Il s’est représenté de dos, pour faire comprendre qu’il considère terminée sa nouvelle intervention créative. Néanmoins, une forte impulsion intérieure l’oblige à tourner la tête pour contempler l’Enfant Jésus nouveau-né et pour observer les améliorations qu’il vient d’apporter au fond et à la forme de l’œuvre qu’il avait réalisée quelque 20 ans plus tôt.
De gigantesques chameaux et des serviteurs avec des torches occupent la partie supérieure de ce côté droit ajouté à la composition.
Source : Gabriele Finaldi, directeur adjoint de conservation du Prado, commentaire sur cette œuvre au moment de sa restauration, entre 2000 et 2002.
008. Autoportrait de Rubens avec son assistant
Dans la partie extrême droite du tableau, que Rubens agrandit entre 1628 et 1629, pendant son second voyage en Espagne, il ajouta, dans la partie inférieure, le portrait de son jeune assistant avec son cheval; dans la partie intermédiaire il peignit son propre portrait, de dos mais se retournant pour regarder, comme s’il observait le tableau qu’il avait réalisé quelque 20 ans plus tôt. Le reste supérieur de ce côté de la composition est occupé par de gigantesques chameaux et des serviteurs avec des torches (voir l’image précédente).
Source : Gabriele Finaldi, directeur adjoint de conservation du Prado, commentaire sur cette œuvre au moment de sa restauration, entre 2000 et 2002.
009. Autoportrait de Rubens avec son cheval blanc
Dans la partie intermédiaire de la frange verticale ajoutée au tableau à son extrême droite, entre 1628 et 1629, Rubens a peint son autoportrait de croyant.
Il s’est représenté de dos comme s’il partait, pour faire comprendre qu’il considère terminée sa nouvelle intervention créative; néanmoins, obéissant à une forte impulsion intérieure, il tourne son visage pour regarder l’Enfant Jésus nouveau-né, dont la lumière éclaire la foi du croyant visible dans le regard attentif du peintre, qui en outre semble observer, à la lumière qui émane de l’Enfant, les améliorations qu’il a introduites dans l’œuvre qu’il avait réalisée quelque 20 ans plus tôt.
Rubens chevauche un cheval blanc, symbole de paix. La paix, il le sait bien en tant que peintre à succès et agent de la réconciliation, apporte avec elle la prospérité.
C’est le thème central des représentations de Rubens et il est associé à son intense et déjà longue activité de diplomate, au cours de laquelle il consacra d’importants efforts pour conduire les états belligérants à la réconciliation.
010. L’assistant de Rubens avec son cheval brun
Dans la partie inférieure de la frange verticale droite du tableau, que Rubens ajouta entre 1628 et 1629, pendant son second voyage en Espagne, il composa le portrait de son jeune assistant, caressant la crinière noire de sa fougueuse monture brun foncé.
Le jeune homme est habillé de bleu, comme Marie, la mère de Jésus, et comme le Roi Mage noir. Bleu aussi, bien que moins intense, est le pagne qui couvre les hanches de l’esclave qui porte un pesant coffre sur sa nuque. Et bleues aussi les bordures du vêtement du petit page agenouillé qui porte une torche, derrière le roi qui offre l’or à Jésus.
Ces vêtements bleus forment un losange parfait dans la partie primitive du tableau, celle qui termine avec les hanches de l’esclave qui porte un pesant coffre sur sa nuque, et un losange déformé vers la droite si on considère le tableau agrandi.
Rubens a voulu contraster la couleur bleue du pourpoint de son assistant avec la couleur rouge de son propre pourpoint. Il a aussi contrasté la couleur sombre de la monture de son assistant avec la couleur blanche de sa propre monture. Il convient d’en induire que Rubens souhaite être considéré comme un artiste qui préfère l’Amour à la haine et la Paix à la guerre.
011. Joseph, dans l’ombre, protège et admire les siens
Saint Joseph est derrière la Vierge, à peine esquissé, mais avec un geste d’émerveillement devant les événements. Son rôle n’est pas ici celui d’un personnage central, mais il s’intègre dans un épisode de la Sainte Famille, qui est son contexte naturel, avec un rôle secondaire, de telle sorte que, en employant la terminologie de Barrera, 2000, on peut parler d’une image liée à la narration plutôt qu’à la dévotion.
Au XVIIème siècle, l’image de Saint Joseph s’intègre au cycle marial sous l’influence des jésuites (Duchet-Suchaux et Pastoureau, 1996). Bien qu’on le réinsère dans les épisodes narratifs de la Vierge et de l’Enfant, on le met en valeur comme époux de la Vierge et père de Jésus avec toute la solennité de son personnage.
Logiquement, l’effigie de Saint Joseph fut plus fréquemment représentée avec la Sainte Famille que de façon individuelle. Dans ce contexte, il y a des images où le saint est la figure centrale et d’autres où il fait partie d’un épisode avec un rôle secondaire, de façon à ce qu’on puisse parler d’images de dévotion et d’images de narration (Barrera, 2000). Parmi les premières on trouve : Saint Joseph et l’Enfant, Les Songes de Saint Joseph, Le Couronnement et la Mort de Saint Joseph, et parmi les images narratives : Les Noces de la Vierge, La Visitation, La Nativité, L’Adoration des Mages ou Epiphanie, La Fuite en Egypte, La Présentation de Jésus au Temple et La Circoncision.
En relation avec les vêtements du saint, Roig (1950) signale que, à l’époque médiévale, il porte le costume des artisans (tunique courte et ceinturée) et dans l’épisode de La Fuite en Egypte il porte un costume de voyage (cape et turban ou chapeau à bords larges). Plus tard, il apparaît avec une tunique longue et un manteau croisé.
Source : Br. Marylena Luna C. : La iconografía de San José en la colección de pintura del Museo de Arte colonial de Mérida, Mérida, Juin 2001
012. Les cadeaux des trois rois sont l’or, l’encens, la myrrhe
En accord avec la tradition picturale, Rubens représente les trois rois de races différentes : on interprétait que les rois signifiaient les nations de la Terre reconnaissant le Christ comme Roi universel et personnifiaient les trois continents connus, l’Europe, l’Afrique et l’Asie. Dans les Pays-Bas, il était courant de donner aux rois des âges différents, pour évoquer le fait qu’ils représentaient les Trois Ages de l’Homme, en mettant ainsi en évidence à nouveau la nature représentative et universelle de leur hommage.
Rubens a mis un accent particulier sur les présents qu’ils apportent. Le roi qui est agenouillé offre un récipient en or plein de monnaies; l’Enfant, curieux, prend l’une d’entre elles.
On interprète le cadeau de l’or comme représentant la majesté du Christ, mais l’Enfant saisit la monnaie comme s’il s’agissait de la Sainte Hostie. C’est peut-être une allusion intentionnelle à sa mission sacerdotale, qui est aussi évoquée par l’étole accrochée à un côté de la couche.
Le roi noir porte un encensoir comme reconnaissance de la divinité de l’Enfant, et à côté de lui un page souffle sur les braises pour les maintenir allumées.
Le roi qui est debout, habillé d’une spectaculaire tunique de soie écarlate, comme un vénérable sénateur vénitien, porte une boîte en or pleine de myrrhe, une essence de sève d’arbre qui s’utilisait pour embaumer les morts, ce qui est interprété comme une allusion au futur sacrifice et à la mort du Christ.
Source : Gabriele Finaldi, directeur adjoint de conservation du Prado, commentaire sur cette œuvre au moment de sa restauration, entre 2000 et 2002.
013. Soldat croyant ou incrédule ?
Le soldat du XVIIème siècle présumé croyant est en attitude d’adoration, tandis que son compagnon, le soldat présumé incrédule, est en attitude de méfiance et à la gauche de deux témoins historiques indifférents.
Un de ces deux indifférents et le soldat incrédule écartent leurs regards de la scène de l’Adoration, pendant que l’autre, à la barbe abondante et désordonnée, dirige son regard interrogatif vers nous, les destinataires actuels du message ouvert et pluriel du tableau de Rubens.
-oOo-
-oOO-

Mi regalo de Reyes 2013 (2/2)

 

 
Pierre Paul Rubens, dos veces creador de este cuadro, se ha autorretratado, en su edición definitiva de 1628-1629, vuelto de espaldas.
Con ello quiere dar a entender que considera ya concluida su nueva intervención creativa.
Sin embargo un fuerte impulso interior, que brota de su deontología más profunda de creador creyente, le obliga a girar su rostro para contemplar al Niño Jesús recién nacido.
Lo hace también, a la luz que el mismo Niño Divino le envía sobre su rostro de artista, para observar las mejoras que acaba de aportar al fondo y a la forma de la obra que había realizado unos veinte años antes. Entonces creó esta “Adoración de los Reyes Magos” para proclamar en Amberes su creencia en “la gloria de Dios en las alturas”, presente entre nosotros los humanos en este Hijo de María, como garante universal de “la Paz en la tierra para todos los humanos de buena voluntad”.
Aquí en Madrid ha querido añadir una luminosa franja de cielo para albergar en ella, como emblema visible de su obra, a los mensajeros celestiales que cantaron en Belén el mensaje evangélico fundamental que da sentido a este Nacimiento: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a todos los humanos de buena voluntad”.
007. Revisión. Añadidura de 1628-1629 en la parte derecha del cuadro
En la parte extrema derecha del cuadro, que su Autor amplió entre 1628 y 1629, durante su segundo viaje a España, Rubens añadió, abajo, el retrato de su joven ayudante con su caballo y, a mitad de la altura, adonde llega una luz que procede del niño Jesús e ilumina el rostro de un personaje del siglo XVII, su propio retrato de creyente.
Se ha representado vuelto de espaldas, para dar a entender que considera ya concluida su nueva intervención creativa. Sin embargo un fuerte impulso interior le obliga a girar su rostro para contemplar al niño Jesús recién nacido y para observar las mejoras que acaba de aportar al fondo y a la forma de la obra que había realizado unos veinte años antes.
Gigantescos camellos y criados con antorchas ocupan la parte superior de este lado derecho añadido de la composición.
Fuente: Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación del Prado, comentario sobre esta obra en los días en que se restauró, entre el 2000 y 2002.
008. Autorretrato de Rubens con su ayudante
En la parte extrema derecha del cuadro, que Rubens amplió entre 1628 y 1629, durante su segundo viaje a España, añadió, en la parte inferior, el retrato de su joven ayudante con su caballo; en la parte intermedia pintó su propio retrato, vuelto de espaldas pero girándose para mirar, como si estuviera observando el cuadro que había realizado unos veinte años antes. El resto superior de este lado de la composición lo ocupan gigantescos camellos y criados con antorchas. (Ver la imagen precedente)
Fuente: Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación del Prado, comentario sobre esta obra en los días en que se restauró, entre el 2000 y 2002.
009. Autorretrato de Rubens con su caballo blanco
En la parte intermedia de la franja vertical añadida al cuadro en su extrema derecha, entre 1628 y 1629, Rubens pintó su autorretrato de creyente.
Se ha representado vuelto de espaldas como quien abandona un lugar, para dar a entender que considera concluida su nueva intervención creativa; sin embargo, obedeciendo a un fuerte impulso interior, gira su rostro para mirar al niño Jesús recién nacido, cuya luz ilumina la fe visible del creyente en la atenta mirada del pintor, que además parece que está observando, a la luz que procede del Niño, las mejoras que ha introducido en la obra que había realizado unos veinte años antes.
Rubens cabalga en un caballo blanco, símbolo de la paz. La paz, él lo sabe muy bien como pintor de éxito y como agente de la reconciliación, trae consigo la prosperidad.
Éste es el tema central de las representaciones de Rubens y va unido a su intensa y ya larga actividad como diplomático, durante la cual dedicó denodados esfuerzos para llevar la reconciliación a los estados litigantes.
010. El ayudante de Rubens con su caballo castaño
En la parte inferior de la franja vertical derecha del cuadro, que Rubens añadió entre 1628 y 1629, durante su segundo viaje a España, compuso el retrato de su joven ayudante acariciando las crines negras de su briosa cabalgadura castaño-oscura.
El joven está vestido de azul como María, la madre de Jesús, y como el Rey Mago negro. También es azul, aunque menos intenso, el paño que ciñe las caderas del esclavo que porta un pesado cajón sobre su cerviz. Igualmente lo son las orlas del vestido del pajecito que mantiene arrodillado una antorcha, detrás del rey que está ofreciendo el oro al niño Jesús.
Estos ropajes azules conforman un rombo perfecto en la parte primitiva del cuadro, la que termina en las caderas del esclavo que porta un pesado cajón sobre su cerviz, y un rombo abultado hacia la derecha si se considera el cuadro ampliado.
Rubens ha querido contrastar el color azul de la casaca de su ayudante con el color rojo de su propia casaca. También ha contrastado el color oscuro de la cabalgadura de su ayudante con el color blanco de su propia cabalgadura. Cabe inducir que Rubens desea ser considerado como un artista que prefiere el Amor al odio y la Paz a la guerra.
011. José, en la sombra, protegiendo y admirando a los suyos
San José está tras la Virgen, apenas bocetado, pero con el gesto de quien está admirado ante los acontecimientos. Su figura no es aquí la de un personaje central sino que se integra en un episodio de la Sagrada Familia, que es su contexto natural, con un papel secundario, de manera que, empleando la nomenclatura de Barrera, 2000, se puede hablar de una imagen narrativa más bien que devocional.
En el siglo XVII la imagen de San José se integra al ciclo mariano por la influencia de los jesuitas (Duchet-Suchaux y Pastoureau, 1996). A pesar de que se le vuelve a insertar en los episodios narrativos de la Virgen y el Niño, se le destaca como esposo de la Virgen y padre de Jesús con toda la solemnidad de su figura.
Lógicamente la efigie de San José fue más representada con la Sagrada Familia que de forma individual. Conforme con esto hay imágenes donde el santo es la figura central y en otras forma parte de un episodio con un rol secundario, de manera que se puede hablar de imágenes devocionales e imágenes narrativas (Barrera, 2000). Dentro de las primeras se tienen: San José y el Niño, Los Sueños de San José, La Coronación y Muerte de San José y, entre las imágenes narrativas están: Los Desposorios de la Virgen, La Visitación, La Natividad, La Adoración de los Magos o Epifanía, La Huida a Egipto, La Presentación de Jesús en el Templo y La Circuncisión.
En relación con la vestimenta del santo, Roig (1950) señala que en la época medieval viste un traje de los artesanos (túnica corta y ceñida) y en el episodio de La Huida a Egipto lleva un traje de viaje (capa y turbante o sombrero de alas). Posteriormente apareció con una túnica talar y manto terciado.
Fuente: Br. Marylena Luna C.: LA ICONOGRAFÍA DE SAN JOSÉ EN LA COLECCIÓN DE PINTURA DEL MUSEO DE ARTE COLONIAL DE MÉRIDA, Mérida, Junio 2001.
012. Los regalos de los tres reyes son oro, incienso y mirra
De acuerdo con la tradición pictórica, Rubens los representa de razas diferentes: se entendía que los reyes significaban las naciones de la Tierra reconociendo a Cristo como Rey universal, y personificaban los tres continentes conocidos de Europa, África y Asia. En los Países Bajos era costumbre materializar a los reyes de diferentes edades, insinuando que representaban las Tres Edades del Hombre, volviendo a poner así de relieve la naturaleza representativa y universal de su homenaje.
Rubens hizo especial hincapié en los presentes que portan. El rey que está arrodillado ofrece un recipiente de oro lleno de monedas; el Niño, curioso, coge una de ellas.
El regalo del oro se interpretaba como la majestad de Cristo, pero el Niño sostiene la moneda como si se tratase de la Sagrada Forma. Es quizás una alusión intencionada a su misión sacerdotal, que viene igualmente indicada por la estola que cuelga por un lado del pesebre.
El rey negro porta un incensario como reconocimiento a la divinidad del Niño, y junto a él un paje sopla las brasas para mantenerlas encendidas.
El rey que está de pie, ataviado con una espectacular túnica de seda escarlata, como un venerable senador veneciano, lleva una caja de oro llena de mirra, una esencia de savia de árbol que se usaba para embalsamar a los muertos, lo que se interpretaba como una alusión al futuro sacrificio y muerte de Cristo.
Fuente: Gabriele Finaldi, director adjunto de conservación del Prado, comentario sobre esta obra en los días en que se restauró, entre el 2000 y 2002.
013. ¿Soldado creyente vs incrédulo?
El soldado del XVII supuestamente creyente estaría en actitud de adoración mientras que el soldado supuestamente incrédulo, su coetáneo, estaría en actitud de desconfianza y a la izquierda de dos testigos históricos indiferentes.
Uno de estos indiferentes y el soldado incrédulo desvían sus miradas de la escena de la Adoración mientras que el otro, con barba abundante y revuelta, fija su mirada interrogativa en nosotros, los destinatarios actuales del mensaje abierto y plural del cuadro de Rubens.