martes, marzo 27, 2007

Gabriel y Mario, dos amigos

Gabriel y Mario, dos amigos

Permalink 27.03.07 @ 16:45:00. Archivado en Las Américas, Poética, Novela

Con ocasión del homenaje a Gabriel García Márquez, por su ochenta cumpleaños y por el cuarenta aniversario de Cien años de soledad, Antonio Muñoz Molina presentó la literatura como motor de la unidad hispanoamericana, en contraste con la economía como seña de fraternidad europea. Tanto el paralelismo como el contraste dan mucho que pensar, porque en los dos extremos de la explosiva comparación nos encontramos nosotros, los españoles:

«nos sobran palabras y nos faltan hechos. Celebramos con euforia estadística los millones de hablantes, pero el porvenir del español no puede estar en la demografía sino en el progreso, en la justicia social y en la educación, que mejorarán la vida y por lo tanto las capacidades expresivas de quienes lo hablan. El enemigo del español no es el inglés, sino la pobreza; lo que amenaza la literatura y los libros es la ignorancia y el abandono de la educación, no internet. Necesitamos bibliotecas, pero también tejidos editoriales para establecer un mercado común de los libros. Y que ni la tiranía ni la violencia amenacen la libertad de expresión».

Me ha parecido que la mejor manera de participar en el homenaje que se rinde a Gabo García Márquez, durante el IV Congreso Internacional de la Lengua Española, que arrancó ayer en el Centro de Convenciones Getsemaní de Cartagena de Indias, es recordar un fragmento de su biografía, escrita por el periodista colombiano Dasso Saldívar El viaje a la semilla , Alfaguara, Madrid, 1997, págs. 460-64. He elegido el pasaje que explica su amistad con Mario Vargas Llosa, porque a mi modo de ver la fidelidad en amistad, siendo una gran virtud humana, es al mismo tiempo una de las claves que explican la vida de Gabo. Ya lo hice notar cuando hace algún tiempo me ocupé de su relación con Fidel Castro, en una serie de artículos que publiqué bajo el título: Gabo, amigo fiel de Fidel.

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Gabriel y Mario, dos amigos

Imagen: En parranda setentera. En Barcelona, Mario Vargas Llosa, José Donoso y Gabriel García Márquez con sus respectivas esposas (de izq. a der.): Patricia Vargas Llosa, Mercedes García Márquez y María Pilar Donoso. FOTO: Archivo Max Silva Tuesta.

Mientras Mercedes viajaba con Rodrigo y Gonzalo [esposa e hijos de García Márquez] a Barranquilla y Cartagena a finales de julio, García Márquez apuraba los últimos días de este primer periodo mexicano en un apartamento de la Plaza Washington, propiedad de Luis Vicens (pues la casa de San Ángel Inn la habían entregado a mediados de mes), para partir el 1 de agosto hacia Caracas, donde asistió al XIII Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana y a la entrega del Premio Rómulo Gallegos. Pero, antes que esta doble fiesta de las letras, lo que le interesaba era reencontrarse con sus viejos amigos y conocer personalmente a Mario Vargas Llosa, el escritor peruano que acababa de ser galardonado con la primera entrega del Rómulo Gallegos por su novela La Casa Verde.

Como recordaría éste, los dos se conocieron en el aeropuerto de Maiquetía la misma noche de su llegada, ya que los aviones de Londres y México aterrizaron casi al mismo tiempo, y estuvieron junstos los primeros quince días de agosto entre Caracas (que acababa de padecer un trágico terremoto), Mérida y Bogotá, volviéndose a encontrar en Lima los primeros días de septiembre.

Aunque ésta era la primera vez que se veían las caras, previamente habían mantenido una larga y bien cultivada amistad epistolar, que los había llevado incluso a contemplar el proyecto de escribir algún día una novela a cuatro manos sobre la guerra tragicómica que habían padecido sus países en los años treinta. Por supuesro, los dos se habían leído con esmero, y la admiracidn mutua era el acento que presidía sus largas epístolas entre París, Londres y México. Viejos adictos de la novela de caballerías, para el colombiano, Vargas llosa era "el último caballero andante de la literatura", mientras que para el peruano, García Márquez era «el Amadís de América». Éste había trasvasado el carácter de algún personaje de La Casa Verde a otro de Cien años de soledad (como lo había hecho con otros personajes de Fuentes, Cortázar y Carpentier), y Vargas Llosa acababa de escribir un artículo de exaltación y rendido homenaje a las excelencias de esta novela «un libro admirable» que le hubiera gustado escribir a él, como lo confesaría después, porque es una novela donde su autor "manda a paseo cuatro siglos de pudor narrativo", compite "con la realidad de igual a igual" y hace de «la narración un objeto verbal que refleja el mundo tal como es: múltiple y oceánico».

Esta admiración mutua tenía su origen no sólo en el hecho evidente de ser ambos dos grandes de la novela latinoamericana, sino tal vez en el hecho mágico del soterrado paralelismo de sus vidas, un paralelismo que parece sacado de las páginas del divino Plutarco. Ambos habían sido criados por sus abuelos maternos con todas las complacencias y habían sido dos niños mimados y caprichosos que perdieron el paraíso de su infancia a los diez años; ambos conocieron tarde a sus padres y su relación con ellos sería una relación de desencuentro, entre otras razones, porque éstos expresaron su reserva o su oposición a la vocación de sus hijos; ambos estudiaron en colegios religiosos y cursaron el bachillerato como internos en centros de régimen monacal o castrense, abrazando la literatura como refugio y como afirmación de su identidad frente a un ambiente que les es hostil o repugnante; ambos encontraron en el teatro y la poesía los pilares iniciales de su formación literaria y escribieron versos en su adolescencia y publicaron su primer cuento casi a la misma edad; ambos leyeron con fervor a Alejandro Dumas y a Tolstoi, a Rubén Darío y a Faulkner, a Borges y a Neruda; ambos empezaron a ganarse la vida en periódicos de provincia en condiciones muy precarias y llegaron muy jóvenes a Europa atraídos por el mito literario de París, donde siguieron viviendo del periodismo, padeciendo en la Ciudad Luz los días tal vez más oscuros de sus vidas; ambos pudieron seguir escribiendo sus libros gracias a las buhardillas que los mismos esposos M. y Mme. Lacroix les fiaron durante meses en dos hoteles del Barrio Latino y ambos vieron rechazadas sus primeras novelas por editoriales de la misma ciudad de Buenos Aires; de orientación marxista, los dos eludieron siempre la militancia política en partidos de izquierda y eran defensores confesos de la revolución cubana; ambos serían amigos y delfines del gran poeta de las Américas, Pablo Neruda, y terminarían siendo los «hijos» predilectos de la misma Mamá Grande, Carmen Balcells; y, como punto de convergencia, los dos llegarían a ser las estrellas más rutilantes del firmamento de la nueva novela latinoamericana, del impropia y tópicamente llamado Boom.

Pero eran dos hombres y dos escritores muy distintos y hasta opuestos en muchas cosas, desde el talante personal al carácter de sus obras, exceptuando el fervor por la amistad, la disciplina del trabajo y el compromiso irreductible y excluyente con la literatura. Sin embargo, hasta que las contingencias de la vida, la amistad y la política los separó, colocándolos en caminos diferentes e incluso opuestos, los dos harían honor al soterrado paralelismo de sus vidas cultivando una amistad intensa y extensa como pocas veces se había visto en la historia de las letras latinoamericanas. Así que no parece meramente fortuito que las dos primeras entregas del Premio Rómulo Gallegos, el más prestigioso entonces de la lengua castellana, recayera en las mejores novelas de estos autores: La Casa Verde y Cien años de soledad, y que los discursos y las actitudes politicas asumidos por ambos durante la entrega de aquéllos constituyeran dos de los mayores escándalos político-literarios de América Latina de los años sesenta y setenta.

En su discurso del 4 de agosto, Vargas Llosa dio una lección magistral sobre las verdaderas razones que mueven y alimentan al escritor y sobre la condición artística y los cometidos éticos de la novela. Advirtió que "la literatura es fuego" porque significa "inconformismo y rebelión", que "la razón de ser del escritor es la protesta, la contradicción y la crítica". Pero cuando pasó del fuego literario al fuego real, al revolucionario que habría de acabar con el oprobio, la tiranía y la injusticia en América Latina, como, según él, había ocurrido en Cuba hacía ocho años, aquello fue Troya en plena Caracas, en "la infeliz Caracas". Es posible que hasta su flamante amigo y colega colombiano se revolviera en su asiento mientras lo escuchaba, no porque no fuera de la misma convicción, que, por supuesto, lo era y lo seguiría siendo cuando Vargas Llosa defeccionara del campo socialista, sino porque García Márquez llevaba guardando un prudente silencio público sobre la revolución cubana desde que él y sus amigos habían sido defenestrados (o autodefenestrados) de Prensa Latina en 1961. Sin embargo, y a pesar de que la llevaría siempre atragantada como una mala espina, ésta no era la razón mayor de su silencio, sino el hecho de que el escritor veía entonces con profundo desagrado el creciente proceso de enajenación soviética de la revolución cubana. Como vimos, él había viajado durante varios meses a la URSS y sus países satélites del Este Europeo, había conocido in situ el desastre macondiano que se cernía sobre estos países y había escrito unos excelentes reportajes visionarios que la historia terminaría por corroborar treinta años después. También había militado dos años en Prensa Latina: en Bogotá, La Habana y Nueva York, llegando a conocer las palpitaciones más íntimas de la revolución cubana y sus dirigentes. De modo que su silencio no sólo era el del reposo del guerrero, sino el de un hombre que conocía de primera mano el rumbo desviacionista de una revolución a la que, como Masetti, Rodolfo Walsh y tantos intelectuales latinoamericanos, se había entregado sin reservas. Vargas Llosa, igualmente entregado, pero más joven, fogoso y con menos información directa sobre la entelequia del "socialismo real", se daba el lujo, en cambio, de lanzar soflamas revolucionarias que les pusieron los pelos de punta a las mismas burguesías y oligarquías que ahora, en presencia del propio Rómulo Gallegos, lo adulaban y premiaban en el Salón Abierto del Museo de Bellas Artes de Caracas. El colombiano y el peruano eran, pues, dos escritores, dos intelectuales, tan distintos, que incluso eran diferentes en la afinidad (luego, como se sabe, Vargas Llosa haría de Fidel Castro la gran bestia negra a combatir, mientras García Márquez se convertía en un adolescente revolucionario de una lealtad sin término hacia el dirigente cubano), y esta identidad de lo antitético, junto al paradójico paralelismo de sus vidas, es lo que, entre otras cosas, le iba a conferir una intensidad insospechada a su amistad.

Sonriente, cordial y solícito, Vargas Llosa tenía entre confundido y seducido al público caraqueño con su estampa y su manera de vestir a lo Hollywood y sus intervenciones brillantes y sesudas. Huraño, tímido y fastidiado por el escándalo de su popularidad reciente, García Márquez, con sus pelos hirsutos y sus camisas policromadas de caribe, se negaba a dar la imagen "seria", académica, que todos esperaban del creador de Macondo. Era una estrella emergente, muy feliz con su suerte literaria, pero empezaba a sentirse incómodo con los reflectores de la fama: en una fiesta que le hicieron sus viejos amigos de Caracas había hecho colocar un letrero que decía: "Prohibido hablar de Cien años de soledad". Por eso cuando hablaba lo hacía casi siempre para divertirse a sus anchas "mamando gallo", pues, como recordaría Vargas Llosa, "a los periodistas les confesaba, con la cara de palo de su tía Petra, que sus novelas las escribía su mujer pero que él las firmaba porque eran muy malas y Mercedes no quería cargar con la responsabilidad; interrogado en la televisión sobre si Rómulo Gallegos era un gran novelista, medita y responde: "En Canaima hay una descripción de un gallo que está muy bien"..."

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lunes, marzo 26, 2007

Por una Europa mundialista

Por una Europa mundialista

Permalink 26.03.07 @ 21:36:00. Archivado en Europa, Sociogenética, Ética, Pro justitia et libertate

La "Amistad Europea Universitaria" profesa desde su nacimiento en 1961 un europeísmo mundialista, lo cual explica que su nombre completo indique su finalidad mediante la frase subordinada: "por y para la Amistad mundial".

El mundialismo, expresado mediante esta frase subordinada, es un amor indiscriminado, a escala mundial, de la humanidad y del mundo que la sustenta.

El amor es indiscriminado cuando no da trato de inferioridad ni a personas ni a colectividades por motivos raciales, religiosos, políticos, etc. (DRAE). En cuanto tal se opone al amor discriminado (insoportable paradoja), cuyo ejemplo más flagrante lo encontramos en las llamadas, con desdén, "relaciones paternalistas". Como cualquier otra relación humana, el amor es discriminado cuando "Da trato de inferioridad a una persona o colectividad por motivos raciales, religiosos, políticos, etc" (DRAE). Éste es, por desgracia, el tipo de relación histórica que la mayor parte de los colonizadores han mantenido con los países colonizados y con sus pobres gentes.

En contraposición con el racismo, el nacionalismo, el patriotismo, el regionalismo o cualquier otro tipo de localismo o segregacionismo, el mundialismo rechaza la idea de que una persona sea más digna que otra por haber nacido en un determinado lugar del mundo o por pertenecer a un determinado grupo étnico, social, cultural o religioso, etc. En lugar de estos apoyos puramente circunstanciales, la dignidad de cada persona se funda en que todo ser humano conlleva en sí mismo como ser racional, libre y responsable una dignidad única e inalienable que puede y debe ser plasmada socialmente en forma de obligaciones y de derechos que le permitan realizar plenamente su condición humana en cualquier parte del mundo.

Históricamente este valor ético fue introducido en el mundo, sin ninguna restricción, por el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo, que nos consideró a todos como hijos de Dios, lo cual explica que en ocasiones, para defender las ideas mundialistas auténticamente cristianas frente a su adulteración oportunista, se plasmen frases como: "Dios creó el mundo sin fronteras y el hombre lo llenó de fronteras, banderas e himnos", o "Mi patria no pertenece a mis compatriotas sino a la Humanidad cual Dios la creó".

El mundialista no siente desprecio ni odio por la patria propia o por el lugar o grupo donde ha nacido o reside. Lo que le ocurre es que su aprecio y su amor de los suyos no se agota en ellos, sino que los sobrepasa, porque cree que la mejor forma de apreciarlos, amarlos y conseguir su prosperidad, en la patria chica en que viven, es consiguiendo aprecio, amor y prosperidad en el mundo, que es la patria grande de todos, de forma que la patria chica será apreciada, amada y próspera si el mundo lo es. Esta ambición e intención activa de arreglar el mundo como la única manera justa y completa de arreglar los problemas individuales, grupales o locales es la que hace que los objetivos del mundialismo sean muy difíciles de alcanzar si se mantiene una visión individualista o localista de la sociedad humana.

Muchos mundialistas se llaman a sí mismos "ciudadanos del mundo" (Wikipedia).

Entre los numerosos artículos que han aparecido estos días sobre el objetivo que ha de movilizarnos a los europeos como característico de nuestra renovada identidad europea, me ha parecido que el que mejor expresa este objetivo lo ha escrito nuestro colega portugués Álvaro Vasconcelos, justamente porque defiende las tesis mundialistas que nosotros defendemos: "Muchos europeos se preguntan cuál es hoy -cuál debe ser- el nuevo gran designio de la construcción europea... el gran objetivo de la Unión, hoy, debe ser el de la Europa mundo. Para cumplirlo, tiene que vencer una nueva xenofobia: la del nacionalismo identitario... La nueva etapa de la construcción europea pasa precisamente por la necesidad de profundizar en la diversidad, haciendo de todos los que aquí viven ciudadanos de pleno derecho, independientemente de sus creencias religiosas, culturas o tradiciones. Sólo siendo mundo podrá la Unión seguir siendo Europa... Para concretar tal designio, con todo, hay que vencer el nacionalismo identitario que corrompe las democracias europeas... En la era de la globalización, al combate contra la "nueva" xenofobia no puede dejar de dársele la más alta prioridad... A sus cincuenta años, contemplando su propio futuro, la Unión no tiene apenas que reafirmar los valores fundamentales que la cimientan, sino darles sobre todo una traducción práctica con la aprobación de una carta europea contra la xenofobia y el racismo, capaz de sancionar a los prevaricadores. Además, la Unión tiene que promover en su actuación internacional exactamente los mismos valores que defiende y aplica en su ordenamiento interno... Tiene que ser una activa promotora de un civismo planetario"

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Una Europa mundo
por Álvaro VASCONCELOS
director del Instituto de Estudios Estratégicos e Internacionales de Portugal.
Traducción de Carlos Gumpert.
25/03/2007

La nueva etapa de la construcción europea pasa por la necesidad de profundizar en la diversidad

La Comunidad Europea hizo impensables las guerras fratricidas europeas, y gracias a su progresiva expansión extendió el espacio democrático casi hasta la propia dimensión del continente: el gran objetivo de la Unión, hoy, debe ser el de la Europa mundo. Para cumplirlo, tiene que vencer una nueva xenofobia: la del nacionalismo identitario.

Muchos europeos se preguntan cuál es hoy -cuál debe ser- el nuevo gran designio de la construcción europea. Para sus fundadores, con la memoria viva de las terribles guerras fratricidas, la paz perpetua entre los Estados europeos era la razón de ser primordial de la Comunidad. El nacionalismo, el gran enemigo de las sociedades abiertas, quedó deslegitimado por las decenas de millones de muertos en las dos guerras mundiales, en tanto que europeas, en el horror de la barbarie del nacionalismo extremista y del holocausto. Los que vinieron después, casi intuitivamente y a veces sin gran entusiasmo, hicieron de la democratización del continente, por los caminos de la inclusión y del ensanchamiento, un proyecto sin paralelo en la historia.
Ambas vías demostraron tener éxito en sus objetivos, más allá de cualquier quimera visionaria. La guerra entre los enemigos de ayer se volvió impensable. Hoy, la Unión está a punto de coincidir con el continente europeo y se celebran elecciones libres desde Portugal hasta las fronteras de Rusia. Más de 600 millones de europeos viven en democracia.

Cuando la Unión cumple cincuenta años y los mercados experimentan un proceso de mundialización, es bueno recordar que el doux commerce nunca fue una finalidad, ni mucho menos una ideología, sino un mero instrumento. Para la Unión Europea, más que para cualquier Estado, lo interior coincide con lo exterior. Su poder de atracción se deriva principalmente de haber construido para los europeos un espacio supranacional de unidad en la diversidad. Es ese modelo europeo de asociación de Estados, una construcción asentada en los valores fundamentales y en la solidaridad, lo que el mundo admira.

La nueva etapa de la construcción europea pasa precisamente por la necesidad de profundizar en la diversidad, haciendo de todos los que aquí viven ciudadanos de pleno derecho, independientemente de sus creencias religiosas, culturas o tradiciones. Sólo siendo mundo podrá la Unión seguir siendo Europa. La Constitución fue un paso importante para mantener desterradas las definiciones culturales y religiosas de la identidad europea, que algunos, en vista del impasse actual, intentan imponer de nuevo. Acoger a Turquía cuando allí se consolide la democracia es un test decisivo que significará una auténtica prueba, ante los ojos de los países de mayoría musulmana, de que la Unión no es un club de civilizaciones sino que es de facto mundo. Para concretar tal designio, con todo, hay que vencer el nacionalismo identitario que corrompe las democracias europeas.

Hoy, el nacionalismo identitario y la intolerancia asumen formas insidiosas. Atributos ayer de la extrema derecha tradicional, están corrompiendo hoy a algunos partidos democráticos.

Europa ha vivido, en los últimos años, una fase de acentuada transformación: las grandes ciudades se han vuelto mucho más cosmopolitas, y el Islam es una gran religión europea, que tiene en la Unión muchos millones de practicantes. Esa fuerte diversidad supone una enorme riqueza, que contribuye a que se produzca una identificación con la Unión en muchos lugares del mundo. Frente a este cambio inexorable, ha surgido la oposición de algunos sectores de la sociedad europea, principalmente en momentos de crisis social, políticamente explotados por corrientes populistas. Los inmigrantes se ven señalados como una amenaza para la identidad nacional y el rechazo hacia el otro se trivializa.

El culturalismo, al identificar la democracia con una determinada religión y una cultura, en la que procura situar razonadamente su origen, y al negar su compatibilidad con otras, principalmente el Islam, se erige como paradigma para explicar divergencias y conflictos; y precisamente quienes niegan su fundamento a la tesis tan en boga del "choque de civilizaciones", ven en ello la explicación plausible de la fractura social que se manifiesta en tantas ciudades europeas.

En la era de la globalización, al combate contra la "nueva" xenofobia no puede dejar de dársele la más alta prioridad. En primer lugar, hay que dejar definitivamente de ver en la inmigración un problema -¡y mucho menos un riesgo para la seguridad!-, y hacer de los inmigrantes ciudadanos, y de sus descendientes, actores plenos de la construcción de la acción internacional de la Unión. Hay que aplicar el concepto de hospitalidad tal y como lo definió Jacques Derrida, que considera que cada persona forma parte de la misma casa humana y debe ser respetada como tal, y reconoce después al Otro, no como diferente, sino como intrínsecamente igual.

A sus cincuenta años, contemplando su propio futuro, la Unión no tiene apenas que reafirmar los valores fundamentales que la cimientan, sino darles sobre todo una traducción práctica con la aprobación de una carta europea contra la xenofobia y el racismo, capaz de sancionar a los prevaricadores. Además, la Unión tiene que promover en su actuación internacional exactamente los mismos valores que defiende y aplica en su ordenamiento interno. Es la propuesta de una actuación internacional regida por los valores y no por una política de gran potencia lo que hace de la Unión un "bien público internacional", en feliz expresión de Celso Lafer. Pero para eso la Unión tiene que intervenir decisivamente en los grandes problemas mundiales -desde la guerra y la opresión hasta la pobreza o el cambio climático-. Tiene que ser una activa promotora de un civismo planetario, de esa propuesta de "sociedad mundo" de la que habla Edgar Morin.

Esta orientación debe materializarse antes que nada en su relación con sus vecinos, los del Mediterráneo y los del Este, a quienes la Unión debe extender la lógica de inclusión, poniendo el énfasis, como hizo en fases anteriores, en los objetivos de la democracia y de la cohesión social, empleando el libre mercado como un instrumento y nunca como un fin. Debe significar, también, una intervención decisiva para acabar con el genocidio de Darfur, para derrotar allí la manifestación más extrema del nacionalismo identitario que, después de las tragedias de Bosnia y de Ruanda, la comunidad internacional afirmó que "nunca más" volvería a tolerar.

En definitiva, mirando hacia el futuro, y en estos tiempos de conmemoración, la Unión debe hacer de la Europa mundo su nuevo gran proyecto, que tiene en el combate contra la intolerancia y contra el racismo, en la adhesión de Turquía y en la inclusión de los países vecinos sus próximas grandes etapas.

domingo, marzo 25, 2007

Documento UE del 50 euroaniversario

Documento UE del 50 euroaniversario

Permalink 25.03.07 @ 17:37:00. Archivado en Europa, Pro justitia et libertate

He aquí algunas de las ideas que expresa este documento, empleando la primera persona del plural, para dar a entender que cada una de sus frases expresa el sentimiento unánime de los cuatrocientos cincuenta y cinco millones de personas que constituyen la ciudadanía europea.

Hemos logrado cambiar el curso de la historia: "Con la unificación europea hemos demostrado haber aprendido la lección de las confrontaciones sangrientas y de una historia llena de sufrimiento."

La Unión Europea completa y garantiza nuestras estructuras de solidaridad: "Hay muchas metas que no podemos alcanzar solos, pero sí juntos. Las tareas se reparten entre la Unión Europea, los Estados miembros, sus regiones y sus municipios."

La realización de nuestro ideal de sociedad requiere nuestra unidad: Sólo unidos podemos preservar en el futuro nuestro ideal europeo de sociedad, en beneficio de todos los ciudadanos y las ciudadanas de la Unión Europea.

Nos oponemos a la guerra, al terrorismo y a todo tipo de violencia: Defendemos que los conflictos del mundo se resuelvan de forma pacífica y que los seres humanos no sean víctimas de la guerra, el terrorismo y la violencia.

Queremos promover la libertad y el bienestar a escala mundial: La Unión Europea quiere promover en el mundo la libertad y el desarrollo. Queremos hacer retroceder la pobreza, el hambre y las enfermedades. Para ello vamos a seguir ejerciendo nuestro liderazgo.

Deseamos preservar la viabilidad de nuestro planeta como casa común de la humanidad: Queremos llevar juntos la iniciativa en política energética y protección del clima, aportando nuestra contribución para contrarrestar la amenaza mundial del cambio climático.

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El texto íntegro del documento aprobado por los 27 países miembros de la Unión Europea (UE) con motivo del 50 aniversario de la firma de los Tratados de Roma es el siguiente:

"Durante siglos Europa ha sido una idea, una esperanza de paz y entendimiento. Esta esperanza se ha hecho realidad. La unificación europea nos ha procurado paz y bienestar, ha cimentado nuestra comunidad y superado nuestras contradicciones.

Cada miembro ha contribuido a unificar Europa y a fortalecer la democracia y el Estado de Derecho. Gracias al ansia de libertad de las gentes de Europa Central y Oriental, hoy se ha superado definitivamente la división artificial de Europa.

Con la unificación europea hemos demostrado haber aprendido la lección de las confrontaciones sangrientas y de una historia llena de sufrimiento. Hoy vivimos juntos, de una manera que nunca fue posible en el pasado.

Los ciudadanos y ciudadanas de la Unión Europea, para fortuna nuestra, estamos unidos.

I

En la Unión Europea estamos haciendo realidad nuestros ideales comunes; para nosotros el ser humano es el centro de todas las cosas. Su dignidad es sagrada. Sus derechos son inalienables. Mujeres y hombres tienen los mismos derechos.

Nos esforzamos para alcanzar la paz y la libertad, la democracia y el Estado de Derecho, el respeto mutuo y la responsabilidad recíproca, el bienestar y la seguridad, la tolerancia y la participación, la Justicia y la solidaridad.

En la Unión Europea vivimos y actuamos juntos de manera singular, y esto se manifiesta en la convivencia democrática entre los Estados miembros y las instituciones europeas.

La Unión Europea se funda en la igualdad de derechos y la convivencia solidaria. Así hacemos posible un equilibrio justo entre los intereses de distintos Estados miembros.

En la Unión Europea preservamos la identidad de los Estados miembros y la diversidad de sus tradiciones. Valoramos como una riqueza nuestras fronteras abiertas y la viva diversidad de nuestras lenguas, culturas y regiones.

Hay muchas metas que no podemos alcanzar solos, pero sí juntos. Las tareas se reparten entre la Unión Europea, los Estados miembros, sus regiones y sus municipios.

II

Nos enfrentamos a grandes desafíos que no se detienen en las fronteras nacionales. La Unión Europea es nuestra respuesta a ellos.

Sólo unidos podemos preservar en el futuro nuestro ideal europeo de sociedad, en beneficio de todos los ciudadanos y las ciudadanas de la Unión Europea.

Este modelo europeo aúna el éxito económico y la responsabilidad social. El mercado común y el euro nos hacen fuertes.

Con ellos podemos amoldar a nuestros valores la creciente interdependencia mundial y la cada vez más intensa competencia que reina en los mercados internacionales.

La riqueza de Europa se basa en el conocimiento y las capacidades de sus gentes; ésta es la clave del crecimiento, el empleo y la cohesión social.

Vamos a luchar juntos contra el terrorismo, la delincuencia organizada y la inmigración ilegal. Y lo haremos defendiendo las libertades y los derechos ciudadanos incluso en el combate contra sus enemigos. Nunca más debe dejarse una puerta abierta al racismo y a la xenofobia.

Defendemos que los conflictos del mundo se resuelvan de forma pacífica y que los seres humanos no sean víctimas de la guerra, el terrorismo y la violencia.

La Unión Europea quiere promover en el mundo la libertad y el desarrollo. Queremos hacer retroceder la pobreza, el hambre y las enfermedades. Para ello vamos a seguir ejerciendo nuestro liderazgo.

Queremos llevar juntos la iniciativa en política energética y protección del clima, aportando nuestra contribución para contrarrestar la amenaza mundial del cambio climático.

III

La Unión Europea se nutrirá también en el futuro de su apertura y de la voluntad de sus Estados miembros de consolidar, juntos y acompasadamente, el desarrollo interno de la Unión Europea.

Ésta seguirá promoviendo también la democracia, la estabilidad y el bienestar allende sus fronteras.

Con la unificación europea se ha hecho realidad un sueño de generaciones anteriores. Nuestra historia nos reclama que preservemos esta ventura para las generaciones venideras.

Para ello debemos seguir adaptando la estructura política de Europa a la evolución de los tiempos.

Henos aquí, por tanto, cincuenta años después de la firma de los Tratados de Roma, unidos en el empeño de dotar a la Unión Europea de fundamentos comunes renovados de aquí a las elecciones al Parlamento Europeo de 2009.

Porque sabemos que Europa es nuestro futuro común."

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sábado, marzo 24, 2007

Covite-Foro de Ermua-Basta ya

Covite-Foro de Ermua-Basta ya

Permalink 24.03.07 @ 14:19:00. Archivado en Sociogenética, Ética, Pro justitia et libertate

La AEU apoya y difunde el Manifiesto 23 de marzo, suscrito conjuntamente por Basta Ya, el Foro de Ermua y Covite, denunciando con estos tres colectivos cívicos la pérdida flagrante de libertades en el País Vasco.

Como lo subrayó ayer nuestro colega Fernando Savater, al leer este manifiesto frente al Ministerio del Interior, la iniciativa de los tres colectivos cívicos está al margen de la estéril refriega entre los dos partidos mayoritarios y responde únicamente a la urgente necesidad de denunciar la pérdida de libertades en el País Vasco. Por ello, Fernando Savater calificó acertadamente de «pornografía informativa» la tentación de pretender que sólo existe una especie de sarpullido social de reacción frente al execrable caso De Juana o al reciente vodevil judicial de Otegi. «A quienes conocemos bien lo que pasa -argumentó- nos parece obsceno que algunos se rasguen las vestiduras por la aparición de alguna bandera aislada en una determinada manifestación mientras en el País Vasco los símbolos que se exhiben en público llevan años bajo monopolio nacionalista». «No toleraremos -añadió- una hegemonía nacionalista impuesta primero por la violencia y luego a costa del cese de la violencia».

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Manifiesto 23 de marzo

Los aquí reunidos representamos a tres movimientos vascos de resistencia contra el terrorismo etarra y por la reivindicación de sus víctimas. Creemos haber acreditado suficientemente nuestro compromiso con la defensa de los valores constitucionales, así como nuestro conocimiento de primera mano de la situación social y política creada en nuestra tierra por la intimidación de los violentos, que ya dura décadas. Entre nosotros hay votantes de distintos partidos. Recogemos así el pluralismo de la sociedad vasca, sin que por ello respondamos a la obediencia ni a las consignas de ninguno. Queremos hacer hincapié en que la contienda electoral entre los diversos partidos, con su legítimo intercambio de críticas y mutuas reconvenciones, enmascara a menudo el problema de fondo de lo que nos jugamos en la lucha para derrotar a ETA. Aunque se trata sin duda de una lacra que afecta a todos los españoles, somos los ciudadanos en Euskadi quienes sufrimos más directa y continuamente no sólo la amenaza terrorista, sino sus efectos en la libertad de expresión, en las campañas electorales, en la información audiovisual, en la educación y en general en la vida cotidiana. No sólo quienes han padecido en carne propia los atentados son víctimas de ETA: también lo hemos sido y lo somos cuantos vemos cercenadas nuestras libertades ciudadanas. Nuestra principal preocupación se resume así: después de que la violencia de ETA haya logrado que cuanto no es radicalmente nacionalista sea difícilmente visible y audible en Euskadi, no queremos que el cese del terrorismo conlleve como premio o consecuencia la consolidación definitiva de esta espuria hegemonía.

Hemos encontrado graves motivos de preocupación en las últimas actuaciones del Gobierno español en este tema y sobre todo en las declaraciones realmente irresponsables de algunos de sus portavoces. El mal llamado “proceso de paz” se mantuvo desde un principio –en contra de lo acordado en el Parlamento- pese a la existencia del terrorismo callejero y de la extorsión terrorista a los empresarios. Resulta evidente que en estas condiciones la negociación con ETA emprendida por el Gobierno deroga de hecho el Pacto Antiterrorista, tal como siempre han pretendido tanto los nacionalistas que gobiernan como los que ejercitan la violencia, pues ven en ese Pacto el principal obstáculo político y democrático a sus proyectos de hegemonía independentista. Aunque oficialmente interrumpido tras el atentado de Barajas, hay razones para suponer que el proceso de negociación entre el Gobierno y ETA prosigue de modo extraoficial y oculto, incluso cuando la kale borroka no sólo perdura sino que ya ha causado la primera víctima mortal de su historia. Lo más flagrante ha sido la encubierta excarcelación del terrorista Iñaki de Juana Chaos, en lo que nos parece indudablemente una cesión por razones políticas a su chantaje. Queremos recordar que el chantaje es siempre el instrumento del terrorismo: “cuando me des lo que pido, te dejaré en paz”. Y cuando el Estado cede a este chantaje, sean cuales fueren las justificaciones tácticas o jurídicas que se esgriman, está deslegitimando a las instituciones democráticas y, de manera especial, a todas las personas que desde sus puestos de trabajo, responsabilidades familiares o cargos públicos, llevan décadas resistiéndose cívicamente al permanente chantaje del terrorismo. Nada de lo que pueda ganarse así compensa lo que definitiva y radicalmente se pierde.

Por tanto, desde nuestra experiencia y compromiso contra el terrorismo, que pensamos mantener en el futuro pese a quien pese, solicitamos del gobierno de España:

Primero. Que se mantenga con firmeza y sin rodeos la exclusión de Batasuna del sistema político, impidiendo que participe en las próximas elecciones municipales, autonómicas y forales si no se desvincula explícita e inequívocamente de la actividad terrorista de ETA, y no de la violencia en general. Mientras la violencia terrorista persista y ETA no se disuelva, no cabe aceptar ninguna transacción política con Batasuna o con cualquier otra organización que pretenda dar voz política y participación institucional al terrorismo nacionalista. Por ello, no son aceptables fórmulas de encubrimiento que, a través del partido EHAK o de otras organizaciones, acaben colocando a los representantes de ETA en los Ayuntamientos y Diputaciones vascas A este respecto, conviene recordarle al Gobierno que no es lo mismo lo meramente legal que lo políticamente decente, ni siquiera que lo aceptable por simple prudencia.

Segundo. Rechazar con absoluta claridad cualquier forma de entrega de Navarra a la comunidad de la Gran Euskadi con que sueñan los terroristas. Por un camino u otro, aunque sea sinuoso y “light”, los de ETA y Batasuna consideran esencial para su proyecto político –y como precio al final de la violencia terrorista- apropiarse de Navarra. Para quienes constitucionalmente se les resisten debe ser igualmente crucial que no lo consigan. Y el partido socialista tiene una buena ocasión de acallar a sus críticos, manifestando su inequívoca decisión de no unir sus votos a los nacionalistas para ninguna forma de asimilación encubierta de Navarra al País Vasco

Tercero. Una vez que acabe efectiva y totalmente la actividad terrorista, sólo deberá hablarse con ETA, y exclusivamente sobre la propia ETA, sobre su disolución y el modo en que sus militantes asumen las responsabilidades penales en las que hayan incurrido. No son aceptables mesas de partidos que obtengan refuerzos para la hegemonía nacionalista con pretexto del final de la violencia o que sencillamente fomenten dudas sobre la “insuficiencia” de la democracia estatutaria y constitucional hoy vigente.

Cuarto. Es urgente e imprescindible que los poderes públicos emprendan la investigación y en su caso el castigo penal de los pagos a ETA de particulares o entidades corporativas, extorsionadas por la banda mafiosa. En ese campo, la eximente de necesidad por miedo insuperable se convierte en franco amparo de la complicidad. Sin dinero, ETA se acaba: no debe haber más dinero para ETA. Dado que hasta ahora ningún gobierno se ha tomado este tema realmente en serio, es una buena ocasión para que el actual se reivindique ante los escépticos y confirme su liderazgo antiterrorista.

COVITE - FORO DE ERMUA- BASTA YA

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jueves, marzo 22, 2007

Todavía quedan xenófobos

Todavía quedan xenófobos

Permalink 22.03.07 @ 17:38:06. Archivado en Sociogenética, Ética, Pro justitia et libertate

Cuando yo llegué a Bélgica, en agosto de 1961, lo que más me impresionó fue el altísimo grado de xenofobia con el que me encontré, en lugar de bienvenida, y con el que me pegué encontronazo tras encontronazo.

El primer encontronazo fue en el mismo tren que me trajo de París hasta la estación de Lovaina. El controlador de billetes no quería admitir que mi tique fuera auténtico, porque el número que figuraba en su ángulo inferior derecho resultaba ilegible. Ciertamente era yo, según él, quien lo había borrado, porque no lo había comprado, sino recogido en la papelera o en el suelo. De nada sirvió el que le dijera que era la primera vez que iba al destino donde se encontraban la papelera y el suelo que él imaginaba. Al bajarme del tren en la estación de Lovaina, el controlador me estaba esperando en el andén, para escoltarme personalmente ante el jefe de la estación, que desgraciadamente me obligó a pagar de nuevo mi trayecto desde París, sin oír ni una sola palabra de mis explicaciones en francés.

El segundo encontronazo lo tuve con el taxista que me trasladó de la estación de Lovaina a la casa del profesor que me había invitado a pasar unos días con su familia. Viendo que no conocía el país, en vez de cubrir en unos minutos la distancia de unos dos o tres kilómetros que separan la estación de mi destino, dio una gran vuelta, cuyo costo en el taxímetro equivalió a lo que me hubiera costado el alquiler de un kot (habitación de estudiante) durante un mes.

El tercer encontronazo fue con la propietaria del kot que alquilé, cuando se me terminó el periodo de invitado en casa de mi amigo profesor. Esta señora, cuyas medias encontraba yo en el lavabo del cuarto de baño cada vez que iba a lavarme por la mañana, pretendió al tercer día que tenía que pagarle un armario nuevo, porque la puerta del que ella había puesto a mi disposición se había tostado al haberla dejado yo, según ella, en contacto con la estufa. Si pude escapar al nuevo asalto a mi modesta economía de exiliado, que estaba ya cerca del cero, fue porque la señora de mi amigo profesor se personó conmigo en casa de mi propietaria y logró recuperar mi maleta, tras haber obtenido que la propietaria confesara en flamenco que había sido ella la que había abierto la puerta del armario, porque quería ver las fotos de una chica que había visto conmigo, que también le parecía extranjera y, por consiguiente poco digna de fiar, si yo la invitaba a entrar en su casa.

A pesar de que no me gusta exceder la dosis narrativa, les cuento el cuarto encontronazo, porque a los pocos días de mi cambio de residencia me puso a unos centímetros de la muerte. La culpa la tuvo el freno de la repintada Vespa que un avispado garagista había revisado a fondo, incluidos los frenos, antes de que yo comenzara a emplearla para acudir a la clase de español que había obtenido en una pedagogía lovaniense(residencia universitaria femenina). Cuando yo volvía, gozando por el éxito de mi primera clase particular, cuya alumna flamenca me había pedido que me quedara con ella dos horas seguidas, en lugar de una sola, tuve que atender a la evidencia de que mi Vespa no tenía en cuenta los frenos que yo le apretaba y se dirigía de más en más veloz al gran cruce de la puerta de Namur, lugar en el que desemboca la autovía de circunvalación, la arteria más nerviosa de Lovaina. Ciclista experimentado como yo soy, acudí al sistema clásico de arrastrar los pies, para moderar la marcha del vehículo. El resultado fue que la moto salió por un lado y yo por otro, que fue justo a unos cuantos centímetros de las ruedas anteriores de un coloso de la carretera, que me hubiera convertido en sello de correos pegado al suelo, si el santo del día no me hubiera protegido. Esto es al menos lo que me repitió una señora piadosa que se acercó a mi persona justo para decírmelo, tras lo cual me dejó, para que yo me arreglara a solas con mi santo protector, que resultó ser San Martín, el caritativo centurión romano que compartió su capa con un pordiosero.

Como era el 11 de noviembre, resultó que también era mi aniversario. Así que ese día volví a nacer. En ese preciso momento tuve la idea madre que unos días después engendraría el movimiento universitario contra la xenofobia que llevaría el nombre de la "Amistad Europea Universitaria por y para la amistad mundial". Yo había comprendido que el supremo recurso de todo ser humano no es tal o cual nación, que podía resultarnos xenófoba, sino el conjunto completo de la familia humana, que necesariamente cuenta con más humanidad que cada una de las naciones.

Desde aquel lejano agosto de 1961 Bélgica ha divagado bastante con el tema de la humanidad, llegando a extremos inconcebibles en su manía xenófoba. Todo el mundo sabe que incluso la Iglesia llegó a ensuciar sus manos jugando el juego de los nacionalistas flamencos, que exigieron la expulsión de Lovaina de la comunidad de lengua francesa, que desde 1425 compartía la Universidad católica de Lovaina con ellos. No se contentaban con tener su propia Universidad flamenca al lado de la francesa, sino que exigieron y obtuvieron su salida del territorio flamenco. Estas divagaciones llegaban a su momento más álgido en 1968, en vivo contraste con los movimientos de solidaridad social, de marcado signo internacionalista, que protagonizaban tanto las universidades francesas, sobre todo la Sorbona, como las del resto del mundo occidental, incluidas las españolas.

Privada de su revolución del 68, Bélgica ha tenido y tiene enormes dificultades para aceptar que su condición de antigua metrópoli colonizadora y su nuevo estatuto de centro de Europa la obliga a transformar en xenofilia su xenofobia, si quiere liquidar sus deudas morales del pasado y obtener un crédito solvente para el futuro.

Esperemos que el incidente racista de Sint-Niklaas sirva de vacuna para evitar mayores males xenófobos. El relato de Ana Carbajosa nos hace concebir esa esperanza. Esperemos sobre todo que los comportamientos cotidianos no la desdigan, porque a pesar de todos los pesares "Todavía quedan demasiados xenófobos".

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Casados por un negro.
700 parejas protestan contra el racismo con una boda simbólica en Bélgica.
Tres parejas habían rechazado que el concejal, de origen ruandés, celebrase su matrimonio.

por ANA CARBAJOSA
- Sint-Niklaas - 22/03/2007

El calabobos no deja de caer, pero a las 700 parejas que se han acercado hasta la plaza mayor de Sint-Niklaas parece no importarles. La ilusión puede más que la lluvia. "Estamos aquí para decirle al mundo que Bélgica acepta a todo el mundo. Queremos que nos case el concejal negro". Eddy, en silla de ruedas, viste traje de raya diplomática y corbata negra. Diana, toda de blanco, luce encajes y raso. Como las demás parejas hacían anoche cola para casarse en la gran boda simbólica que ayer ofició Wouter van Bellingen, el mismo concejal negro ante el que hace meses se negaron a casarse tres parejas flamencas. La noticia dio la vuelta al mundo y el Ayuntamiento de Sint-Niklaas, una ciudad de 70.000 habitantes al norte de Bélgica, organizó un casorio colectivo ayer, Día Internacional contra el Racismo.

La riada de parejas no cesó en toda la tarde. Moteros, hombres disfrazados de marineros, gente de todas las edades. "Han venido de Holanda, de Bélgica, de Reino Unido, han venido a apoyarnos", dice Josef de Witte, director del Centro para la Igualdad de Oportunidades, un organismo del Gobierno belga. Para De Witte, con este acto simbólico quieren demostrar "que cada uno tiene derecho a vivir su vida y a que se le respete, sea como sea". El organismo que dirige recibe cada año en torno a mil denuncias por racismo, aun así, De Witte piensa que vendrán tiempos mejores. "Es verdad que ahora hay partidos que se atreven a mantener abiertamente un discurso racista y antes eso no pasaba, pero es parte del proceso, no hay que tener miedo a la discusión. Esto muestra que ha empezado la transición hacia una sociedad menos racista". De Witte alude entre otros al todopoderoso Vlaams Belang, el partido de extrema derecha flamenca que en las municipales del pasado octubre cautivó a un cuarto del electorado.

A Eddy y a Diana, que han recorrido 80 kilómetros para acudir al casamiento, también les preocupa el Belang y les inquieta que extiendan el miedo entre la población. "Cuando pasa algo y hay un extranjero implicado, en seguida hacen mucho ruido. Cada fin de semana hay peleas serias entre belgas en las discotecas y entonces no dicen nada". Eddy deja de hablar porque le toca el turno para inscribirse en la lista de parejas, instalada en una jaima de inspiración marroquí.

"La actitud de unas personas estúpidas y racistas se ha convertido en un mensaje de tolerancia y solidaridad", dijo ayer el alcalde de Sint-Niklaas, el socialista Freddy Willockx, a la prensa. Luego le tocó el turno a Bellingen, el gran protagonista de la noche que se sentía abrumado por el respaldo masivo a su iniciativa. "Esto es increíble. El mundo cree que Flandes es intolerante, pero le estamos demostrando al mundo que Flandes no es racista. Esperemos que esto sirva para cambiar la mentalidad de la gente", dice el concejal, de origen ruandés y adoptado por una familia ultranacionalista flamenca al poco de nacer, hace 34 años. Mientras, el jolgorio continúa en la plaza mayor de Sint-Niklaas. A él se han unido también tres parejas de Guadatelba (Málaga), que estaban de viaje de trabajo cuando se enteraron de la iniciativa y les faltó tiempo para apuntarse. "Hay que apoyar esta causa", dice María Crucero, concejala de Juventud, que ayer se casó de forma simbólica con una compañera suya. "Que se note que en nuestro país se pueden casar los homosexuales", añadió.

A las ocho y media de la noche comenzó la ceremonia, después de horas de bailes y conciertos. Bellingen salió al escenario precedido de un aplauso descomunal. Vestido de blanco, dio las gracias a los asistentes y en seguida procedió a casar a las cerca de 700 parejas que se habían registrado. "Pueden besarse", dijo antes de apretarle un beso de tornillo a su mujer, también sobre el escenario. Un multitudinario beso colectivo, abrazo incluido, selló la ceremonia en la plaza mayor de Sint-Niklaas.

martes, marzo 20, 2007

El optimismo solidario de Arrupe

El optimismo solidario de Arrupe

Permalink 20.03.07 @ 23:04:00. Archivado en Ética, Religiones, Pro justitia et libertate

Considero a Pedro Arrupe, en cuanto general emblemático de los jesuitas actuales, como el mejor intérprete del espíritu ignaciano, en el contexto del siglo que ha hecho posible la autodestrucción física de la humanidad por la energía nuclear, al mismo tiempo que su mayor envilecimiento, al negar sus derechos más sagrados a las personas y a pueblos enteros. Uno de sus méritos incontestables ha consistido en llevar la obra educativa de los jesuitas a los medios más olvidados y menos favorecidos de la familia humana actual.

La Congregación General XXXII (1974‑1975) animó a los jesuitas a «participar activamente en el gran debate de nuestro tiempo: la promoción de la fe y la lucha por la justicia ». Arrupe estaba convencido de que los jesuitas debían estar en la frontera de este mundo. Que debían estar más comprometidos con la vida y sobre todo caminar con los margina­dos de este mundo, dialogar con los no creyen­tes, insertarse con el mundo obrero, sentarse con los intelectuales, acercarse a los jóvenes.

Arrupe era un hombre crítico con esta sociedad. Viajero por medio mundo, supo relativizar las parti­cularidades culturales para sentir el dolor humano allí donde se manifestaba. Intuyó que la injusticia existente, que la desigualdad en países ricos y países pobres tiene su raíz última en un elemento cultural: en la cultura basada en el dinero, en el poder. Que vivimos en una cultura de la ceguera y del olvido. En una cultura que hace ciegos a los humanos ante la realidad dolorosa de la historia y en una cultura del olvido, que pretende negar la realidad tozuda de los errores del pasado.

El artículo del padre Sequeiros San Román, escrito hace cinco años, con ocasión del décimo aniversario de la muerte del padre Pedro Arrupe, explica con perfecta claridad y humilde franqueza las verdaderas causas de la incomprensión que sufrió el Padre Arrupe de parte de la administración vaticana.

En cierta manera se le echaba en cara el haberse tomado en serio la aplicación del Concilio:

"Del Concilio recibió Arrupe la voluntad, a toda prueba, de llevarlo a la vida. Para él no había otro objetivo, en fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, que alcanzar a un mundo que se cree autosuficiente, que pretendiendo construirse a sí mismo a golpe de ciencia, de técnica y de ideologías, se despeñaba en divisiones profundas, ambiciones generadoras de injusticias, injusticias generadoras de pobrezas de todas clases. Ése fue precisamente el objetivo de Juan XXIII al convocar el Concilio. (José María MARTÍN PATINO)"

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Pedro Arrupe, entre la crisis y la incomprensión,
por José María MARTÍN PATINO

Este año se cumple el centenario del nacimiento de dos insignes españoles que asumieron altas responsabilidades en la Iglesia: Vicente Enrique y Tarancón, que nació en Burriana el 14 de mayo de 1907, y Pedro Arrupe Gondra, en Bilbao el 14 de noviembre del mismo año. A ninguno de los dos se les puede acusar de haber provocado la crisis del cambio religioso. Por el contrario, tuvieron el valor de enfrentarse a fondo con ella, perseverando en una fidelidad que inevitablemente había de resultar conflictiva. Los dos buscaron la reconciliación y ambos fueron mal comprendidos por los bandos contendientes.

Permítame el lector que dedique estas reflexiones al que fue General de los jesuitas durante el periodo 1965-1983. Acabo de leer el libro de más de mil páginas Nuevas aportaciones a la biografía de Pedro Arrupe (Ediciones Mensajero y Editorial Sal Terrae), donde se recogen los trabajos de 24 especialistas. Al final de esta sustanciosa lectura, surge espontáneamente la pregunta: ¿quién fue verdaderamente el padre Arrupe? ¿Un santo que, por fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, abrió la Compañía de Jesús a las demandas del mundo moderno? ¿Cómo explicar su mandato en la Compañía y su influencia en toda la Iglesia? Esta cuestión interesa no solamente a los hijos de Ignacio de Loyola, sino a todos los creyentes cristianos y de otras confesiones sensibles al cambio religioso. Pero también a historiadores y hombres y mujeres del mundo de la cultura, incluso agnósticos, puesto que no se trató sólo de una crisis religiosa sino de humanidad, anterior a él y que aún continúa, y ante la que Arrupe se situó de forma ejemplar.

Llegó al gobierno de una de las órdenes religiosas más controvertidas cuando ésta tocaba el punto más alto de su "restauración". Pío VII rehabilitó el Instituto religioso después de cincuenta años de supresión. Retomaron la historia los supervivientes de aquella afrenta, hombres beneméritos que, a juicio de los historiadores, tenían ya poco de común con el pelotón de jóvenes universitarios ansiosos de grandes empresas y capitaneados por Ignacio de Loyola, que se ofrecieron al papa Pablo III en 1538. Todo sucedió en un momento y de un modo demasiado apremiantes. El historiador jesuita Jean Claude Dhotel hace notar que aquellos padres de 1814 vivían todavía recordando los reinados de Luis XIII y Luis XIV. Seguían ilusionados con poder gozar de la misma protección bajo los Borbones, sin caer en la cuenta de hasta qué punto había cambiado la sociedad francesa después de la Ilustración, la Revolución y su Imperio. El siglo XIX, escribe Andrea Riccardi, "fue el tiempo de la marginación del cristianismo de sus posiciones tradicionales en la sociedad europea..., el régimen de cristiandad, la alianza y la compenetración entre el trono y el altar parecían casi la única condición en que el cristianismo de Roma podía vivir influyente, libre de persecución y capaz de cumplir su misión. De lo contrario sobrevendría el caos".

Sin embargo, en 1965, cuando los jesuitas eligen General a Pedro Arrupe, la Compañía había llegado a su máxima expansión. Eran 36.038, un número jamás alcanzado en la historia, y estaban presentes en más de 100 países articulados en 84 provincias. En el mundo católico y en la sociedad política y civil, la Compañía de Jesús era percibida como un gran cuerpo compacto, compuesto de teólogos, profesores de derecho, directores de casas de retiro, bioquímicos, astrofísicos, educadores, misioneros, confesores de papas, y hasta... un ministro de Estado y algún guerrillero. Aquella homogeneidad era sólo aparente. Por una parte estaban los pensadores, precursores del Concilio, como el antropólogo y científico Teilhard de Chardin, los teólogos Henri de Lubac y Karl Rahner, el escriturista, defensor y promotor del ecumenismo y de la libertad religiosa Agustín Bea y los pioneros del pensamiento social católico y del compromiso por la justicia e igualdad entre las razas John La Farge y Heinrich Pesch, por citar los más famosos. Y muy cerca de ellos todos los que sentían la necesidad de un diálogo sincero y evangelizador con un mundo profundamente transformado. Todo ese torrente caudaloso fue aprovechado por el Concilio.

Del Concilio recibió Arrupe la voluntad, a toda prueba, de llevarlo a la vida. Para él no había otro objetivo, en fidelidad al Evangelio y a la Iglesia, que alcanzar a un mundo que se cree autosuficiente, que pretendiendo construirse a sí mismo a golpe de ciencia, de técnica y de ideologías, se despeñaba en divisiones profundas, ambiciones generadoras de injusticias, injusticias generadoras de pobrezas de todas clases. Ése fue precisamente el objetivo de Juan XXIII al convocar el Concilio.

Por otra parte, dentro de la misma orden, actuaban los defensores de la "antigua doctrina", la que había predominado en la segunda Compañía nacida el 1814. No es fácil comprender que un verdadero "discernimiento ignaciano" les hubiera llevado a concentrar su lucha contra la filosofía de las Luces. Obsesionados con los errores del marxismo, el evolucionismo y el laicismo, no podían mirar con sosiego el futuro de la Iglesia.

Fue, efectivamente, un problema de "mirada". Una mirada evangélica al mundo es la que situó y mantuvo a Arrupe en el esfuerzo por orientar y lanzar a la Compañía a las "fronteras" de ese mundo. Y no sólo a la Compañía, sino, en cuanto pudo, a la Iglesia y a todo hombre de buena voluntad. Sus mensajes a hombres y mujeres de todas las culturas fueron idénticos. Su insobornable optimismo brotaba de esa contemplación misericordiosa del mundo. "Soy optimista porque creo en Dios y en el hombre... En un hombre, que ha perdido la referencia con su Centro y se ha puesto a dudar de que ese Centro haya jamás existido, o que sea otra cosa para el hombre que el hombre mismo...".

Es ese optimismo el que le hace detectar las "fronteras" donde el ser humano se rompe, se destruye y destruye: motiva a los jesuitas a afrontar el desafío de la increencia. "¿Qué habéis hecho", les pregunta, "en materia de contactos con los no-creyentes? ...He notado que varios mostrabais cierta sorpresa al preguntaros sobre esto... Pues es vital cómo se sitúa la Compañía ante este desafío". O les lleva en masa hasta las fronteras de la injusticia y sus derivados: la pobreza, el racismo. "La acción a favor de la justicia, y la participación en la transformación del mundo, se nos presentan como una dimensión constitutiva de la predicación del Evangelio, es decir, la misión de la Iglesia para la redención del género humano y la liberación de toda situación opresiva. ¿Puede uno acceder a la mesa de la comunión sin tomar la decisión de actuar a favor de los que tienen hambre?". Una de sus últimas decisiones como General (noviembre 1980) fue movilizar a la Compañía en la "frontera" nueva -y desgraciadamente de hoy-, a nivel mundial, de los refugiados, incluso poniendo a su disposición locales de la propia curia generalicia: "Nuestra opción por los pobres y los sin voz nos lleva a los refugiados, que son los 'más pequeños', según el evangelio".

O clarifica fronteras allí donde un celo no discernido desfigura la acción que un cristianopuede asumir desde el Evangelio. Así, a los Provinciales de América Latina, que se la piden, les ilumina con una certera carta sobre el análisis marxista. O actúa en directo en las fronteras nacidas de una evangelización contaminada de colonización, en África y Asia Oriental, haciendo suyas, y sobre todo haciendo realidad, las palabras históricas de Pablo VI en Uganda: "Vosotros, africanos, sois en adelante vuestros propios misioneros. La Iglesia de Cristo está realmente implantada en esta tierra bendita...". Y hace desembocar toda su propia experiencia misionera en una dinámica de "inculturación", que empieza por la inmersión personal del propio evangelizador en una cultura ajena sacrificando la propia. O, allí donde la debilidad humana ha creado fronteras religiosas, incluso dentro del cristianismo, se volcará y hará que se vuelquen los jesuitas en un diálogo ecuménico e interreligioso que es un camino en exploración.

Nada extraño que éstos y otros numerosos intentos, sembrados por el Concilio y asumidos, de corazón, por Arrupe, se vieran frenados por el desconcierto que producía el mero hecho de plantearlos y por las tendencias aislacionistas, vivas y activas en la Iglesia y en la Compañía desde los años cincuenta. Pero no fue ésta, sin duda, la mayor cruz de Arrupe, que había cargado en su vida con muchas, sino la de la duda o la sospecha sobre él, que había hecho de su fidelidad a Cristo, a la Iglesia y al ser humano, su compromiso más total. Y que nunca puso resistencia en reconocer sus errores y los de la Compañía, al contrario. Eso sí: "No pretendemos", escribió a los Provinciales de América Latina en años muy difíciles, "defender nuestras equivocaciones; pero tampoco queremos cometer la mayor de todas: la de esperar con los brazos cruzados y no hacer nada por miedo a equivocarnos".

José María Martín Patino es presidente de la Fundación Encuentro.

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