miércoles, mayo 14, 2014

Homenaje a la Compañía de Jesús en el segundo centenario de su restauración


Este año estamos celebrando el doscientos aniversario de la restauración por la Santa Sede de la Compañía de Jesús. La excelente novela histórica de Pedro-Miguel Lamet “El último Jesuita” fue ya en 2011 el mejor homenaje que la literatura ha rendido hasta ahora a esta entrañable «Compañía de Jesús» con ocasión del segundo centenario de su restauración.
Si la «Compañía de Jesús» restaurada se ha convertido de nuevo en muy poco tiempo, como lo había sido antes de su supresión, en uno de los sistemas educativos más preferidos por los padres al escolarizar a sus hijos, incluidos mi mujer y yo mismo, es porque los padres deseamos que las virtudes promovidas por los Compañeros de Jesús, familiarmente llamados jesuitas, inspiren la aventura inédita de sus propias vidas.
El rigor histórico de las “novelas históricas” de Pedro-Miguel Lamet adopta en más de una ocasión el género novelesco como lo hace en ésta, para dar lugar en su historia novelada no solamente a lo verdadero, verificable documentalmente, sino también a lo verosímil, que es todo lo que desde el secreto de la conciencia de los personajes biografiados e historiados inspira sus acciones y que el historiador induce y deduce valiéndose de su propia sabiduría humanista, que en el caso de Pedro-Miguel Lamet es emblemática.
La generosa inspiración literaria y rigurosa exactitud histórica de la obra de Pedro-Miguel Lamet prefigura, en su proceder deontológicamente responsable de escritor jesuita, lo que el Padre General de la Compañía pedía a sus hermanos jesuitas y colaboradores voluntarios en su carta de 2013 sobre la mejor manera de celebrar este año 2014:
“Quiero repetir de nuevo lo que ya les pedí en mi anterior carta sobre el año 2014: que nuestra conmemoración de la Restauración - que comienza oficialmente el día 3 de enero, fiesta del Sacratísimo Nombre de Jesús, y concluye el día 27 de septiembre, aniversario de la confirmación de la Compañía en 1540 - evite cualquier señal de triunfalismo o de orgullo.
Espero sin embargo que, aun sencilla y modestamente, todas las comunidades, regiones y provincias de la Compañía hagan un esfuerzo por conmemorar este aniversario de modo memorable y lleno de significado a nivel personal y comunitario.
Contemplando este hito de nuestra historia como Compañía, demos humildemente gracias a Dios porque nuestra mínima Compañía sigue existiendo: porque nosotros mismos, miembros de la Compañía, seguimos encontrando en la espiritualidad de San Ignacio un camino hacia Dios; porque seguimos creciendo gracias al apoyo y el estímulo de nuestros hermanos en comunidad, porque experimentamos aún el privilegio y el gozo de servir a la Iglesia y al mundo, especialmente a los más necesitados, por medio de nuestros ministerios.
Pido a Dios que la conmemoración agradecida de este 200 aniversario de la restauración de la Compañía sea bendecida por una más profunda asimilación de nuestro modo de vida y por el compromiso cada más creativo, generoso y alegre de entregar nuestras vidas al servicio de la mayor gloria de Dios.”
Fuente : « Conmemoración del segundo centenario de la Restauración de la Compañía de Jesús», Adolfo Nicolás, S.I., Superior General
Roma, 14 de noviembre de 2013 Fiesta de San José Pignatelli
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Memoria de la expulsión de los jesuitas por Carlos III de 1767
◊ La Pragmática Sanción de Carlos III no daba otro argumento para expulsar a los miembros de la Compañía que motivos que el monarca “guardaba en su real ánimo”. ◊
Nunca, ni cuando la expulsión de los moriscos, se había llevado con tanto secreto una acción de este género en España.
Así, sin oponer la mínima resistencia, comenzaba el largo calvario de los jesuitas españoles por mar y tierra hacia lo desconocido.
Este drama hay que contextualizarlo en un siglo XVIII europeo, marcado por el Despotismo Ilustrado de las monarquías borbónicas, donde, a través del regalismo, los reyes querían controlar el poder de la Iglesia y principalmente a la Compañía de Jesús, por su cuarto voto de obediencia al Papa.
Sin dilación comenzaba el traslado de los jesuitas custodiados por las calles de las ciudades de forma humillante a golpe de tambor y rodeados de la milicia hacia las distintas «cajas» o puertos de embarque, antes de que hubiesen transcurrido veinticuatro horas desde el momento de la presentación del decreto.
En las ciudades por las que pasaron, las autoridades civiles se encargaron de mantener el orden y de evitar cualquier manifestación popular en contra del extrañamiento. La incomunicación de los jesuitas a lo largo del viaje fue total.
El viaje, en los barcos a vela de la época, pese a que se había previsto minuciosamente la intendencia, fue muy penoso. Hacinados en bodegas, comidos de insectos, mareados porque la mayoría no había navegado nunca, sufrieron lo indecible hasta llegar por diferentes rutas al puerto de Civitavecchia, en una travesía de unos sesenta o setenta días.
El rey, a pesar de ser piadoso e incluso de comunión diaria, actuó sin contar con el permiso de Clemente XIII. Sí tomó la medida de avisar al Pontífice de la decisión tomada inmediatamente después de ejecutarla.
Clemente XIII respondió diplomáticamente, y no quiso recibir a quienes habían sido durante siglos sus más acérrimos defensores; si bien, cuando supo que los expulsos iban a los Estados Pontificios contestó con dureza a Carlos III mediante una bula, con la tajante respuesta de que no los iba a recibir en sus territorios.
Finalmente lograron desembarcar en los distintos «presidios» de Córcega, hecho que se produjo entre julio y septiembre de 1767.
Entre los españoles desterrados se hallaban nombres famosos como el provincial Idiáquez, los hermanos Pignatelli, de los cuales José llegará a santo y servirá de puente hacia la restauración de la Orden; o el famoso escritor José Isla, un clásico de la literatura castellana por su obra satírica "Fray Gerundio de Campazas", considerado “el Quijote de los predicadores” y que indignó a los frailes por su crítica mordaz y humorística a los sermones “de campanillas” que abundaban en la época.
La situación era precaria en cuanto a víveres y habitación, agravada por encontrarse en medio del fuego cruzado de la guerra. Algunos alojamientos no eran sino almacenes de aceite, establos, casa en ruinas.
En noviembre, en Madrid se pensó que los comisarios reales españoles debían cumplir otra misión en la parte oriental de la isla: ganar la voluntad del francés Marbeuf en Bastia para que acogiera a la flota de los jesuitas americanos, de camino al destierro –desde las misiones de Iberoamérica tardaron un año de penosa navegación-, ya que el abastecimiento de los presidios de la costa occidental –Calvi, Algajola, Ajaccio, Bonifacio- estaba solucionado.
Mientras, las conversaciones entre Carlos III y Clemente XIII se agriaron. Tras duras discusiones, el Papa finalmente accedió a que desembarcaran en Italia.
La Iglesia española se alineó, por intereses, con el rey, y la Iglesia de Roma fue en la práctica duramente presionada hasta la supresión. Aunque Clemente XIII los había defendido de palabra a través de documentos, a la hora de la verdad no los aceptó cuando el rey se los envió desterrados. Entre españoles, americanos y filipinos el número de los expulsos alcanzó la cifra de unos 5.000 hombres.
Se argumentó que el papa no los quiso aceptar porque esperaba que Carlos III se arrepintiera. El caso de su sucesor, Clemente XIV fue aún más cruel, ya que había sido elegido por presión de las cortes borbónicas con el “compromiso verbal” de extinguir a los jesuitas.
Este débil fraile franciscano, cuando obtuvo la tiara dio largas al asunto, atenazado por el miedo y por la responsabilidad de decretar la supresión de una orden tan numerosa e influyente. Las intrigas políticas desembocaron finalmente en la supresión de 1773.
◊ No toda la Iglesia aceptó igualmente esta decisión. ◊
Las consecuencias para la enseñanza y la cultura fueron funestas, y en Iberoamérica las manifestaciones de dolor por parte del pueblo muy frecuentes.
◊ Preservada en Polonia y la Rusia Blanca, cuarenta años después la Compañía de Jesús fue restaurada por Pío VII en 1814. ◊
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◊ El Calvario de los jesuitas españoles ◊
por Pedro Miguel Lamet, S.J.
Con el máximo sigilo y amparados por las sombras de la madrugada, los soldados se deslizaban hasta rodear los colegios y residencias de todos los jesuitas españoles el dos de abril 1767, menos en Madrid, ciudad donde la operación militar se llevó a cabo el 31 de marzo. Nunca, ni cuando la expulsión de los moriscos, se había llevado con tanto secreto una acción de este género en España.
La irrupción consistía en llamar a la puerta, a veces incluso mediante el engaño de solicitar los sacramentos para un moribundo. Luego los soldados penetraban con la bayoneta calada, como si de detener forajidos se tratara, en las casas de la Compañía. Acto seguido ordenaban que toda la comunidad se reuniera en el refectorio y allí se daba lectura a la Pragmática Sanción del rey Carlos III que disponía extrañar a todos los jesuitas de los reinos españoles. Controlados en todo momento, no se les dejaba ni celebrar misa, y sólo podían llevar en su exilio una muda y el breviario. Previamente se había montado toda una complicada logística con la Armada que tenía dispuestos barcos de guerra y otras embarcaciones alquiladas en diversos puertos españoles para conducir a los padres y hermanos al destierro. Así, sin oponer la mínima resistencia, comenzaba el largo calvario de los jesuitas españoles por mar y tierra hacia lo desconocido.
Este drama hay que contextualizarlo en un siglo XVIII europeo, marcado por el Despotismo Ilustrado de las monarquías borbónicas, donde, a través del regalismo, los reyes querían controlar el poder de la Iglesia y principalmente a la Compañía de Jesús, por su cuarto voto de obediencia al Papa. Entonces los jesuitas se encontraban en el cenit de su influjo en la sociedad de la época. Habían sido confesores de reyes, controlaban el mundo de la educación y las misiones americanas, tema de litigio por el Tratado de Madrid, mientras el gobierno había estado en manos de nobles hasta el momento, formados en colegios de la Compañía. Precedentes habían sido las expulsiones de Portugal (1759) y Francia (1762), cuyos principales protagonistas fueron el marqués de Pombal y el ministro Choisseul.
En España la irrupción en la política de ministros manteístas (así se denominaba por su forma de vestir a los no nobles que habían accedido a la educación, frente a los escolares o nobles), se estableció una persecución vengativa contra la Compañía y sus amigos. Influyeron especialmente los ministros Roda, Campomanes, Grimaldi, Aranda, Moñino y el confesor padre Eleta. A la decisión contribuyeron sin duda una serie de temas teológicos (jansenismo, doctrina del probabilismo); cuestiones políticas, como el Monitorio de Parma; la discutida causa de canonización del obispo Palafox, y una serie de calumnias, como que los jesuitas habían instigado en Madrid el famoso Motín de Esquilache; que poseían un imperio en América, cuyo rey sería un tal Nicolás I con un ejército de esclavos dispuesto a invadir Europa; o el miedo feroz de Carlos III, que huyó del Motín hasta Aranjuez, y al que habían calentado las orejas sus ministros, especialmente Bernardo Tanucci desde Nápoles.
Para hacer borrar del mapa de España a la Compañía se creó un Consejo Extraordinario y una Pesquisa Secreta que desembocaron en la Pragmática Sanción, que no daba otro argumento para expulsar a los miembros de la Compañía que motivos que el monarca “guardaba en su real ánimo”.
Se añadían providencias sobre la ocupación de las “temporalidades” o posesiones de la Orden. Se disponía que de la masa general, que se formara de los bienes de la Compañía, se separaría una pequeña parte de ella y se asignaría a cada jesuita, cien pesos anuales de por vida, si es sacerdote, y a los hermanos, noventa. De esta pensión se exceptuaban tanto extranjeros como novicios. No faltaba la amenaza de quitar la asignación a quien eludiera el destierro, o si se daban otros motivos que incomodaran a la Corte, como escribir o hablar acerca de la medida tomada. Recibirían la pensión en dos pagas anuales, que por la devaluación acabaría por no bastarles ni para comer. Tal pensión sirvió como una manera de tranquilizar la conciencia del piadoso monarca y de controlar de cerca a los expulsos aun fuera de España.
Ninguno de los profesos, aunque abandonaran la Compañía, podría volver a la patria, sin permiso especial del Rey, y en caso de lograrlo estaría obligado a prestar juramento de fidelidad y de que no defendieran en manera alguna, ni en privado, a la Compañía, so pena de ser tratados como reos de Estado.
Los seglares que tenían carta de hermandad con la Compañía debían entregarla y se amenazaba con castigos de “reos de lesa majestad” a quienes mantuvieran correspondencia con los jesuitas, lo que estaba absolutamente prohibido. Muchos prefirieron abandonar el país.
Las normas fueron especialmente duras con los novicios. Se les amenazó bajo pecado mortal y otras coacciones a que abandonaran la Compañía; se les tentó con ingresar en otras órdenes; se les abandonó en el campo sin ayuda y fueron separados de los Padres. A pesar de ello la mayoría corrió a los puertos a sufrir con sus mayores la expulsión.
En cada casa, una vez que era ocupada por las fuerzas armadas y que los notarios dieran lectura del decreto, procedían a pasar lista para comprobar si había algún jesuita ausente. Luego provinieron requisar los caudales y a inventariar los diferentes bienes. Desde ahí sin dilación comenzaba el traslado de los jesuitas custodiados por las calles de las ciudades de forma humillante a golpe de tambor y rodeados de la milicia hacia las distintas «cajas» o puertos de embarque, antes de que hubiesen transcurrido veinticuatro horas desde el momento de la presentación del decreto. La tropa los acompañó durante todo el trayecto.
En las ciudades por las que pasaron, las autoridades civiles se encargaron de mantener el orden y de evitar cualquier manifestación popular en contra del extrañamiento. La incomunicación de los jesuitas a lo largo del viaje fue total. Únicamente quedaron en España los procuradores de las diferentes casas de la Compañía, a fin de finalizar los inventarios ante los agentes del fisco. Una vez acabada esta labor, zarparon inmediatamente al exilio. Casas, libros, obras de arte se confiscaron o malvendieron. Hasta se borró el anagrama JHS labrado en piedra en las fachadas y se suprimieron de los templos las imágenes propias de la devoción de la Compañía, como las del Sagrado Corazón y Nuestra Señora de la Luz.
El viaje, en los barcos a vela de la época, pese a que se había previsto minuciosamente la intendencia, fue muy penoso. Hacinados en bodegas, comidos de insectos, mareados porque la mayoría no había navegado nunca, sufrieron lo indecible hasta llegar por diferentes rutas al puerto de Civitavecchia, en una travesía de unos sesenta o setenta días. De todo ello se conservan varios y minuciosos diarios. El más voluminoso es del padre Manuel Luengo, que se compone de 63 volúmenes y 35.000 páginas manuscritas redactado durante 49 años y que admirablemente conservó consigo hasta su muerte. (Está siendo publicado en España gracias al trabajo de los historiadores Inmaculada Fernández Arrillaga e Isidoro Pinedo, S.J.). Otros diarios valiosos son los de los padres Tienda, Pérez, Peramás, Puig y Larraz.
El rey, a pesar de ser piadoso e incluso de comunión diaria, actuó sin contar con el permiso de Clemente XIII. Sí tomó la medida de avisar al Pontífice de la decisión tomada inmediatamente después de ejecutarla. El monarca se cuidó mucho de indicarle que los exiliaba a los Estados Pontificios. Tampoco lo sabían al principio los jesuitas.
Clemente XIII respondió diplomáticamente, y no quiso recibir a quienes habían sido durante siglos sus más acérrimos defensores; si bien, cuando supo que los expulsos iban a los Estados Pontificios contestó con dureza a Carlos III mediante una bula (con la frase “¿Tú también, hijo mío?” de Julio César al morir a manos de Bruto), con la tajante respuesta de que no los iba a recibir en sus territorios. De hecho en Civitavecchia los exiliados se tropezaron con los cañones del Papa, negándoles la entrada. Los argumentos papales eran que sus Estados atravesaban momentos de aguda carestía, temían alteraciones de orden público y estaban saturados de los jesuitas portugueses y franceses que malvivían a expensas del erario pontificio.
Ante esta negativa, el ministro español Grimaldi planteó abandonarlos por la fuerza en tierras del Papa. Pero el rey se negó. Entonces, se planteó la posibilidad de descargar a los jesuitas en la isla de Elba, hasta que apareció la opción de dejarlos en Córcega, a la sazón en plena guerra con tres frentes en litigio: La República de Génova a cuya soberanía pertenecía la isla; las fuerzas del rebelde independentista Paoli, y Francia, que apoyaba a Génova, puesto que ésta carecía del contingente necesario para hacer frente al levantamiento. Por lo tanto la isla era un polvorín.
Entre los jesuitas cundía la desolación tras el fracaso del desembarco en Civitavecchia. Además, los patronos de los barcos sólo habían sido contratados para el viaje al citado puerto, y tenían compromisos comerciales posteriores. Muchos jesuitas pasaron a otros navíos, en los que se hacinaron aún más. Navegaron finalmente hacia Córcega. Llegaron a Bastia, donde las tropas francesas también les impidieron el desembarco. Los navíos estuvieron rodeando la costa corsa durante varios meses, afrontando el calor del verano, enfermedades y frecuentes tormentas. Varios jesuitas sucumbieron durante la travesía.
Finalmente lograron desembarcar en los distintos «presidios» de Córcega, hecho que se produjo entre julio y septiembre de 1767. Allí pasaron más de un año, en unas condiciones lamentables. En la isla los jesuitas expulsos se distribuyeron por provincias y mantenían en lo posible la enseñanza de la filosofía y la teología a los jóvenes y la distribución de la vida comunitaria con sus respectivos superiores.
Entre los españoles desterrados se hallaban nombres famosos como el provincial Idiáquez, los hermanos Pignatelli, de los cuales José llegará a santo y servirá de puente hacia la restauración de la Orden; o el famoso escritor José Isla, un clásico de la literatura castellana por su obra satírica "Fray Gerundio de Campazas", considerado “el Quijote de los predicadores” y que indignó a los frailes por su crítica mordaz y humorística a los sermones “de campanillas” que abundaban en la época.
La situación era precaria en cuanto a víveres y habitación, agravada por encontrarse en medio del fuego cruzado de la guerra. Algunos alojamientos no eran sino almacenes de aceite, establos, casa en ruinas. Otros religiosos pudieron instalarse en viviendas abandonadas por sus habitantes que habían huido al interior de la isla. Los alimentos eran escasos, de baja calidad y muy costosos, por la inflación y especulación, dada la presión demográfica provocada por el inesperado aumento de población. Para colmo, los recién llegados debían pagar en las iglesias para celebrar misa.
A partir del 21 de julio los que no habían tenido cabida en Calvi entraron en su recinto amurallado, con el temor de introducirse en una ratonera, por el anunciado ataque corso. Muchos jesuitas andaluces prefirieron el arrabal y las casas de campo cercanas a las dos fuentes de agua. Los de Algajola sí se pudieron instalar en la ciudad, al coincidir el desembarco con la marcha de las tropas francesas y la entrada de los corsos que se aprestaron a ocupar la población.
Esta situación perduró los meses de julio y agosto, pues el 3 de septiembre se firmaba un armisticio entre corsos y franceses, que se prolongaría hasta mayo de 1768. Esto permitió la liberalización de las vías de comercialización con el interior de Córcega y el continente.
En noviembre, en Madrid se pensó que los comisarios reales españoles debían cumplir otra misión en la parte oriental de la isla: ganar la voluntad del francés Marbeuf en Bastia para que acogiera a la flota de los jesuitas americanos, de camino al destierro –desde las misiones de Iberoamérica tardaron un año de penosa navegación-, ya que el abastecimiento de los presidios de la costa occidental –Calvi, Algajola, Ajaccio, Bonifacio- estaba solucionado. Las funciones de los nuevos comisarios reales serían vigilar a los jesuitas, anotar sus fallecimientos y huidas, interrogarlos sobre dudas acerca de los caudales de las temporalidades, y controlar su correspondencia.
Mientras, las conversaciones entre Carlos III y Clemente XIII se agriaron. Tras duras discusiones, el Papa finalmente accedió a que desembarcaran en Italia. Allí, los jesuitas se desperdigaron por poblaciones como Bolonia, Ravena, Forli o Historia Ferrara. En estas legaciones vivieron hasta 1773-74.
La ruta más común fue ir al Noreste cruzando los Apeninos, hacia la llanura del Po, atravesando las posesiones de Génova, y las de los ducados de Parma y Módena. El itinerario comenzaba en Sestri de Levante, a pie por los Apeninos ligures, sorprendidos por fuertes tormentas. Siguiendo el cauce del Taro, pasaron por Borgo di Taro, donde algunos consiguieron cabalgaduras, por Fornovo di Taro, Parma, Reggio, Módena, hasta llegar a Castelfranco, para penetrar en los Estados Pontificios.
Allí llegó el primer grupo de jesuitas americanos el 12 de septiembre, y de allí se fueron dispersando por la Romaña, despertando la curiosidad de los italianos y generando una serie de problemas prácticos a fin de que las distintas ciudades pudieran absorber a esta masa de clérigos que llegaba en sucesivas oleadas. Los detalles de las penurias del viaje, el maltrato de los franceses y los intentos de extorsión para sacarles el dinero de las pensiones, así como los silencios culpables de los cónsules españoles y la fría acogida de los jesuitas genoveses, junto con otras anécdotas y detalles de esta peregrinación pueden leerse con detalle en los citados diaristas.
La Iglesia española se alineó, por intereses, con el rey, y la Iglesia de Roma fue en la práctica duramente presionada hasta la supresión. Aunque Clemente XIII los había defendido de palabra a través de documentos, a la hora de la verdad no los aceptó cuando el rey se los envió desterrados. Entre españoles, americanos y filipinos el número de los expulsos alcanzó la cifra de unos 5.000 hombres.
Se argumentó que el papa no los quiso aceptar porque esperaba que Carlos III se arrepintiera. El caso de su sucesor, Clemente XIV fue aún más cruel, ya que había sido elegido por presión de las cortes borbónicas con el “compromiso verbal” de extinguir a los jesuitas.
Este débil fraile franciscano, cuando obtuvo la tiara dio largas al asunto, atenazado por el miedo y por la responsabilidad de decretar la supresión de una orden tan numerosa e influyente. Las intrigas políticas desembocaron finalmente en la supresión de 1773.
En este último proceso fue decisivo el papel del embajador de España, José Moñino, recompensado luego con el título de conde de Floridablanca, que llegó a comprar con prebendas y sumas cuantiosas al confesor, otros prelados y amigos del Pontífice. Su acoso psicológico al Papa, tal como aparece en su abundante correspondencia con Madrid, acabó destrozando el ánimo y la salud de Clemente XIV, que concluyó firmando el breve (no bula) "Dominus ac redentor", que suprimía en toda la Iglesia la Compañía de Jesús. La tesis de que murió envenenado por los jesuitas se probó tan falsa que hasta sus peores enemigos, como el propio Tanucci, sostuvieron que en realidad sucumbió a un auto-envenenamiento mental por miedo y angustia.
◊ No toda la Iglesia aceptó igualmente esta decisión. ◊
Las consecuencias para la enseñanza y la cultura fueron funestas, y en Iberoamérica las manifestaciones de dolor por parte del pueblo muy frecuentes.
Resulta ejemplar que en tales circunstancias sólo el veinte por ciento de los jesuitas expulsados abandonaron la Compañía. Algunos en medio de esas tragedias lograron alcanzar la santidad como fue el caso del citado José Pignatelli. Otros muchos, aun después de extinguida la orden, contribuyeron con sus estudios, libros e investigaciones al florecimiento de la cultura en Italia y otras partes del mundo, como estudió profusamente el padre Miquel Batllori.
◊ Preservada en Polonia y la Rusia Blanca, cuarenta años después la Compañía de Jesús fue restaurada por Pío VII en 1814. ◊
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Este artículo narra la historia de la dramática persecución contra la Compañía de Jesús en tiempos de Carlos III (1716-1788). Los hechos están tomados del libro del P. Pedro Miguel Lamet: El último jesuita (Novela histórica), edición La Esfera de los Libros, Madrid, 2011.
Imagen 1: Retrato de Carlos III (Madrid, 20 de enero de 1716 – † Madrid, 14 de diciembre de 1788)
Artista: Anton Raphael Mengs (1728–1779)
Título: Retrato de Carlos III de España (1716-1788)
Fecha: cerca de 1760
Técnica: óleo sobre tela
Ubicación actual: Desconocida
Imagen 2: Retrato en la portada de la biografía de San José Pignatelli, S.J. (Zaragoza, España, 27 de diciembre de 1737 - † Roma, Italia, 15 de noviembre de 1811)
Imagen 3: Retrato del escritor José Francisco de Isla, S.J. (Vidanes, León, 25 de abril de 1703 – † Bolonia, 2 de noviembre de 1781), un clásico de la literatura castellana por su obra satírica "Fray Gerundio de Campazas", considerado “el Quijote de los predicadores” y que indignó a los frailes por su crítica mordaz y humorística a los sermones “de campanillas” que abundaban en la época.
Imagen 4: Retrato de Catalina II (Szczecin (Stettin, Pomerania, actualmente Polonia, 2 de mayo de 1729 - † San Petersburgo, Imperio ruso, 17 de noviembre de 1796 según el calendario gregoriano). Esta emperatriz preservó la Compañía de Jesús en Rusia.
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viernes, febrero 14, 2014

L'espagnol, notre grande maison commune (réédition

)

Je reproduis ici mon article du 09.08.2007 parce qu'il continue à être d'une actualité extrême malgré son âge.
Je le fais aussi pour remercier mes compagnons de la "Porte de Brandebourg" pour l'honneur qu'ils me font en me reconnaissant comme un des leurs et pour leur travail précieux et irremplaçable en faveur du Bien Commun de la Solidarité Hispanique et Espagnole, double solidarité garantie par la langue espagnole, aussi bien dans la péninsule ibérique que dans le reste du monde.
L'espagnol, notre grande maison commune
L'espagnol comme langue commune d'Espagne, d'une grande partie de l'Amérique et d'autres pays, y est officielle parce qu'elle est leur koiné; ce qui signifie qu'elle leur est commune dans le sens qu'elle permet à tous leurs locuteurs de se comprendre sans besoin de traduction ni d'interprétation.
Cet avantage communicationnel est comparable à celui qu'offrent à tous ceux qui y vivent, comme protection contre les intempéries, le toit, les fondations et les murs communs d'une grande maison communautaire. Dans les deux cas, l'avantage commun existe sans préjudice des avantages différentiels dont le locuteur ou l'habitant peuvent continuer à jouir dans leur vie plus privée. Dans les deux cas, ils continueront à se servir pour la vie communautaire de cet avantage en commun qu'ils considèrent aussi comme personnel.
Il faut savoir que nous, les linguistes, nous considérons comme koiné la "Langue commune qui résulte de l'unification de certaines variétés idiomatiques" DRAE. L'espagnol, né comme langue métisse du castillan, non pas en solitaire, mais en relation sociogénétique avec beaucoup d'autres langues, a été cherché et accepté dans toute l'Espagne et dans toute l'hispanophonie comme langue métisse de vie en commun; son utilité n'a pas été imposée, elle a été engendrée après avoir été recherchée. De part et d'autre de l'Atlantique et de la Méditerranée, dans les siècles passés comme aujourd'hui, les gens recherchaient et recherchent l'espagnol comme véhicule de culture, d'union, d'ascension sociale.
La guerre des langues est une invention récente de petits groupes extrémistes, qui ont placé les langues minoritaires au service de leurs ambitions politiques, en les transformant en armes de jet nationalistes. Chaque groupe la sienne, comme à Babel, lieu diabolique qui met en scène la ruine du Bien Commun par la perte du sens commun et de la langue communautaire qui le rendaient possible. Ce qui caractérise ces nationalistes, ennemis acharnés du Bien Commun, c'est qu'ils le soient de nations qui n'ont jamais existé comme telles. Avant cette invention, il n'y avait pas de guerre des langues : la langue commune et les langues minoritaires vivaient ensemble, en accomplissant chacune sa mission propre. Et c'est ainsi, en réalité, que la majorité des locuteurs continuent à les pratiquer : la langue commune pour le Bien Commun de la grande communauté de concitoyens, sans exclure personne, et la langue minoritaire pour les relations familiales et cordiales propres à chaque groupe.
La recherche du monolinguisme, portée par les nationalistes, a été démasquée et condamnée de manière très juste par le distingué linguiste basque Miguel de Unamuno, dans un texte des années trente du siècle passé, texte que les nationalistes basques, catalans et galiciens occultent jalousement, par crainte de voir dévaloriser leur effort pour déconnecter leur peuple du monde et pour le maintenir dans sa dépendance exclusive totalitaire.
Rendre obligatoire la connaissance d'une langue minoritaire, alors qu'il existe déjà une langue commune, c'est œuvrer contre la justice, en imposant par caprice totalitaire une obligation en dehors de toute nécessité. Dans les territoires où la totalité des personnes parlent la langue commune et où personne, excepté les extrémistes, ne veut éliminer les autres langues, à quoi mène ce conflit entre les langues minoritaires et la langue commune ? "Les langues communes ont été inventées pour unir, pour se comprendre à l'intérieur et à l'extérieur" (R. Adrados). Ce qui pourrait arriver de pire aux défenseurs du monolinguisme des langues minoritaires, ce serait de gagner ces guerres isolationnistes, parce que leurs locuteurs se trouveraient réduits dans leur capacité de communication à de minuscules territoires isolés.
La recherche d'une koiné n'est pas seulement l'affaire des peuples hispaniques, mais il s'agit d'un phénomène panchronique général. Les grandes cultures, aussi bien européennes que non européennes, parmi lesquelles on peut rappeler à titre d'exemples aussi bien la celte, la latine et la grecque que la sanscrite, l'arabe et la chinoise, ont répandu de grandes langues communes, pour que leurs locuteurs se comprennent autant dans le milieu culturel que religieux, administratif et économique, sans exclure le milieu personnel et familial mais au contraire en le favorisant.
Dans les grandes nations il y a une seule langue commune, dont la caractéristique principale n'est pas l'origine plus ou moins prestigieuse, mais bien le fait d'être recherchée par tous comme langue commune. C'est ce qui s'est passé pour le latin dans l'Empire romain, pour l'espagnol dans les pays hispaniques et pour l'anglais dans le Commonwealth, etc. Ces langues comme toutes les langues communes ou koinés sont "un phénomène socio-politico-culturel qui répond à la nécessité de se comprendre dans un vaste territoire. C'est quelque chose de pré-politique et de post-politique, seulement secondairement politique". (R. Adrados).
"Imposer aux langues communes un châtiment et une persécution est une régression. Un mal pour tous. C'est aller contre l'histoire, la compréhension mutuelle et le progrès". (R. Adrados). C'est comme si les habitants d'une maison communautaire décidaient de supprimer le toit, les fondations et les murs extérieurs communs, pour rester dans leurs appartements respectifs suspendus dans les airs. Cependant, c'est ce qu'on fait aujourd'hui en Espagne avec l'espagnol, deuxième langue commune de niveau international. Les nationalistes anti-hispanistes prétendent exposer aux intempéries cinq cent millions de locuteurs dont la maison commune est la langue espagnole.
Ces idées fondamentales et beaucoup d'autres, nous les avons apprises depuis les années cinquante et soixante, aussi bien en Espagne que dans le reste d'Europe, nous tous qui avions des oreilles pour les entendre, ou des yeux pour les lire, de la bouche et de la plume de notre grand maître de l'hellénisme, du comparatisme, de l'humanisme et de la linguistique générale Francisco Rodríguez Adrados.
Aujourd'hui, du haut de ses lucides quatre-vingt-quatre ans bien accomplis (91 en 2014), Adrados nous le rappelle avec toujours la même clarté, le même courage et la même attention chaleureuse.
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La lengua común de España
por Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS,
de las reales academias de la Lengua y de la Historia
Sobre el español como lengua común de España y no sólo de España, también de gran parte de América y de otros países, hablé en el Congreso de Academias de la Lengua Española en Cartagena de Indias, el marzo pasado. Lo repetí en alguna conferencia. ¿Por qué no insistir aquí?
Vean lo que dice el Diccionario de la Academia, en el lema «español», en su uso masculino y substantivo: «lengua común de España y de muchas naciones de América, hablado también como propia en otras partes del mundo».
Si es oficial, como dice la Constitución, es porque es común, no al revés; y si el Estatuto de Cataluña lo admite como oficial porque es oficial en el Estado (se entiende que español), esto es un sofisma. Es lengua común, simplemente, porque es común. Y es propia de todos. Son hechos. No en el sentido de «común» como vulgar o popular (hay el francés, el alemán común), sino en el sentido de que es communis, propio de todos. Una traducción del término griego que usamos los lingüistas: koiné.
Había múltiples lenguas o dialectos griegos y había múltiples lenguas en los territorios que conquistó Alejandro: en Egipto, Persia, India, etc. Pero todos aceptaron una lengua común: el griego evolucionado, descendiente del ático, que llevaron consigo los macedonios. El que valía para entenderse. También lo escribían los búlgaros, los nubios, los romanos. Como luego hablaban en latín (otra lengua común) los sirios y britanos, los iberos y los númidas. Entre otros.
Una lengua común no suprime a las otras, vive junto a ellas para que todos se entiendan. Pero en España campañas interesadas tratan de ocultar los hechos: según ellas (llegaron a la Constitución, contra Dámaso Alonso, que dirigía la Academia Española) el español es castellano, es decir, una lengua regional (lo fue en el origen, ciertamente) invasora de las «lenguas propias». Como mucho, es «oficial», algo que impone el Boletín.
Pues no: el español, nacido del castellano, fue buscado, aceptado en toda España como lengua de convivencia: no impuesto, buscado. En Cataluña y en toda España desde el siglo XIV y aún antes. En América desde el XVI: los frailes beneméritos que predicaban en las lenguas indígenas, fracasaron. Colón, en su segundo viaje, encontró indios que hablaban español. Luego creció, fue imponiéndose.
La rebelión de Tupac Amaru, en el XVIII, hacía su propaganda en español. Los independentistas lo aceptaron. ¿Por qué? Hubo sin duda algunos intentos de imposición, bien publicitados. Pero lo esencial es que la gente buscaba el español, vehículo de cultura, de ascenso social, de unión. Aquí y allí. Que hubiera un reflejo del poder político no se duda, pero era, sobre todo, un hecho cultural y social. Las otras literaturas desaparecieron, prácticamente, desde el XIV y el XV. No se difundían, no interesaban.
Pero no había guerra de lenguas: la común y las minoritarias convivían. Así sigue, en realidad. Pero hay pequeños grupos que han puesto la lengua al servicio de sus ambiciones políticas, la han hecho un arma nacionalista. Nacionalista de naciones que nunca existieron como tales. Hay varios libros sobre el tema de las lenguas de España, la común y las otras. No voy a citarlos. Explican con datos y estadísticas las ofensivas nacionalistas contra el español, su búsqueda del monolingüismo.
Y cómo la Constitución es mil veces vulnerada. La última vez, por el nuevo Estatuto Catalán cuando (art. 6) hace obligatorio el conocimiento del catalán. Fuera de toda necesidad cuando ya existe una lengua común. Pura confrontación, a la que ayuda la antidemocrática Ley Electoral. Veremos qué dice el TC. Un señor Puigcercós añade que hay que apretar los tornillos: que él no tiene miedo a las guerras lingüísticas. Ya los aprietan bastante: prohibiciones, exigencias para ejercer cualquier puesto, multas, inspecciones, prebendas a los fieles, discriminación en la enseñanza. Y el PSC (y aun el PSOE) se catalaniza, piensa que es rentable. Y el PP ha blandeado desde que defenestraron a Vidal Quadras, Piqué ha sido un error. Veremos ahora.
Yo sí tengo miedo a esas guerras. Son guerras de pequeños grupos, que acomplejan o seducen a los demás, guerras en territorios donde no había guerras, guerras que crean problemas y mala sangre. Hay en la Historia mil ejemplos. En territorios donde el 100% de las personas habla español y nadie quiere eliminar las otras lenguas, las minoritarias, ¿a qué ese conflicto? Las lenguas comunes se han inventado para unir, para entenderse dentro y fuera. Y las minoritarias tienden a perder esas guerras. Puigcercós teme que podría haber una Cataluña independiente que hablara castellano. No me extrañaría, ya ven Irlanda: independiente y hablando inglés. Y lo peor que podría pasarles a las lenguas minoritarias es ganar esas guerras. Quedarían reducidas a mínimos territorios aislados.
Esos nacionalistas deberían estudiar un poco de historia lingüística. Disculpen que les recomiende un libro mío, mi Historia de las lenguas de Europa, que voy a sacar tras el verano. Habla de las lenguas comunes: no es cosa sólo de España, sino que es un fenómeno europeo y general. Igual que en España, en las grandes naciones solo hay una sola lengua común. A partir de territorios mínimos se crearon y difundieron las grandes lenguas comunes, buscadas por todos. No solo el castellano, hecho luego español, también el francés y tantas lenguas más.
Así el alemán (el dialecto franconio de Lutero), y el inglés (producto de la fusión de varias lenguas germánicas y una dosis de francés), el italiano (el florentino, no generalizado hasta el siglo XIX), el ruso en su variante de Moscú, del XVIII. Y otras lenguas comunes más. Son un fenómeno socio-político-cultural, responde a la necesidad de entenderse en un amplio territorio. Como en la Antigüedad griega y romana. Es algo prepolítico y postpolítico, solo secundariamente político. Y a nadie se le ha ocurrido enfrentar al alemán con el «okattdeutsch», una lengua diferente, o al italiano con el napolitano y el véneto, ni siquiera con el corso que es también una lengua diferente. Porque el estado natural de las lenguas no es ése de las grandes lenguas comunes, estas son una creación de la historia. Es el de un pulular de lenguas y dialectos. Dicen que en la mitad de Nueva Guinea hay 750. ¿Y qué decir de la América precolombina (donde fueron los misioneros quienes, para difundir su doctrina, extendieron el nahua, el quechua, el guaraní)? ¿Y del África negra?
Las grandes culturas europeas, y otras no europeas como la árabe y la china, expandieron grandes lenguas comunes. Para entenderse en el ámbito personal, en el ámbito cultural, en el administrativo, el económico. No excluían la existencia de otras lenguas, ciertamente. Pero someter a las lenguas comunes a castigo y persecución es regresión. Mal para todos. Es ir contra la historia, el mutuo entendimiento y el progreso.
Hoy el español es la segunda lengua internacional (el hindi y el chino, con más hablantes, no son internacionales). Une no solo a los pueblos de España sino a muchos otros más. Crece. Eso sí, tiene un problema en España, todos lo saben. Creo que ya sería el momento de poner una solución racional a un problema nada racional, un problema en realidad inexistente, fomentado artificialmente. Pero nadie se atreve, ni Gobiernos ni instituciones, temen agravar las cosas.
Pero las cosas, no atendidas, se agravan solas. Se está viendo. Con una lengua común, cierto que obligatoria, es suficiente, para eso se inventaron. Y la lengua común, en Cataluña, en España y en veinte naciones y para mucha gente más, es el español. Hay en América y España, aquí y allá, además, lenguas entrañables. Pero minoritarias: con una obligatoria, que entiendan todos, es suficiente. No hay que forzar las cosas. Sin agravio para nadie. Con respeto para todos.
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09:15 Écrit par SaGa Bardon dans Actualidad,

miércoles, febrero 12, 2014

L'archevêque franciscain de Tanger dénonce le traitement inacceptable des émigrants africains


Pour Fr. Santiago Agrelo Martínez, archevêque de Tanger, les événements de ces dernières semaines sur le territoire de son archevêché, sur les territoires voisins et dans les eaux de la Méditerranée exigent de transformer la douceur de l'exhortation en dénonciation de ce qui est inacceptable.
Les destinataires de cette dénonciation sont non seulement les responsables des politiques migratoires pratiquées en Europe, qu'ils soient régionaux, nationaux ou européens, mais aussi les électeurs européens, qui ne sanctionnent pas par leur vote les politiciens qui les légalisent et parmi lesquels il faut dénoncer aussi, avec des arguments évangéliques qu'on ne peut éluder, les croyants chrétiens qui sont inconséquents avec leurs propres croyances.
Ce qui est inacceptable :
Il est inacceptable que la vie d'un être humain ait moins de valeur qu'une prétendue sécurité ou imperméabilité des frontières d'un état.
Il est inacceptable qu'une décision politique remplisse de cadavres un chemin que les pauvres parcourent avec la force d'une espérance.
Il est inacceptable que des marchandises et des capitaux jouissent de plus de droits que les pauvres pour entrer dans un pays.
Il est inacceptable que les politiques migratoires des pays dits développés ignorent les appauvris de la terre, affaiblissent leurs droits fondamentaux et deviennent le bouillon de culture nécessaire pour multiplier sur les routes des émigrants les mafias qui les exploitent.
Il est inacceptable qu'il y ait des frontières imperméables aux pacifiques de la terre et qu'il n'y en ait pas pour l'argent de la corruption, pour le tourisme sexuel, pour la traite des personnes, pour le commerce des armes.
Il est inacceptable que la politique oblige les forces de l'ordre à supporter leur vie entière la mémoire de morts qu'elles n'ont jamais voulu provoquer.
Il est inacceptable que le monde politique n'ait pas une parole crédible à donner et une main ferme à offrir aux exclus d'une vie digne.
Il est inacceptable qu'on transforme les morts aux frontières en coupables, d'abord de leur misère, ensuite de leur mort. Ce ne sont pas des agresseurs : ils ont été attaqués depuis que leurs cœurs ont commencé à battre au sud du Sahara et jusqu'à ce qu'ils s'arrêtent pour toujours dans la mer de notre indifférence.
Il est inacceptable que le négrier d'hier survive dans les gouvernements qui aujourd'hui recommencent à enchaîner la liberté des africains, en la subordonnant aux intérêts économiques d'un pouvoir oppresseur.
De l'impuissance à l'espérance :
Chères sœurs, chers frères,
Devant le drame de souffrances et de mort que sont devenus les chemins des immigrants à cause du pouvoir, il est difficile d'écarter de notre cœur des sentiments de frustration, d'impuissance, de tristesse, d'indignation. Cependant notre engagement envers la vie des pauvres ne naît pas de ces sentiments, mais d'un amour inconditionnel, un amour fidèle, qui nous a été révélé à tous et qui nous a tous réunis pour toujours dans le corps du Christ.
"Ne te ferme pas à ta propre chair" : ne te ferme pas à la souffrance du Christ.
Sur ce chemin, le pouvoir ne peut pas nous suivre. A lui, nous demandons simplement d'être juste. A nous, l'amour nous demande de donner même la vie pour le bien des autres.
Et il y a bien des choses que nous pouvons faire, jusqu'à donner la vie : Nous avons la force de l'amour et de la prière, une force qui est capable de soulever le monde.
Nous pouvons faire en sorte que les émigrants ne soient pas seuls sur leur chemin, et nous pouvons laisser seuls ceux qui, gouvernements ou mafias, leur volent la vie.
Nous pouvons partager avec l'émigrant le peu de bois qui nous reste, le peu d'eau que nous avons, la fin de notre farine ou de notre huile.
Nous pouvons leur donner une voix pour qu'on entende leur cri,
nous pouvons appeler aux portes de chaque conscience pour que la société exige une nouvelle politique des frontières et, avec l'obstination des disciples de Jésus,
nous pouvons rappeler à chaque homme que c'est sa propre chair, et aussi celle du Christ, qui, jour après jour, est condamnée à mort aux frontières du sud de l'Europe.
Chères sœurs, chers frères,
Ne me laissez pas sans votre prière.
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09:37 Écrit par SaGa Bardon dans Actualidad 

martes, febrero 11, 2014

El español, nuestra gran casa común (reedición)

 

Reproduzco aquí mi artículo del 09.08.2007 porque sigue siendo de una actualidad extrema a pesar de su edad. Lo hago también para agradecer a mis compañeros de la "Puerta de Brandemburgo" por su valioso e irremplazable trabajo en favor del Bien Común de la Solidaridad Hispánica y Española, doble solidaridad garantizada por el idioma Español, tanto en la península Ibérica como en el resto del mundo, y por el honor que me hacen reconociéndome como uno de los suyos.
◊ El español, nuestra gran casa común ◊
El español como lengua común de España, de gran parte de América y de otros países, es oficial en todos ellos porque es su koiné; lo que significa que les es común en el sentido de que permite a todos sus hablantes el entenderse sin necesidad de traducción ni de interpretación.
Esta ventaja comunicacional es comparable con la que ofrecen como protección contra la intemperie el tejado, los cimientos y los muros comunes de una gran casa comunitaria a todos los que viven dentro de ella. En ambos casos la ventaja común existe sin menoscabo de las ventajas diferenciales que el hablante o el habitante pueden seguir disfrutando en su vida más privada. En ambos casos seguirán valiéndose para la vida comunitaria de esta ventaja en común que también considerarán como propia.
Conviene saber que los lingüistas consideramos como koiné la "Lengua común que resulta de la unificación de ciertas variedades idiomáticas" DRAE. El español, nacido como lengua mestiza del castellano, no en solitario, sino en relación sociogenética con otras muchas lenguas, fue buscado y aceptado en toda España y en toda la hispanofonía como lengua mestiza de convivencia; su utilidad no fue impuesta, sino que fue engendrada tras ser buscada. Aquende y allende el Atlántico y el Mediterráneo, en los siglos pasados como ahora, la gente buscaba y busca el español como vehículo de cultura, de unión, de ascenso social.
La guerra de lenguas es un invento reciente de pequeños grupos extremistas, que han puesto las lenguas minoritarias al servicio de sus ambiciones políticas, convirtiéndolas en armas arrojadizas nacionalistas. Cada grupo la suya, como en Babel, lugar diabólico que escenifica la ruina del Bien Común por pérdida del sentido común y de la lengua comunitaria que lo hacían posible. Caracteriza a estos nacionalistas, enemigos acérrimos del Bien Común, el que lo sean de naciones que nunca existieron como tales. Antes de este invento no había guerra de lenguas: la lengua común y las minoritarias convivían, cumpliendo cada una su cometido propio. Así sigue practicándolas, en realidad, la mayoría de los hablantes: la común para el Bien Común de la gran comunidad de conciudadanos, sin excluir a ninguno, y la minoritaria para las relaciones familiares y cordiales propias a cada grupo.
La búsqueda del monolingüismo, promovida por los nacionalistas, fue certeramente desenmascarada y condenada por el insigne lingüista vasco Miguel de Unamuno, en un texto de los años treinta del siglo pasado, que los nacionalistas vascos, catalanes y gallegos ocultan celosamente, por miedo de ver desprestigiado su empeño por desconectar a su pueblo del mundo, para mantenerlo en su exclusiva dependencia totalitaria.
Hacer obligatorio el conocimiento de una lengua minoritaria, cuando ya existe una lengua común, es obrar contra la justicia, imponiendo por capricho totalitario una obligación fuera de toda necesidad. En territorios donde la totalidad de las personas hablan la lengua común, sin que nadie, excepto los extremistas, quiera eliminar las otras lenguas, ¿a qué conduce ese conflicto entre las lenguas minoritarias y la lengua común? "Las lenguas comunes se han inventado para unir, para entenderse dentro y fuera" (R. Adrados). Lo peor que podría pasarles a los defensores del monolingüismo de las lenguas minoritarias es ganar esas guerras aislacionistas, porque sus hablantes quedarían reducidos en su capacidad de comunicación a mínimos territorios aislados.
La búsqueda de una koiné no es cosa sólo de los pueblos hispánicos, sino que es un fenómeno pancrónico general. Las grandes culturas, tanto europeas como no europeas, entre las cuales cabe recordar como ejemplos tanto la celta, la latina y la griega como la sánscrita, la árabe y la china, expandieron grandes lenguas comunes, para que sus hablantes se entendieran tanto en el ámbito cultural como en el religioso, en el administrativo y en el económico, sin excluir sino potenciando el ámbito personal y familiar.
En las grandes naciones sólo hay una sola lengua común, cuya característica principal no es su origen más o menos prestigioso, sino el ser buscada por todos como tal lengua común. Así sucedió con el latín en el Imperio Romano, con el español en los países hispánicos y con el inglés en la Commonwealth of Nations, etc. Tanto éstas como todas las lenguas comunes o koinés son "un fenómeno socio-político-cultural que responde a la necesidad de entenderse en un amplio territorio. Es algo prepolítico y postpolítico, solo secundariamente político". (R. Adrados).
"Someter las lenguas comunes a castigo y persecución es regresión. Mal para todos. Es ir contra la historia, el mutuo entendimiento y el progreso" (R. Adrados). Es como si los habitantes de una casa comunitaria decidieran suprimir el tejado, los cimientos y los muros exteriores comunes, para quedarse con sus apartamentos respectivos suspendidos en el aire. Sin embargo, es lo que hoy se hace en España con el español, segunda lengua común de ámbito internacional. Los nacionalistas antihispanistas pretenden hacer vivir a la intemperie a quinientos millones de hablantes cuya casa común es la lengua española.
Estas ideas fundamentales y muchas otras las aprendimos desde los años cincuenta y sesenta, tanto en España como en el resto de Europa, todos los que teníamos oídos para oírlas o leerlas de los labios y de la pluma de nuestro gran maestro del helenismo, del comparatismo, del humanismo y de la lingüística general Francisco Rodríguez Adrados.
Hoy, desde la altura de sus lúcidos ochenta y cuatro años bien cumplidos, Adrados nos las recuerda con la misma claridad, con la misma valentía y con la misma solicitud cariñosa de siempre:
-oOo-
La lengua común de España
por Francisco RODRÍGUEZ ADRADOS,
de las reales academias de la Lengua y de la Historia
Sobre el español como lengua común de España y no sólo de España, también de gran parte de América y de otros países, hablé en el Congreso de Academias de la Lengua Española en Cartagena de Indias, el marzo pasado. Lo repetí en alguna conferencia. ¿Por qué no insistir aquí?
Vean lo que dice el Diccionario de la Academia, en el lema «español», en su uso masculino y substantivo: «lengua común de España y de muchas naciones de América, hablado también como propia en otras partes del mundo».
Si es oficial, como dice la Constitución, es porque es común, no al revés; y si el Estatuto de Cataluña lo admite como oficial porque es oficial en el Estado (se entiende que español), esto es un sofisma. Es lengua común, simplemente, porque es común. Y es propia de todos. Son hechos. No en el sentido de «común» como vulgar o popular (hay el francés, el alemán común), sino en el sentido de que es communis, propio de todos. Una traducción del término griego que usamos los lingüistas: koiné.
Había múltiples lenguas o dialectos griegos y había múltiples lenguas en los territorios que conquistó Alejandro: en Egipto, Persia, India, etc. Pero todos aceptaron una lengua común: el griego evolucionado, descendiente del ático, que llevaron consigo los macedonios. El que valía para entenderse. También lo escribían los búlgaros, los nubios, los romanos. Como luego hablaban en latín (otra lengua común) los sirios y britanos, los iberos y los númidas. Entre otros.
Una lengua común no suprime a las otras, vive junto a ellas para que todos se entiendan. Pero en España campañas interesadas tratan de ocultar los hechos: según ellas (llegaron a la Constitución, contra Dámaso Alonso, que dirigía la Academia Española) el español es castellano, es decir, una lengua regional (lo fue en el origen, ciertamente) invasora de las «lenguas propias». Como mucho, es «oficial», algo que impone el Boletín.
Pues no: el español, nacido del castellano, fue buscado, aceptado en toda España como lengua de convivencia: no impuesto, buscado. En Cataluña y en toda España desde el siglo XIV y aún antes. En América desde el XVI: los frailes beneméritos que predicaban en las lenguas indígenas, fracasaron. Colón, en su segundo viaje, encontró indios que hablaban español. Luego creció, fue imponiéndose.
La rebelión de Tupac Amaru, en el XVIII, hacía su propaganda en español. Los independentistas lo aceptaron. ¿Por qué? Hubo sin duda algunos intentos de imposición, bien publicitados. Pero lo esencial es que la gente buscaba el español, vehículo de cultura, de ascenso social, de unión. Aquí y allí. Que hubiera un reflejo del poder político no se duda, pero era, sobre todo, un hecho cultural y social. Las otras literaturas desaparecieron, prácticamente, desde el XIV y el XV. No se difundían, no interesaban.
Pero no había guerra de lenguas: la común y las minoritarias convivían. Así sigue, en realidad. Pero hay pequeños grupos que han puesto la lengua al servicio de sus ambiciones políticas, la han hecho un arma nacionalista. Nacionalista de naciones que nunca existieron como tales. Hay varios libros sobre el tema de las lenguas de España, la común y las otras. No voy a citarlos. Explican con datos y estadísticas las ofensivas nacionalistas contra el español, su búsqueda del monolingüismo.
Y cómo la Constitución es mil veces vulnerada. La última vez, por el nuevo Estatuto Catalán cuando (art. 6) hace obligatorio el conocimiento del catalán. Fuera de toda necesidad cuando ya existe una lengua común. Pura confrontación, a la que ayuda la antidemocrática Ley Electoral. Veremos qué dice el TC. Un señor Puigcercós añade que hay que apretar los tornillos: que él no tiene miedo a las guerras lingüísticas. Ya los aprietan bastante: prohibiciones, exigencias para ejercer cualquier puesto, multas, inspecciones, prebendas a los fieles, discriminación en la enseñanza. Y el PSC (y aun el PSOE) se catalaniza, piensa que es rentable. Y el PP ha blandeado desde que defenestraron a Vidal Quadras, Piqué ha sido un error. Veremos ahora.
Yo sí tengo miedo a esas guerras. Son guerras de pequeños grupos, que acomplejan o seducen a los demás, guerras en territorios donde no había guerras, guerras que crean problemas y mala sangre. Hay en la Historia mil ejemplos. En territorios donde el 100% de las personas habla español y nadie quiere eliminar las otras lenguas, las minoritarias, ¿a qué ese conflicto? Las lenguas comunes se han inventado para unir, para entenderse dentro y fuera. Y las minoritarias tienden a perder esas guerras. Puigcercós teme que podría haber una Cataluña independiente que hablara castellano. No me extrañaría, ya ven Irlanda: independiente y hablando inglés. Y lo peor que podría pasarles a las lenguas minoritarias es ganar esas guerras. Quedarían reducidas a mínimos territorios aislados.
Esos nacionalistas deberían estudiar un poco de historia lingüística. Disculpen que les recomiende un libro mío, mi Historia de las lenguas de Europa, que voy a sacar tras el verano. Habla de las lenguas comunes: no es cosa sólo de España, sino que es un fenómeno europeo y general. Igual que en España, en las grandes naciones solo hay una sola lengua común. A partir de territorios mínimos se crearon y difundieron las grandes lenguas comunes, buscadas por todos. No solo el castellano, hecho luego español, también el francés y tantas lenguas más.
Así el alemán (el dialecto franconio de Lutero), y el inglés (producto de la fusión de varias lenguas germánicas y una dosis de francés), el italiano (el florentino, no generalizado hasta el siglo XIX), el ruso en su variante de Moscú, del XVIII. Y otras lenguas comunes más. Son un fenómeno socio-político-cultural, responde a la necesidad de entenderse en un amplio territorio. Como en la Antigüedad griega y romana. Es algo prepolítico y postpolítico, solo secundariamente político. Y a nadie se le ha ocurrido enfrentar al alemán con el «okattdeutsch», una lengua diferente, o al italiano con el napolitano y el véneto, ni siquiera con el corso que es también una lengua diferente. Porque el estado natural de las lenguas no es ése de las grandes lenguas comunes, estas son una creación de la historia. Es el de un pulular de lenguas y dialectos. Dicen que en la mitad de Nueva Guinea hay 750. ¿Y qué decir de la América precolombina (donde fueron los misioneros quienes, para difundir su doctrina, extendieron el nahua, el quechua, el guaraní)? ¿Y del África negra?
Las grandes culturas europeas, y otras no europeas como la árabe y la china, expandieron grandes lenguas comunes. Para entenderse en el ámbito personal, en el ámbito cultural, en el administrativo, el económico. No excluían la existencia de otras lenguas, ciertamente. Pero someter a las lenguas comunes a castigo y persecución es regresión. Mal para todos. Es ir contra la historia, el mutuo entendimiento y el progreso.
Hoy el español es la segunda lengua internacional (el hindi y el chino, con más hablantes, no son internacionales). Une no solo a los pueblos de España sino a muchos otros más. Crece. Eso sí, tiene un problema en España, todos lo saben. Creo que ya sería el momento de poner una solución racional a un problema nada racional, un problema en realidad inexistente, fomentado artificialmente. Pero nadie se atreve, ni Gobiernos ni instituciones, temen agravar las cosas.
Pero las cosas, no atendidas, se agravan solas. Se está viendo. Con una lengua común, cierto que obligatoria, es suficiente, para eso se inventaron. Y la lengua común, en Cataluña, en España y en veinte naciones y para mucha gente más, es el español. Hay en América y España, aquí y allá, además, lenguas entrañables. Pero minoritarias: con una obligatoria, que entiendan todos, es suficiente. No hay que forzar las cosas. Sin agravio para nadie. Con respeto para todos.
-oOo-
 
14:51 Écrit par SaGa Bardon dans Actualidad